NBA

Una cuestión de integridad para la NBA

El ‘tanking’ asoma como un debate otra vez tóxico y arrollador con, todavía, demasiada parte de la temporada regular sin completar. La Liga podría tomar medidas.

Jaren Jackson Jr, Lauri Markkanen y Jusuf Nurkic, en el banquillo de los Jazz durante el partido contra los Magic.
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Lo primero, y aunque básicamente todos los aficionados a la NBA están perfectamente al tanto, una pequeña definición: ¿qué es el tanking? En esencia, es un producto (a priori inevitable, por eso estamos en estas) de la estructura tradicional de las ligas profesionales estadounidenses, donde los mejores jugadores del nivel universitario son seleccionados a través de un proceso de draft que pretende facilitar una distribución equitativa del talento y que, con ese fin, da (con matices en algunos casos, muy obvios en la NBA) a los peores equipos de la temporada la posibilidad de elegir primero. El tanking, en este sistema, es la voluntad de perder partidos de los equipos implicados en esa zona baja de la clasificación con el fin de mejorar sus opciones de cara a ese draft. Si cuanto más pierdes, más alto eliges el asunto está claro. Al menos a nivel pragmático.

Normalmente ese tanking, el que salta al debate público, es un proceso como mínimo de semanas, normalmente de meses y, en la última época, cada vez más de años. Un asunto industrializado en más casos de los deseables. Y que, esto es importante y es más que un matiz, rara vez es promovido por unos jugadores que, en esencia, intentan ganar cuando salen a una pista de baloncesto. La cosa se pone muchas veces tan fea, que es bueno recordar un asunto tan básico. Son las franquicias, desde sus despachos, las que se encargan de que sus plantillas tengan pocas opciones de hacerlo. Con traspasos, con el reparto de descansos, con mensajes claros a los entrenadores sobre quién tiene que jugar y quién no, cómo hay que mover la rotación para que, en fin, haya más opciones de cazar a una gran estrella el siguiente verano. Es el mercado, amigo.

Los ejecutivos de las franquicias no tienen vidas (contractuales) infinitas ni menos presión que entrenadores y jugadores. Todos, cada uno en su estrato, se juegan el pescuezo (contractual) en función de los resultados. Esta idea aterriza de muchas maneras, pero siempre-es-así. El tanking es un proceso más limpio en un Excel que en las pistas, al que muchas veces no sobrevive nadie de la estructura deportiva, del ejecutivo de más rango al último jugador en llegar. Tierra quemada por un futuro que no pocas veces ni llega.

Por eso, los que mandan necesitan el beneplácito de los propietarios y muchas veces usan el tanking para limpiar, o eso venden a los que ponen el dinero, los errores de sus predecesores: malos traspasos, contratos costosamente equivocados (tóxicos)… el nuevo ejecutivo intenta hacer su equipo, que los aciertos sean suyos y los errores, ya que tendrá que cargar con ellos, también. Si las cosas les han venido torcidas, y suele ser así porque, si no, no habría baile de sillas, mejor empezar torciéndolas del todo; tocar fondo para coger impulso. Una teoría voluntarista que no siempre funciona.

Un asunto inherente a la propia NBA

El tanking siempre ha existido. Es inherente al sistema de draft, a la compensación que ofrece el citado reparto del talento joven más prometedor entre los peores equipos. El problema es cuando resulta especialmente flagrante, público hasta lo indecoroso; cuando los equipos lo llevan como norma durante temporadas enteras o cuando se ven situaciones rocambolescas, a veces bochornosas. Cuando, en definitiva, los aficionados se quejan y las televisiones, las que pagan gran parte de una fiesta que no para de crecer, enarcan la ceja. A veces hay más equipos de la cuenta en el ajo por unas cosas u otras. No siempre por planificación: hay lesiones, proyectos que salen mal, defectos de química... Y, desde luego, influye mucho lo que se piensa del siguiente draft. ¿Quién no quería en 2003 a LeBron James, en 2019 a Zion Williamson, en 2023 a Victor Wembanyama o en 2025 a Cooper Flagg? Jugadores con proyección de generacionales, de los que cambian franquicias de arriba abajo. Luego, quién sabe: Zion, por ejemplo, nunca ha podido ser eso.

Hace tres años, se calculó que la franquicia que se llevara a Wembanyama subiría su valor, solo con ese número 1 del draft, unos 500 millones de dólares. A partir de ahí, el futuro: una máquina de ganar partidos y generar dinero en el regazo y el control total, y muy por debajo de su valor de mercado, de al menos cuatro años de su contrato porque eso establecen las tablas salariales para los jugadores elegidos en primera ronda. Ahora, para 2026, llega uno de los draft más prometedores de toda la historia, en lo que se refiere a posibles súper estrellas (Darryn Peterson, AJ Dybantsa, Cam Boozer) pero también más allá (Keaton Wagler, Kingston Flemings, Caleb Wilson, Nate Ament…).

En evolución, y revisión, permanente

El draft de 1984 fue el último sin (en seguida, más sobre esto) lotería previa. Hasta ahí, una moneda al aire decidía quién elegía primero entre los dos peores equipos de la regular season y, ya entonces, Houston Rockets se dejó ir descaradamente porque daba igual ser primero que segundo: estaban por ahí Olajuwon y Michael Jordan. El caso es que, ya se sabe, los Blazers le dieron el dos a Sam Bowie y envolvieron en papel de regalo a Michael Jordan con destino Chicago. Un error trágico.

Otro ejemplo muy recordado: sobre la temporada 1996-97 se alargó la sombra de Tim Duncan. Tras una grave lesión de David Robinson, los Spurs se quedaron en manos de un Dominique Wilkins veteranísimo y se llevaron el 1 y al ala-pívot. El resto es historia. Otros equipos lo intentaron con menos suerte. Los Celtics, por ejemplo. De hecho tenían dos picks que acabaron siendo el 3 y el 6. Pero se los dieron a Chauncey Billups, que triunfó después fuera de Boston, y Ron Mercer. El número 9 fue Tracy McGrady.

En 2003 todo el mundo quería a LeBron James. Especialmente el equipo de su Cleveland natal, unos Cavaliers que además rumiaban el cambio de dueño que sobrevino después. El que era propietario, Gordon Gund, lo negó. Pero el entrenador John Lucas dijo esto: “Hicieron traspasos para dejarnos solo con los jugadores jóvenes. Se trataba de vender el equipo y hacerse con LeBron… y no puedes culpar a la franquicia por tener ese plan”.

Tres años después, se jugó un partido que quedó también como epitome del tanking, un Minnesota Timberwolves-Memphis Grizzlies que cerró la temporada 2005-06. Los Wolves necesitaban perder porque su pick en el draft se iba a ir a los Clippers si caía por debajo del top-10. Los Grizzlies tampoco tenían mayor interés en ganar y los Wolves consiguieron perder pero tras dos prórrogas, sin poner en pista a Kevin Garnett y Ricky Davis y después de basar su ataque en triples de Mark Madsen, que llevaba un 1/9 en seis años y firmó ese día un 0/7.

Después, un caso que escoció en el debate público de la NBA, estuvo el Proceso, The Process de los Sixers del ejecutivo Sam Hinkie, borrado desde entonces del mapa de la NBA. Una planificación del fracaso tan obvia y meticulosa que tuvo su propio eslogan/eufemismo (el citado The Process) y que provocó, como forma de apilar capital de futuro, tres temporadas seguidas (2014-17) con un balance total de 47-199. Además de una tonelada de récords negativos y un tirón de orejas estructural que aconsejó la llegada, con la propia NBA moviendo hilos, de nombres respetables a despachos (Jerry Colangelo), banquillo (Mike D’Antoni) y pista (veteranos como Ish Smith, Carl Landry…). Lo que hizo Hinkie, que acumuló detractores pero también unos defensores que le dieron rango de profeta, fue una industrialización sin complejos y a largo plazo de lo que hasta entonces solía ser ese asunto que no estaba ahí si nadie hablaba más de la cuenta de él.

La temporada pasada, los Sixers (precisamente) comenzaron con altas aspiraciones y el téorico big three Tyrese Maxey-Paul George-Joel Embiid. Cuando la cosa se torció y las lesiones se apilaron, perdieron sin parar (acabaron 24-58) para salvar un pick que si caía más abajo del top-6 sería de los Thunder. Estas protecciones son habituales cuando se usan las rondas de draft en traspasos, flexibilidad para agilizar operaciones con el valor de esas elecciones controlado. A los Sixers les salió tan bien que se llevaron la elección número 3 y a un aspirante a estrella, el escolta VJ Edgecombe, que en teoría no tendría que haber estado a su alcance. En 2023, otro ejemplo muy sonado, los Mavericks hicieron mucho ruido cuando tiraron con descaro un par de partidos en el cierre de la regular season para rescatar un pick que tenía protección top-10. Si hubiera acabado fuera de ese rango, habría puesto rumbo a los Knicks como parte del intercambio de Kristaps Porzingis, enviado en 2019 de la Gran Manzana a Texas.

Los Mavs bailaron esa tonada aunque tenían opciones de llegar al play in, la repesca pensada, precisamente, para que más equipos de la zona templada de la clasificación tuvieran un aliciente (una gatera por la que acceder a playoffs) para escapar de la tentación del tanking. Pero echaron cuentas, fueron prácticos y pusieron esa elección de draft por delante del billete para el play in y, en el mejor de los casos, un viaje a una primera ronda durísima contra uno de los dos mejores equipos del Oeste. Les salió bien: salvaron su pick y seleccionaron a Dereck Lively II, un pívot que les vino de perlas para llegar, un año después y con Luka Doncic a los mandos, a las Finales que perdieron contra los Celtics. La multa de la NBA. por quitar con descaro a sus titulares en esos partidos, fue de 750.000 dólares.

La lotería, azar y muchas suspicacias

En fin, todos los años hay ejemplos y la NBA se devana los sesos para minimizarlos a través de modificaciones en el sistema de lotería, que siempre ha estado en realidad en el disparadero, territorio abonado para suspicacias y amantes de las conspiranoias. No solo eso: el propio LeBron James cuestionó que, por pura casualidad, él acabará jugando en los Cavaliers de su Ohio natal y Derrick Rose en los Bulls de su Chicago nata. Y que, según él muy convenientemente, en el estreno de este sistema en 1985 las pelotitas favorecieron que una gigantesca estrella universitaria como Patrick Ewing acabara en los archifamosos y muy populosos Knicks. El mejor, a Nueva York, la madre de todos los mercados en tiempos en los que la NBA ni soñaba con generar un fragmento de lo que ingresa ahora.

La NBA ha ido adaptando y evolucionando su sistema de lotería, la forma de decidir el orden del draft y una fuente de jaleos por culpa del tanking. Un asunto espinoso porque pretende combinar el reparto equitativo de talento, el beneficioso (para la competición) acceso de los (teóricos) peores equipos a los (teóricos) mejores jugadores jóvenes, con la voluntad de emplearse con energía y ganar partidos de las franquicias a lo largo de una agotadora temporada en la que cada una juega 82 veces. Y que el producto sea atractivo para unas televisiones que en los últimos contratos han acordado pagar 76.000 millones por once temporadas. Glups.

El actual sistema, con puntos oscuros y obvias virtudes, es la culminación (por ahora) de una evolución lenta que ha durado décadas y que comenzó con la propia competición, en 1946 y como BAA (Basketball Association of America). Entonces no había lotería. De hecho, no la hubo hasta la citada de 1985, la del 1 de Ewing. En los primeros años, los equipos elegían por simple orden inverso a la clasificación de la temporada anterior. La gran particularidad en aquella prehistoria era el llamado territorial pick, que no era otra cosa que el derecho de las franquicias a elegir a un jugador de un área de 80 kilómetros a la redonda de su sede. Se trataba de que las estrellas locales no se movieran de su zona para potenciar los vínculos (entonces, todavía frágiles) de las franquicias y sus comunidades.

Quienes hacían uso de ese territorial pick lo cerraban antes del draft y lo intercambiaban por su elección de primera ronda. En total se hizo veintitrés veces entre 1949 y 1965. Doce acabaron en el Hall of Fame y cuatro ganaron el Rookie del Año en su primera temporada: Tom Heinsohn (Boston Celtics), Wilt Chamberlain (Philadelphia Warriors), Jerry Lucas (Cincinnati Royals) y Oscar Robertson (Cincinnati Royals). No todos los casos fueron impolutos: Chamberlain jugaba en la Universidad de Kansas, pero los Warriors argumentaron para hacerse con él por esta vía que había crecido en el área de Philadelphia y jugado allí en su etapa de instituto (Overbrook High School). Oscar Robertson, el mítico Big O, fue territorial pick y también número 1 del draft ya que los Royals tenían el derecho de elegir en primer lugar en todo caso.

De la moneda al aire a la primera lotería

El primer gran cambio llegó en 1966 con la introducción de una moneda al aire que dilucidaba quién elegía con el número 1 y quién con el 2 entre el peor equipo de cada División. A partir del número 3 se mantenía el orden inverso al número de victorias. Era un sistema muy rudimentario y con un defecto obvio: el segundo peor equipo podía estar en la División del peor y no tenía opción de hacerse con el número 1. Pero se mantuvo hasta 1984 y tuvo un papel decisivo en que la NBA tomara la forma en la que la conocimos, metida de llena en su edad de oro: en 1979, el ejemplo más recordado, Magic Johnson fue a los Lakers y no a los Bulls porque los angelinos ganaron el cara o cruz (los Bulls eligieron a David Greenwood). Todo tiene su parte buena: con Magic los Bulls no hubieran sido uno de los peores equipos de la NBA (27-55) antes del draft de 1984 y nunca habrían tenido opción de draftear a Michael Jordan.

La moneda ayudó esa vez a los Bulls: los Rockets eligieron primero y se hicieron con Hakeem Olajuwon. Los Blazers, en uno de los grandes errores de la historia, se quedaron con Sam Bowie. Los de Oregón querían un pívot, así que de haber tenido el 1 habrían elegido a Hakeem. En ese caso, los Rockets habrían escogido a Jordan con el 2. No afrontaron el draft pensando en puestos sino en talento: de escaparse Hakeem, elección obvia que era además un ídolo en la Universidad de Houston, no habrían ido precisamente a por Bowie con un 2 que habían obtenido, en una operación anterior, de Indiana Pacers. Que acabó siendo el peor equipo del Este en la temporada 1983-84.

Por entonces, 1984, ya se hablaba de tanking y de los esfuerzos de los Rockets por caer hasta ponerse en el camino de su deseado Olajuwon. Así que en 1985 apareció el primer boceto de lotería, con sobres que llevaban los nombres de los equipos que no se habían clasificado para los playoffs: todos tenían las mismas opciones de llevarse el 1 y los picks de lotería se decidían, simplemente, abriendo esos sobres. Y el resto de la primera ronda, por orden inverso de derrotas.

Pero la NBA no borró así la sombra de la polémica: los Knicks, que tenían el tercer peor balance de victorias, se llevaron el 1 y pudieron draftear a Ewing. Como muchos vieron en esta fórmula un sistema para enviar al monumental pívot de Georgetown a la necesitada franquicia neoyorquina, en 1987, dos años después, se matizó el sistema y pasaron a decidirse por sorteo solo los tres primeros picks. Después de esos sobres, el resto de toda la primera ronda se hacía por orden inverso al número de victorias. Los Spurs (cuarto peor balance) se llevaron a David Robinson con el 1. Por entonces, el sistema ya garantizaba que el peor equipo no eligiera más allá del número 4: ese sería suyo si quedaba fuera de los tres primeros, los designados por sorteo.

El gran salto a lo que después hemos conocido como la lotería del draft llegó en 1990, con el sistema de bolas y los porcentajes ponderados en función del número de derrotas. De 66 opciones totales, el peor de la temporada anterior tenía once de llevarse el número 1. El segundo peor, diez. Y así sucesivamente. Una vez más, se decidían los tres primeros picks y el resto por orden inverso a la última clasificación. En 1993, Orlando Magic hizo saltar la banca al llevarse el número 1 (Chris Webber, intercambiado después por Penny Hardaway) con las menores opciones de cualquier franquicia: solo 1 de 66, un 1,52% después de terminar la temporada en 41-41. Premio gordo para una franquicia que un año antes, en 1992, se había llevado también con el 1 (esta vez desde el segundo peor récord) a Shaquille O’Neal. La NBA reaccionó solo meses después: más opciones para los peores equipos, menos para los mejores de entre los que entraban en la lotería. El peor pasó de un 16,7% a un 25, el mejor de un 1,5 a un 0,5%. A partir de 2005, ya había 30 franquicias y por lo tanto 14 fuera de playoffs (los lottery picks). Y llegaron las siguientes reformas hasta la actual, que entró en vigor en 2019 para buscar que no hubiera tanta competencia por un puñadito de derrotas entre los peores equipos.

Ahora en la lotería, que se suele celebrar en mayo y en paralelo a las primeras rondas de playoffs, participan los equipos que no llegan a las eliminatorias por el título. Los diez que no están ni en el play in y los cuatro que caen en esa repesca. En total, catorce. Las bolas de ping-pong deciden a partir de ahí quién podrá elegir cuándo. Hasta 2019, fecha de la última reforma, ese sorteo decidía los tres primeros picks y los demás (desde el cuarto hasta el decimocuarto) se ordenaban de forma inversa a sus victorias: los que menos habían sumado, más arriba. Desde 2019, la lotería decide los cuatro primeros picks y el resto, también, se coloca a partir de ahí de forma inversa a su posición en la clasificación de la regular season.

Con esta reforma, los tres peores equipos tienen un 14% de opciones de llevarse al número 1, las mismas, y el cuarto peor un 12,5%. A partir de ahí, descendente: 10,5 el quinto, 9 el sexto... hasta el 0,5% del decimocuarto. El peor equipo de la temporada no puede elegir más abajo del pick 5, el segundo del seis, el tercero del siete... y tienen las mismas opciones de elegir en el top-4. A partir del 5, ya son menores para los que ganaron más partidos. El decimocuarto tiene opciones mínimas de entrar ese top-4 (menos de un 3%) y se va en cualquier otra combinación al pick 14.

El citado caso de los Magic en 1993 es el más radicalmente contrario a la probabilística, con los de Florida eligiendo el número 1 a pesar de haber partido con solo un 1,5% de opciones. En segundo lugar, las ediciones de 2008 y 2014, cuando Bulls y Cavaliers eligieron con el 1 a Derrick Rose y Andrew Wiggins a pesar de partir con un 1,7%. Otro caso sonado fue, por protagonista y desenlace, el de 2019. Zion Williamson, el entonces ultra mediático estrellón de Duke, acabó en unos Pelicans que solo tenían un 6% de opciones de hacerse con él. Fue, además, la primera edición con el nuevo sistema más aplanado y tres de los cuatro primeros en elegir saltaron seis puestos o más sobre sus posibilidades iniciales. Los tres peores equipos -Knicks, Cavaliers y Suns- eligieron en los puestos tres, cinco y seis.

La temporada pasada los Mavericks, después del traumático traspaso de Luka Doncic, recibieron un billete de oro para la reconstrucción deportiva y emocional y se llevaron el 1 con el que eligieron a Cooper Flagg, con techo de estrella monumental, aunque solo tenían un 1.8% de opciones. Curiosamente, habían ganado una decimita a los Bulls (que se quedaron en un 1,7% y eligieron en el pick 12) gracias a una moneda al aire para ver quién partía como undécimo y quién como duodécimo porque ambos habían acabado la temporada con el mismo balance (39-43).

Pero, ¿y las citadas insinuaciones de LeBron James? En el estreno en versión tosca de la lotería, los Knicks se llevaron el sospechoso número 1 para elegir a Patrick Ewing desde la tercera peor posición de la regular season (24-58), dos victorias más que Pacers y Warriors (22-60). En 2008, Derrick Rose acabó en unos Bulls de su ciudad natal que tenían tan solo un 1,7% de opciones de hacerse con él. Habían terminado la temporada anterior con un récord de 33 victorias y 49 derrotas, mejor que el de siete equipos. Después eligieron los Heat (15-67) y los Timberwolves (22-60). Entre ambos casos estuvo, en 2003, el de LeBron. El que menos suspicacias despertó. Los Cavs solo habían ganado 17 partidos (17-65), como Denver Nuggets en el Oeste, y tenían el tope de posibilidades (22,5%) de elegir al número 1. El 2 fue para Memphis Grizzlies (28-54), que lo traspasó a Detroit Pistons, y el 3 para los citados Nuggets, que se llevaron a Carmelo Anthony después de que los de la MoTown, ya se sabe, prefirieran a Darko Milicic. ESPN habló, el día de aquella lotería para el recuerdo (22 de mayo de 2003), de “la mayor victoria en la historia de Cleveland Cavaliers” y el todavía propietario Gordon Gund dijo que no sabían a quién iban a elegir… pero sacó después una camiseta de los Cavs con el número 23 y el, ahora ya legendario, apellido James.

Esta temporada, tormenta perfecta

El asunto del tanking, en fin, siempre ha estado ahí. Pero el debate se recrudece cuando salta a los grandes titulares, cuando el entorno de la liga se enfrenta a situaciones bochornosas que entran en formato pandemia y que están normalizadas en sus círculos internos cuando en esencia deberían ser, y por eso llaman tanto la atención de los aficionados menos aplicados, obvias líneas rojas. Lesiones cómplices, bajas que se alargan en jugadores de primer rango, rosters raquíticos llenos de meritorios, jóvenes y jugadores que sobreviven en la burbuja G League… Y, claro, situaciones como la del Orlando Magic-Utah Jazz (7 de febrero) que acabó con un 120-117 para los locales, que remontaron 17 puntos porque, básicamente, los Jazz sentaron a sus mejores jugadores todo el último cuarto. Su pick de primera ronda, he ahí la cuestión, se irá a los Thunder si cae más allá del pick 8. “Creo que lo que están haciendo afecta a la integridad de la NBA”, dijo un par día después Bobby Marks, una de las voces más importantes en la cobertura NBA de ESPN.

El equipo de Salt Lake City presentaba en sociedad a su gran adquisición del mercado invernal, el pívot Jaren Jackson Jr. Él y Lauri Markkanen, la estrella con la que va a compartir ahora pista, dejaron excelentes sensaciones en sus primeros minutos juntos… y se fueron, también juntos, al banquillo porque los Jazz han optado por enseñar los trazos de su nuevo proyecto sin sumar victorias molestas que podrían estropear la guinda de ese futuro: un pick alto en un, a priori, grandísimo draft. El entrenador Will Hardy, evidentemente siguiendo un plan trazado en los despachos por el histórico Danny Ainge y Ryan Smith, eligió cerrar un partido igualado sin tres titulares: Jackson Jr, Markkanen y Jusuf Nurkic. Un cuarto, el aspirante a estrella joven Keyonte George, se había retirado antes por problemas en un tobillo. Solo quedó en pista uno, Ace Bailey. Un rookie. Los Jazz entraron en reconstrucción cuando traspasaron a Donovan Mitchell y Rudy Gobert, en 2022. Desde entonces, han acumulado mucho talento joven pero les falta la pieza central, la piedra angular: su Wembanyama, su Flagg.

En paralelo, los Wizards (que deben su pick a los Knicks si no acaba entre los ocho primeros) se han hecho este invierno con dos veteranos con pedigrí all star, Trae Young y Anthony Davis, pero hay muchas dudas de cuánto y cómo van a jugar en esta parte final de la temporada. Todo esto sucede, además, en el momento en el que muchas miradas del gran público se van desplazando hacia la NBA, cerrada la temporada de football, tanto a nivel universitario como, con la Super Bowl, profesional. La NHL, para colmo, está en parón por los Juegos Olímpicos de invierno y la MLB ni ha puesto en marcha todavía su pretemporada. Cuando sí atrae la atención que apenas capta en sus primeros meses de temporada, más allá de la jornada inaugural y la especial de Navidad (para eso se creó la NBA Cup), lo último que interesa a Silver y a su Liga es que de lo que se hable sea, otra vez, de eso: de la intrascendencia de la regular season, ya una vieja cantinela, de las estrellas que no juegan y los equipos que, literalmente, no quieren ganar. Los Jazz repitieron estrategia en Miami… pero acabaron imponiéndose por los pelos (111-115). El pívot Bam Adebayo, la estrella de los Heat, dejó una frase para el recuerdo con la frustración de una derrota difícil de explicar: “Tenemos que encontrar formas de ganar… a equipos que quieren perder”.

El problema se está descontrolando ahora, este año: un draft muy goloso, muchos equipos implicados y el asunto en el escaparate con más de dos meses de regular season todavía por delante. También hay equipos, aunque se habla menos de ellos, que podrían estar dejándose ir pero han optado por competir. Los casos más claros, En el Oeste Portland Trail Blazers y en el Este Charlotte Hornets, un equipo que por fin parece que está encontrando su fórmula después de un trance desesperante de miseria que les permitió elegir cuatro veces en el top-5 del draft en los últimos seis años.

La prensa, y las redes sociales que siempre están en ebullición en el universo NBA, se sorprenden con fenómenos nuevos, versiones que van adaptando la esencia del tanking a la realidad de una competición con un nuevo convenio colectivo peliagudo, más restrictivo, y un mercado veraniego de agentes libres totalmente venido a menos. Los Jazz y los Wizards vuelven a ser los ejemplos obvios: han cerrado sus grandes operaciones (Trae y Davis los Wizards, Jackson Jr los Jazz) a través de traspasos invernales, sin esperar a la puja (casi nunca benévola con ciertos mercados) de la agencia libre. Y van a operar el resto de temporada, a pesar de ello, en formato tanking, con el freno de mano echado en un paréntesis hacia la próxima temporada: refuerzos amarrados pero la mirada puesta en el draft. El objetivo, si todo va bien, es abrir curso el próximo otoño como proyecto renovado y por fin competitivo, con los nuevos fichajes ya totalmente en dinámica y, si ha habido suerte, una nueva joya captada en el draft que se unirá al goteo de jóvenes que ha llegado durante un proceso de reconstrucción que se alarga, en muchos casos, mucho más de lo deseable.

Los ya muchas veces citados casos de Wizards y Jazz se suman a los de equipos que no pretendían tankear pero lo han hecho todo tan mal que han perdido muchísimos partidos y ya no tienen otra salida lógica (Sacramento Kings), a aquellos que ni siquiera tienen su primera ronda del próximo draft, y por lo tanto no tienen incentivos para perder, pero no son competitivos porque están anclados entre el pasado y el futuro con plantillas extrañas y sin la suficiente cohesión (New Orleans Pelicans); o a los que desmontan sobre la marcha proyectos cuyo techo no parecía lo suficientemente alto (Memphis Grizzlies).

Y, para seguir sumando, a otros perfectamente comprometidos con el tanking: los Pacers, el finalista del año pasado, están en esas desde que supieron que era temporada en barbecho mientras su gran estrella, Tyrese Haliburton, se recupera de una rotura del tendón de Aquiles. Por el camino, se han hecho con Ivica Zubac en una operación muy particular: una de las dos primeras rondas que han dado a cambio, la de este próximo draft, tiene una protección entre el pick 1 y el 4 y otra a partir del 10. Si la elección acaba entre la quinta y la novena (ambas incluidas), será de los Clippers. Así que los Pacers, tras el cierre de mercado, se han llenado de razones para intentar asegurar un top-4. En todo caso, ese sería su mejor escenario, no podrán llegar a la lotería con más de un 52% de opciones de conseguirlo por las ponderaciones que ahora sesgan el proceso.

Los Nets son otro ejemplo de manual, un equipo que tenía tan claro que esta sería otra temporada en los bajos fondos que en verano recuperó primeras rondas propias que en su día había traspasado (por James Harden) para que no capitalizara otro su pésima situación deportiva. No hay mensaje más claro. Su propietario, Joe Tsai, lo dejó claro antes el draft de 2025, al que llegaron, algo totalmente inusual, con cinco primeras rondas... y las usaron todas: “Estamos en año de reconstrucción. Vamos a usar los cinco picks de primera ronda que tenemos y en 2026 tendremos otro que esperamos que sea muy bueno”.

Llegaron a la lotería con un 37,2% de opciones de tener una elección en el top-4. Pero la más alta acabó siendo el número 8 que invirtieron en Egor Demin. Un buen jugador que puede acabar siendo un gran jugador, pero no la estrella diferencial que sirva, aparentemente, como nuevo jugador franquicia. Hay grados. Después de este año, los neoyorquinos perderán el control de buena parte de sus próximos picks (traspasos, intercambios…), así que obtener una elección muy alta ahora es prioridad absoluta. Los Mavs coinciden en eso: tienen su primera ronda en 2026 y en 2031. Las cuatro que hay entre ambas no están bajo su control. En su intento de pasar página del desastre que supuso el traspaso de Doncic y forjar un proyecto de verdadero futuro alrededor de Cooper Flagg, este draft de 2026 es crucial. Necesitan, claro, tener la mejor elección posible.

Brian Windhorst, otro de los pesos pesados de ESPN, asegura que la cosa puede estar yendo, ahora, demasiado lejos y que la actitud -el descaro- de muchos equipos pueden llevar a una intervención de la liga; a cambios en el reglamento. Eso le sugirió, de forma anónima, el presidente de operaciones de una franquicia: “Ya sabéis la historia de Ícaro, que se quemó por volar demasiado cerca del sol. Pues es posible que algunos equipos estén volando ahora demasiado cerca… del suelo”. Y esto acaba de decir Steve Kerr, el entrenador de los Warriors y una de las voces más importantes de la NBA: “Este año hay circunstancias que han hecho que sea más pronunciado, con más equipos implicados. Sé que la Liga está muy preocupada, y debería estarlo. Esto no es bueno para ella, no es bueno para los aficionados. Así que están planteándose todas las posibilidades. Es un asunto muy complicado”.

Objetivo: las estrellas, en la pista

Es un escenario venenoso porque el nuevo convenio restringe opciones de gasto con las que antes las franquicias tenían menos cuidado: ahora, con los límites de los aprons, cada dólar es importante y los proyectos acortan sus plazos porque la inversión ya no solo depende de las ganas de rascarse el bolsillo de los propietarios sino que ahora acarrea, también, duras limitaciones deportivas que acaban atando de pies y manos a unos ejecutivos que lo intentan, construyen, se la juegan… y desmontan en cuanto ven que la cosa no va como debería en una competición en la que el término medio acaba siendo el terreno más odiado, la tierra de nadie. Si no se puede aspirar al título, o a hacer cosas bonitas en playoffs, mejor pasar por las cloacas para coger impulso. Lo más fuerte posible... y cuanto antes.

La modificación de la lotería, para aplanar la curva de las opciones y hacer más aleatorio el resultado, menos vinculado directamente a la inversión de la clasificación, se pensó para desincentivar el tanking, desanimar a los sospechosos: que no compensara. Sin embargo, es probable, al menos permite un buen debate, que el resultado esté siendo el contrario: esa nueva aleatoriedad acaba premiando a equipos que no son los peores, a los que tienen un golpe de suerte o están en un año de (inteligente, en ese sentido) transición. Eso perpetua el tanking de los últimos en cuanto no tienen suerte en la lotería, en algunos casos año tras año. Y, por lo tanto, genera mayores diferencias en el balance competitivo, santo y seña que la NBA trata de maridar con la realidad de una competición muy larga pero en cuya duración nadie mete mano porque es la base de la actual edad de oro en lo económico. Desde que cambió el sistema de lotería en 2019, el equipo con el peor récord de la temporada lleva seis años sin años sin elegir en primer lugar y ha caído a la elección número 5 en las tres últimas ediciones. Y equipos que han pasado por el play in (y que por lo tanto acabaron, en el peor caso, décimos de su Conferencia) se han llevado los dos últimos números 1.

En 2025, los Mavs se hicieron con Cooper Flagg, un premio monumental, a pesar de que solo tenían un 1,8% de opciones (undécimos antes de la lotería); los Spurs, que eligieron con el 1 a Victor Wembanyama en 2023, se quedaron con el 2 (Dylan Harper) desde un 3,4% de opciones de ser top-4 (partían en el puesto 14); y los Sixers, que habían echado abajo su temporada por las lesiones de sus estrellas, se quedaron el 3 (VJ Edgecombe) desde la quinta posición inicial. Los cuatro primeros, los peores (Jazz, Wizards, Hornets, Pelicans) se quedaron los picks 5, 6, 4 y 7. Desde el punto de vista del reparto de talento y del impulso para que algunos equipos dejen de estar entre los peores de la liga, es obvio que, en la práctica, este sistema podría estar estropeando más de lo que arregla.

Tampoco ha sido un éxito rotundo, el efecto no ha sido el previsto, el endurecimiento de las normas que controlan los descansos no justificados, especialmente de las estrellas y en noches de partidos en televisión nacional: este fue un asunto crucial, claro (había que enviar un mensaje durante las negociaciones), antes de sellar los citados (e históricos) nuevos contratos por once años y 76.000 millones.

En 2023 entraron en vigor unas normas que pretendían asustar, evitar la imagen cada vez más habitual de las estrellas en el banquillo, vestidas de calle. Precaución extrema con cualquier problema físico y, muchas veces, simplemente descansos estructurados para acortar en la práctica esos 82 partidos de regular season que nadie quiere tocar para no matar a la gallina de los huevos de oro. Que los mejores lleguen sanos, con gasolina, a playoffs en tiempos en los que la propia evolución del baloncesto parece contraindicar un calendario tan largo: la exigencia física (velocidad, distancia recorrida en pista, explosividad de movimientos...) es mucho mayor que en el pasado. La NBA, por convencimiento de que las cosas tenían que cambiar o como mínimo por la certeza de que necesitaba que pareciera que ponía interés en lo que muchos aficionados veían como un problema importante, ya había abierto ese melón en el último convenio colectivo: los jugadores tienen que disputar al menos 65 de los 82 partidos para poder optar a (algunos, no todos) los premios de final de temporada (MVP, Defensor del Año…) y también para entrar en los Mejores Quintetos, algo que además tiene efecto en las cantidades máximas que se pueden percibir en las extensiones de contrato.

En esos 65 partidos, tienen que estar en pista al menos 20 minutos con ciertas excepciones: el límite es 62 (o un 85% de los disputados por el equipo hasta ese momento) si hay lesiones que obligan a perderse toda la temporada; Y hay dos partidos en los que el mínimo se puede rebajar a 15 minutos. Esto pretendía evitar situaciones como la de Jrue Holiday en el último partido de la temporada 2021-22, en el que jugó siete segundos y se marchó para poder cubrir el mínimo de partidos que necesitaba para activar un bonus en su contrato. También buscaba anticiparse a posible trampas que podrían haber provocado sainetes contraproducentes para la imagen de la NBA, con los jugadores saltando a la pista solo unos segundos o un par de minutos para engordar su número total de partidos.

La NBA, además, amplió su capacidad para censurar lo que se podría considerar mala praxis con multas que ahora pueden ser millonarias en casos de reincidencia o acumulación. Tampoco un asunto nuevo, ya que en la temporada 2017-18 ya se introdujeron normas para la regulación de los descansos de los jugadores. Pero sí uno de especial trascendencia por el volumen al que se empezaron a producir esos parones y lo obvio que acabó resultando para los aficionados, con la consiguiente pérdida de valor de los partidos de regular season. Implantaremos estos principios, veremos cómo reaccionan los equipos y si es necesario hacer más. Lo más importante es que hay una sensación en todos los estamentos de la NBA de que esto es algo que afecta a los aficionados y de que se ha llegado demasiado lejos. Y creo que se nota especialmente con los jugadores jóvenes que están sanos y no juegan. No queremos que no jugar ciertos días sea algo que forme parte de ser jugador de la NBA”, aseguró Silver.

Esas medidas iban al volumen, a la cantidad, pero sobre todo a la calidad: pensaban en los mejores jugadores y en los partidos más señalados del calendario NBA. Las multas que se aprobaron apuntaban directamente a las estrellas que no jugaran en partidos de audiencia nacional o de la NBA Cup. Además, también se pensaron multas para los equipos que estaban dando descansos a varias estrellas a la vez o a una durante tramos largos (no justificados, claro) de la temporada. Para poder aplicar estas normas, primero había que definir lo más objetivamente posible qué es una estrella: los jugadores, al menos para que se pueda aplicar esta nueva normativa, que han sido all star o han entrado en los Mejores Quintetos en las tres temporadas anteriores a la que se esté jugando. Las multan pasaban a ser de 100.000 dólares para la primera, 250.000 si se reincide y, a partir de ahí, un millón más que la anterior multa: 1,25 millones para la tercera, 2,25 para la cuarta…

Problemas, soluciones, más problemas

La cuestión es que las franquicias pueden echar cuentas y decidir que la opción de llegar a un top-3 en un draft como el próximo, con verdaderos aspirantes a súper estrella, merece la pena, en lo deportivo y en lo económico, más allá del castigo que pueda llegar en forma de multas. En diciembre, y antes de que el debate estuviera tan en primera línea como ahora, la NBA filtró que estaba estudiando medidas, cambios para un sistema que (hecha la ley, hecha la trampa) se estaba pervirtiendo en nombre de la practicidad. El fin justifica los medios. Entre las posibles medidas que se lanzaron como un globo sonda a través de ESPN, estas: limitar las protecciones de las primeras rondas traspasadas a, simplemente, top-4 o top-14. Esta segunda, el límite de la lotería; una forma, en fin, de que los equipos que rondan el play in no pongan el draft por delante de la repesca, algo que sucede. Que los equipos no puedan elegir en el top-4 en dos temporadas consecutivas o que se deje cerrada la composición de la lotería el 1 de marzo para que el tramo final de temporada no se juegue con tanto incentivo, y en tantos casos, para apilar derrotas.

La NBA, normalmente una virtud, no suele tener problema en aplicar cambios, incluso drásticos, si entiende que son necesarios. No le tiembla el pulso. El problema es que no siempre se tienen en cuenta, o directamente no se pueden prever, las consecuencias no deseadas, los efectos que en la práctica acaban produciendo esos cambios. Controlar y restringir las protecciones sería una forma obvia de reducir el tanking ya que muchas franquicias ahora sienten la angustia de esa espada de Damocles, la opción de tener una elección altísima… o, sin término medio, quedarse sin nada. Pero los ejecutivos valoran mucho la flexibilidad y creatividad que permiten estas fórmulas a la hora de negociar, y consideran que el nuevo convenio ya ha complicado lo suficiente los traspasos como para que aparezca un nuevo problema. Las rondas valdrían mucho más y los equipos se lo pensarían más de dos veces a la hora de negociar con ellas. Se frenaría el mercado, y por extensión los rumores… Y, no nos engañemos, ese mundillo alrededor de la competición, esas otras cosas que llenan las redes sociales y las tertulias televisivas, son parte fundamental del boom de la NBA.

Impedir que un equipo elija dos temporadas seguidas en el top-4 tiene su atractivo… pero también problemas obvios. Los que pierdan el acceso a sus picks no mejorarán solamente por eso, sin más, y por el camino se podría potenciar enormemente el tanking en otros: al que tuviera un pick 5 se le abriría la temporada siguiente un camino mucho más directo a las primeras elecciones, por no hablar de cómo podrían usar esta fórmula para tirar a la basura años puntuales de forma quirúrgica equipos de primer nivel que sufran, por ejemplo, la baja por lesión grave de una de sus principales estrellas. Equipos que en ningún caso vendrían de un pick en el top-4 del draft anterior. El draft, nunca hay que perder esto de vista, pretende distribuir el talento joven entre los más necesitados. Es su razón de ser.

Dejar la selección hecha el 1 de marzo, o en otra fecha antes del tramo final de la temporada, puede llevar a que, simplemente, los equipos abracen el tanking con más urgencia desde el inicio de la temporada. Ahora, algunos comienzan compitiendo y se vienen abajo (muchas veces, voluntariamente) cuando las cosas se tuercen o cuando pasan a mandar las cábalas del draft. Además, los que no han sido buenos hasta el 1 de marzo, y no han creado una estructura con ese fin, no empezarán a serlo el 2 simplemente porque perder deje de ser un objetivo. También se han propuesto ideas tan drásticas como eliminar totalmente el draft, pero esto convertiría a los rookies en agentes libres de facto, y eso crearía un terreno de juego ideal para (todo el mundo sabe los nombres) los grandes equipos en grandes mercados… y las grandes marcas deportivas, que querrían llevar a esos destinos a sus estrellas jóvenes. Sam Quinn, en CBS, recordaba incluso la excéntrica opción de la rueda de Mike Zarren: que durante treinta años cada equipo pase por todas las elecciones, del pick 1 al 30.

Esto, claro, obligaría a no cambiar el sistema, si se demuestra fallido, durante tres décadas. Crearía un quebradero de cabeza monumental si, y ahora por ejemplo estamos en esas, se avanza hacia launa expansión de la NBA. La fórmula, además, no tiene en cuenta que no todos los números 1 valen lo mismo; no son iguales: en 2023 los Spurs pudieron elegir a Wembanyama y en 2025 los Mavs se quedaron con Flagg; dos jugadores de techo generacional. Entre ambos, los Hawks se llevaron el 1 en el mucho más pobre draft de 2024 y eligieron a Zaccharie Risacher. Con proyección de, a priori, buen alero titular, tal vez muy bueno. Pero, salvo sorpresa, no mucho más.

El exjugador Richard Jefferson, campeón en 2016 con los Cavs y una de las principales personalidades mediáticas de la competición en los últimos años, también ha expuesto su teoría: “Una vez que estés eliminado de los playoffs, se podría funcionar con un sistema en el que sumes puntos para tener un mejor porcentaje de cara a la lotería en función de los partidos que ganes, no los que pierdas. Por ejemplo: si te eliminan y quedan diez para que acabe la temporada regular, si pierdes los diez tendrías menos posibilidades de tener un pick alto. Si ganas seis, si te estás esforzando para no perder, tendrías más opciones de tener uno de los mejores picks. Se premiaría al que empuja para ganar partidos hasta el último día”.

Marc Stein ha insistido en los últimos días en que la NBA está discutiendo el problema del tanking y que en enero volvió a estar sobre la mesa en su Comité de Competición. Incluida esa nueva fórmula citada, la de Jazz o Wizards y a la que los ejecutivos ya llaman The Flip: hacer traspasos por grandes jugadores, mantener el tanking par sumar estrellas jóvenes y apostar por el salto cualitativo la siguiente temporada dejando correr esa y sin perder tiempo en el siguiente mercado de agentes libres.

Mientras algunas voces hablan de dinamitar totalmente el actual sistema porque cualquier solución conducirá a nuevos problemas si no ataca a la raíz esencial, un viraje que no suele aparecer en estos debates, y que podría funcionar, es el que a priori parece más contradictorio: romper todas las complejidades y ponderaciones, acabar con la lotería y (como sucede en la NFL), repartir los picks directamente en función de la inversión de la clasificación de la fase regular. Si el tanking siempre va a existir, porque es inherente al sistema del draft, quizá así se normalice la situación sin cuentas, giros extraños y protecciones venenosas. Como mínimo, se garantizaría que los peores elegirían primero: una puerta abierta a reconstruir más rápido y ser relevantes y competitivos antes, sin tramos eternos en el purgatorio.

Podría funcionar… o no. Porque la NFL es un universo distinto: muchos menos partidos de fase regular, rivalidades mucho más agresivas... En la NBA, los equipos seguirán jugando un montón de partidos y pensando que mejor todo o nada, pelear por el título o ir a por caza mayor en el draft. Mientras, y entre debates recurrentes, se seguirá justificando que los equipos sienten a sus jugadores principales o los aparten de los partidos en los minutos decisivos. Puro pragmatismo. Por mucho que sea algo que no debería estar normalizado y que a la NBA no le guste que pase... y, sobre todo, que se hable sin parar de ello. A veces, como este año, ya desde febrero. Así que, : podemos estar a las puertas de cambios importantes.

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