JUAN GUTIÉRREZ

El Nadal de toda la vida

Hubo dos momentos en el partido contra Dominic Thiem que hubieran desmoralizado a cualquier jugador terrenal. No a Rafa, que tiene el don de levantarse.

Juan Gutiérrez
Subdirector de polideportivo. Ha desarrollado toda su carrera en AS desde 1991. Cubrió dos Juegos Olímpicos, siete Mundiales de ciclismo y uno de esquí, 12 veces el Tour y la Vuelta, seis el Giro… En 2007 fue nombrado jefe de Más Deporte, puesto que ocupó hasta 2017, cuando ascendió a subdirector en las áreas de Motor, Baloncesto y Más Deporte.
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Hubo dos momentos en el partido de Rafa Nadal que hubieran desmoralizado a cualquier jugador terrenal. Ese 0-6 inicial a favor de Dominic Thiem, en el que sólo sumó siete puntos, y ese cuarto set conquistado por el austriaco, después de que el español perdiera un 0-40, hubieran golpeado a la mayoría de tenistas del circuito. No a Nadal. La diferencia entre un buen jugador y un campeón radica muchas veces en eso, en saberse levantar de las adversidades, en la capacidad de analizar y corregir las situaciones. Ese es uno de los grandes dones de Rafa, una de las virtudes que le hacen excepcional. Por un lado, la aptitud para manejar las emociones, para no hundirse anímicamente en los baches. Y, por otro, la de examinar y rectificar sobre la marcha aquellos aspectos de su juego que no están funcionando.

Este miércoles vimos a ese Nadal, que es el Nadal puro, genuino… El Nadal de toda la vida. Su balance con Thiem le sigue siendo favorable, pero no es menos cierto que el austriaco es uno de los tenistas que más problemas crea a Rafa en los últimos tiempos. El balear supo reincorporarse, rehacerse y rematar el partido en cinco sets. Tremendo. Fue una batalla sin cuartel. Cuando la salud acompaña a Nadal, nunca puedes darle por sepultado. Lo mismo ocurrió en octavos ante Khachanov. En eso es superior a todos los demás. A todos. El español se metió en su 29ª semifinal de un Grand Slam, un ranking en el que ya adelanta a Lendl y sólo ve por delante a Federer, Djokovic y Connors. Cada uno de sus pasos es un paso en la historia. Su tenis le sitúa entre los mejores de siempre. Pero también su incansable espíritu. Y su cabeza.

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