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Retos para una NBA en plena edad de oro

En un momento excepcional de trascendencia mediática y generación de recursos e ingresos, la NBA se enfrenta en los próximos meses a asuntos trascendentales para su futuro.

La cancha de Oklahoma City durante el quinto partido de las Finales 2025 que enfrentaron a Thunder y Pacers.
Alonzo Adams
Juanma Rubio
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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La NBA cambia de año natural en el calendario en un gran momento. Y no es nada nuevo ni especialmente noticioso, y seguramente eso es lo mejor, para una competición metida, en cuanto a popularidad y cifras económicas, en una edad de oro que parece perpetua y que ni siquiera estropeó demasiado la pandemia. Las cifras son abrumadoras: los ingresos proyectados para esta temporada superan ya los 14.300 millones de dólares por los 12.700, una cifra ya espectacular de la pasada y que se dispara con respecto a, por ejemplo, los 8.800 millones de la temporada 2018-19, justo antes del COVID. El valor medio de las franquicias ha llegado a 5.500 millones, un dato que se resetea de forma casi permanente y que abre puertas hasta ahora imposibles con la venta el año pasado de dos gigantes históricos, los Celtics por algo más de 6.000 millones de dólares y los Lakers por una valoración que acabará superando los 10.000. En 2022 el promedio no llegaba a 3.000 millones.

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¿Por qué se vende un campeón de la NBA?

El proceso de venta de Boston Celtics empezó nada más concretarse la conquista del título en 2024.

Y el salario medio de los jugadores está en más de 12 millones con todos los tipos de mínimo por encima del millón y el máximo de esta temporada en casi 60 (Stephen Curry) con acuerdos que promedian ya más de esa cifra (Jayson Tatum está en 62,7 por año en su última extensión) y proyección llegar en el próximo lustro al millón por partido (82 millones al año) y antes de que pase una década, a las tres cifras (al menos 100 millones en una temporada). En 2021, el salario medio todavía no había llegado a nueve millones y hace una década estaba por debajo de cinco.

Desde luego, nadie se puede quejar. La riqueza está garantizada en el medio plazo porque se acaban de estrenar unos revolucionarios nuevos contratos televisivos, que son la madre del cordero, el meollo de la cuestión económica. El gran soporte de la Liga y la fuente primordial de ingresos de todos. Forman parte del BRI (Basketball Related Income), todos los ingresos relacionados directamente con el juego, con los partidos en sí: televisiones, merchandising y restauración, parkings… El reparto de ese BRI entre franquicias y jugadores suele ser el gran caballo de batalla de las negociaciones cuando toca renovar convenio. En el anterior, los jugadores recibían una cantidad que oscilaba, según variables, entre el 49 y el 51%; y en el nuevo se aseguran, en principio, el 51% (queda el 49 para los propietarios).

De ese BRI depende el salary cap, el límite salarial que tienen todos los equipos para gastar en salarios cada temporada. Por eso, cuando se disparan los contratos televisivos, lo hace también el cap y, por lo tanto, los contratos de los jugadores. La gran revolución llegó en 2015, cuando se cerró un acuerdo con Disney (ESPN y ABC) y Turner (TNT) por unos 24.000 millones durante un período de nueve años (2016-2025). La magnitud de esta operación se entiende si se compara con el anterior, por el que Disney pagaba unos 485 millones y Turner, unos 445. La cantidad anual pasó a triplicarse, y superó los 2.600 millones anuales. Con esa inyección, el salary cap se descontroló: 63 millones en la temporada 2014-15, 70 en la 2015-16, la última del anterior acuerdo de TV… y 94 en la 2016-17. Un nuevo mundo.

Si se revisa la historia, el crecimiento en los contratos ha sido vertiginoso. NBC y Turner acordaron pagar 2.600 totales por cuatro años antes de la temporada 1998-99. Por entonces, el salary cap estaba fijado en 30 millones y el salario medio de los jugadores no superaba los 2,5. De ahí se pasó a un contrato (ABC, ESPN, Turner) de 4.600 por seis temporadas; Y de ahí, a uno de 7.400 por siete, la antesala del que ahora se agotó el pasado verano, el de la gran revolución de 2016 (24.000x9) que han quedado ahora convertido en calderilla por el nuevo, un marco de retransmisión complejo y con más actores en juego que va a dar a la NBA 76.000 millones de dólares por once años.

Récord de dinero y de temporadas aseguradas en el nuevo vínculo que ha entrado en vigor este curso y que pone el valor de los derechos televisivos a nivel nacional en el rango de los más de 6.900 millones anuales. Otra vez cerca del triple del dato anterior con una mezcla de viejos y nuevos actores: ESPN y ABC (Disney) se han llevado el paquete premium, por el que pagan unos 2.600 millones anuales (ahora están en unos 1.400). Además, regresa NBC y aparece en el mapa Amazon Prime. Ha quedado fuera TNT Sports, que había sido parte de la NBA televisiva desde los ochenta. NBC, parte de las retransmisiones entre 1990 y 2002, paga casi 2.500 millones anuales con un paquete desviado a uno de sus canales exclusivos, Peacock. Y Prime Video (Amazon), por su parte, desembolsa unos 1.800 millones anuales.

Esto planteaba un nuevo escenario para el aficionado, más caro, diversificado y, por lo tanto, complejo. Pero está funcionando, o eso dicen todas las métricas. La cobertura de los nuevos, NBC y Amazon Prime, está recibiendo muchos elogios, y las audiencias se han disparado (se habla de un aumento del 89% y de los mejores datos en tres lustros) en el primer tercio de la temporada, incluida la tercera edición de la NBA Cup. Esto tiene que ver con una nueva forma de medir que dispara los números, pero desde luego hay también un crecimiento real, orgánico. Así que todo va bien… con matices, como no puede ser de otra manera en una competición compleja, gigantesca. 2026 llega con retos muy importantes que tiene que afrontar el comisionado Adam Silver; algunos irán, de hecho, vinculados para siempre a su nombre y su gestión porque pueden ser verdaderamente transformativos para la Liga. Estos son los siete principales:

La expansión regresa al tablero

La NBA no ha tenido ninguna franquicia de expansión desde la llegada de Charlotte Bobcats en 2004. El salto de 30 a 32 parecía una cuestión de tiempo, el siguiente punto en la orden del día después de acordar un nuevo convenio colectivo (hecho, sin estridencias) y unos nuevos contratos televisivos (sellados en cifras históricas). A continuación, estaba la expansión con Seattle, una vieja cuenta pendiente de la NBA desde la salida de los Supersonics (desde 2008, OKC Thunder), y Las Vegas (la ciudad 31 de la Liga: Summer League, NBA Cup, concentraciones del Team USA...) como abrumadoras favoritas. El impulso, sin embargo, frenó. Adam Silver se fue metiendo cada vez más en el proyecto europeo y algunas franquicias no dejaron de preguntarse por qué habría que repartir entre 32 lo que se puede dividir, como hasta ahora, entre 30. Pero hace menos de un mes, en su comparecencia previa a la final de la Cup, el comisionado volvió a abrir la puerta a una expansión que, otra vez, está en el debate público de la competición: “La expansión interna, doméstica, es algo que seguimos evaluando. No es ningún secreto que hemos analizado el mercado que tenemos en Las Vegas, y también el de Seattle. Y otros. A diferencia de la competición en Europa, un proyecto nuevo, la expansión interna supone vender participaciones en la NBA actual. El que tiene una parte de 30 tendría una de 32 si llegan dos equipos nuevos. El análisis económico es, por lo tanto, más complejo. Y requiere, en algunas cosas, hacer predicciones sobre el futuro”.

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La expansión de la NBA es inevitable

En algún punto del futuro, tal vez más a medio que a largo plazo, la Liga saltará de 30 a 32 franquicias.

El comisionado, sin embargo, no oculta que el plan no ha quedado olvidado en un cajón. Ni cuáles son las favoritas, un clamor: “Creo que Seattle y Las Vegas son dos ciudades increíbles”. Y pone un foco estratégico importante en este 2026: “Creo que a medida que se acerque el verano, nos meteremos en un proceso más formal para ver qué dirección tomamos. No voy a decir que se pueda dar por hecho que habrá expansión, pero sí que creo que lo normal es que las organizaciones tiendan a crecer. Ahora estamos en una fase en la que estamos hablando con nuestros equipos actuales para ver qué es lo que realmente piensan y cuáles serían los escenarios económicos. Y en algún momento de 2026, tomaremos una decisión”.

Una aventura trascendental en Europa

Enero, sin esperar más, será un mes trascendental también para el mapa del baloncesto europeo, que parece a punto de sufrir cambios históricos con la llegada de una nueva competición, de impulso predominante, ideada por la NBA de la mano de la FIBA y, salvo acuerdo que ya sería sobre la bocina y que cada vez parece menos probable, se hará al margen y en confrontación con la Euroliga y no de la mano de esta. En enero, lo anunciaron Silver y Andreas Zagklis, secretario general de la Federación Internacional, la NBA comenzará a trabajar de forma oficial en la captación de socios: equipos, propietarios, inversores… El día 15, en paralelo, es la fecha límite para que renueven o no con la Euroliga los cuatro clubes propietarios que todavía no han extendido su vínculo hasta 2036: ASVEL (que se da por hecho que no seguirá), Fenerbahçe (que negocia porque la NBA ha filtrado que el club que le interesa de Turquía es el Galatasaray) y Real Madrid y Barcelona.

El primero, el Madrid, el gran quid de esa batalla y un club de tal trascendencia que puede inclinar hacia un lado u otro muchas balanzas. Su preferencia apunta al proyecto de la NBA, pero podría quedar mientras este se define y construye en un limbo extraño: el resto de clubes de Euroliga podrían dejarlo fuera de la competición de forma definitiva a partir de junio si sigue sin firmar superado ese importante 15-E. El Barça primero iba de la mano del Madrid pero, con las relaciones institucionales además en un punto crítico, ahora apunta a firmar con la Euroliga aunque quiere unas facilidades de salida que chocan con el compromiso a largo plazo que exige la que sigue siendo, todavía, la gran competición del baloncesto europeo.

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Aivazoglou: “¿Real Madrid y Barcelona? Queremos a los mejores en nuestro proyecto”

El director general de la NBA para Europa y Oriente Próximo, charlo con AS sobre el nuevo proyecto de la Liga norteamericana en Europa.

Para Silver, este es un asunto trascendental, uno transformativo y de los que marcarán, para bien o para mal, su legado al frente de la NBA. Su idea es arrancar en octubre de 2027, veremos si es factible, con una competición de 16 equipos, doce fijos y cuatro con acceso a través de la Basketball Champions League (competición FIBA) y las ligas domésticas. El objetivo es multiplicar la generación de ingresar y atacar mercados de primer nivel (Madrid, Barcelona, Londres, París, Milán…) a costa de otros de una enorme fuerza y tradición en el eje del baloncesto europeo (los más obvios, Belgrado o Kaunas). Hay defensores y detractores de la idea y una multitud de voces pidiendo que, en vez de fragmentar todavía más, se forjara un gran acuerdo NBA/FIBA/Euroliga que ha quemado ya muchas escalas en reuniones y contactos que no han fructificado. La realidad, por lo tanto, apunta a dos competiciones, una creada y gestionada por la NBA, una competición (empresa) estadounidense. Algo que también ha provocado quejas en gobiernos e instituciones económicas europeas.

Un conflicto enorme en la WNBA

Si la NBA, gracias a su excepcional situación económica, cerró sin problemas ni noticias chirriantes su actual convenio colectivo, en la WNBA la situación es la contraria: el crecimiento exponencial de la competición en cuanto a trascendencia mediática y generación de recursos ha dejado muy anticuado el acuerdo que rompieron (tenían derecho legal a hacerlo) las jugadoras, que quieren que se actualicen y mejoren sus condiciones laborales. Después de dos prórrogas en las negociaciones, no hay buenas noticias, las posturas siguen alejadas y la sombra del parón es cada vez más alargada. Por lockout de los propietarios (cierre patronal) o por una huelga de las jugadoras, que ya han votado a favor de que su sindicato (WNBPA) pueda decretarla si lo consideran necesario y se llega a ese extremo.

“Una y otra vez, las posturas razonables y meditadas de las jugadoras se han topado con la resistencia al cambio y un continuidad en las provisiones draconianas que han restringido de forma injusta a las profesionales durante casi tres décadas por parte de la WNBA y sus franquicias. Seguimos unidas, firmes y preparadas para luchar por nuestros valores y nuestro futuro”, ratificó el comunicado del sindicato. La última propuesta de la Liga incluía una reforma en el modelo del reparto de ingresos (el gran caballo de batalla) con unos salarios máximos que podrían llegar a 1,3 millones anuales (eran de 249.244 dólares la temporada pasada) y crecer hasta los dos millones durante los años firmados. El salario medio se situaría en torno a los 530.000 dólares (era 120.000) con posibilidad de llegar a 770.000 y el mínimo superaría el cuarto de millón (en 2025, 66.079 dólares). Esos números son un obvio crecimiento, muy grande en cifras, pero las jugadoras siguen firmes en exigir un cambio en el reparto, porque, sin él, los salarios seguirán sin actualizarse al (enorme) ritmo al que está creciendo la WNBA. El sindicato propone un sistema en el que las jugadoras se llevarían el 30% (recordemos que supera el 50% para los jugadores de la NBA). La última oferta de la Liga supera el 50%... pero de las ganancias netas, porque el board argumenta que gastan un porcentaje más alto que otras competiciones profesionales en cubrir todos los gastos. En total, esa oferta deja el bocado de las jugadoras por debajo del 15%.

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Una NBA entre el cielo y el infierno

Las apuestas, la crisis en la WNBA, el caso Kawhi... no todo es felicidad en una NBA en extraordinario momento de forma.

Un parón, por lockout o una huelga que es una opción muy real, sería el primero en la historia de la WNBA. La fecha tope para cerrar las negociaciones era el 31 de octubre. Se amplío hasta el 30 de noviembre con, después, otra prórroga hasta el 9 de enero. Pero siguen sin llegar buenas noticias y no hay, por ahora, motivos claros para la esperanza. Según el sindicato, el 93% de las jugadoras votaron y, de ellas, el 98% aceptó darles autoridad para decretar la huelga. Esto toca de lleno a la NBA y a Adam Silver. De hecho, la comisionada Cathy Engelbert, metida en una confrontación que ya es profundamente personal, fue una apuesta suya. Una que parece, desde luego, amortizada: todo apunta a que habrá cambio de liderazgo cuando Engelbert termine de quemarse en esta durísima negociación. Silver intentó ser optimista en otoño, pero reconoció los problemas: “Llegaremos a un acuerdo. Hay mucho trabajo que hacer todavía, pero lo cerraremos”, aseguró mientras afrontaba la enorme crisis personal de las jugadoras con la comisionada Engelbert: “Ha dirigido una etapa de crecimiento histórico de la WNBA, pero es obvio que hay problemas que tenemos que afrontar. No solo económicos, también personales”.

En su mejor momento, las franquicias rondan ya los 500 millones de valor, y la liga ha pasado de los doce equipos que tenía en 2024 a los 18, cifra histórica, que sumará en 2030. Acaba de debutar, con un increíble éxito y un pabellón siempre lleno, Golden State Valkyries en la Bahía de San Francisco. Un equipo vinculado a los Warriors que pagó 50 millones en 2023 para entrar en la competición. Los últimos han puesto ya 250 millones cada uno: Portland y Toronto en 2026, Cleveland en 2028, Detroit en 2029 y Philadelphia en 2030. Los nuevos acuerdos televisivos son por once años y 2.200 millones, una cifra que también es un récord que habría parecido imposible hace unos pocos años. Por eso, las jugadoras creen (con razón) que es absolutamente ridículo el porcentaje (apenas un 9,3%) de los beneficios que estaban recibiendo ahora. Silver habla en primera persona porque la WNBA sigue dependiendo, básicamente, de la NBA. Antes con un control del 50% que ahora se estima que supera el 60. Cuando en 2021 se hizo una ampliación de capital de 75 millones, los nuevos inversores (sobre una valoración de 400 que quedó obsoleta muy rápido, otro error en los despachos) se hicieron con un 16% de la liga, con partes iguales de lo que era de NBA y WNBA.

La NBA pasó así a controlar el 42%, pero en ese grupo inversor había propietarios de la competición masculina, de cuyos equipos dependen seis de las trece franquicias actuales y cuatro de los cinco que entrarán en el próximo lustro. De ahí esa estimación del 60%. Así que, : la WNBA también es cosa de Silver y sus problemas, ahora críticos, le afectan y le obligan a implicarse.

Una decisión peliaguda con los Clippers

Antes del inicio de la presente temporada, una investigación del periodista Pablo Torre destapó un asunto que ponía en entredicho los valores básicos de la NBA como competición por un posible caso de burla (circumvention) al salary cap. Con una abrumadora montaña de pruebas, documentos y testimonios, el asunto señaló directamente a Kawhi Leonard (dos veces MVP de las Finales) y Los Angeles Clippers, el equipo que dirige uno de los tipos más ricos del mundo, Steve Ballmer (fortuna estimada de más de 121.000 millones de dólares). Uno de los grandes socios de Silver desde que llegó a la NBA en 2014, al rescate de una franquicia mortecina y sacudida por un caso escandaloso de racismo.

Kawhi y un escándalo a la americana

El mundillo NBA sigue pendiente de qué decide Adam Silver con respecto al posible caso de burla al salary cap de los Clippers.

La NBA abrió una investigación que sigue en marcha y con la que no todo el mundo cree que quiera llegar hasta el fondo. De hecho, se dijo que no habría decisiones antes del All Star Weekend, en febrero, porque este se celebrará en Los Ángeles con los Clippers de Ballmer, y su rutilante Intuit Dome, como anfitriones. Silver no quería una foto que pudiera acabar siendo muy comprometida o un escándalo en pleno fin de semana de celebración. Si se aplicara mano dura, y las pruebas apuntan a que podría hacerse perfectamente, la sanción podría incluir castigos muy duros para los Clippers, Ballmer e incluso el propio Kawhi, que en teoría exigió dinero (hasta 28 millones de dólares) extra, más allá de lo que por convenio podía recibir directamente de la franquicia, para firmar con los Clippers y no con otros pretendientes como Lakers o Raptors, el equipo con el que fue campeón en 2019, antes de irse a L.A., y al que le pidió cosas similares a las que supuestamente sí recibió en California.

Es un asunto crucial para la limpieza y la buena salud de la competición, ya que el equilibrio competitivo y la estructura del mercado y las plantillas, incluso el valor mismo de las franquicias, se basa en los números de ese salary cap y las opciones contractuales que ofrece el convenio. Romperlo, y hay sospechas muy fundadas de que Ballmer lo hizo para amarrar a Kawhi y poner en la estratosfera a una franquicia de trayectoria e historia hasta entonces penosas, implica destrozar las reglas del juego y generar un mercado subterráneo totalmente ilegal. ¿Cuánto pagaría cualquier equipo, no digamos los de grandes mercados como Lakers o Heat, por asegurarse la lealtad de la siguiente gran estrella a tiro?

Una relación incómoda con las apuestas

El pasado octubre, con la temporada recién comenzada, la NBA tuvo que enfrentarse a una de las mayores crisis de su historia reciente, una brecha que amenazó (y amenaza) los fundamentos más básicos de la competición, su integridad y su limpieza por una trama de apuestas que hizo que el FBI realizara detenciones que incluyeron a un jugador en activo como Terry Rozier, un entrenador como Chauncey Billups (que dejó así de pertenecer a la disciplina de Portland Trail Blazers) que además fue estrella como jugador y es miembro (algo que también puede cambiar) del Hall of Fame y a Damon Jones, ex de las pistas y los banquillos (como asistente) que aprovechó, para hacer dinero ilegal, palancas como su amistad con, nada menos, LeBron James.

Un asunto de verdad grave, en el que realmente se juega mucho una NBA que ha abrazado, como todas las grandes ligas estadounidenses, unos nuevos tiempos de simbiosis con un mundo de las apuestas que hace tres lustros era anatema. La legalización masiva, a partir de 2018, hizo que las competiciones pasaran de luchar a ablandarse y de ahí a cooperar. La NBA empezó con MGM y siguió, en 2021, con acuerdos todavía más amplios con DraftKings y FanDuel, unos socios en un mundo de las apuestas cada vez más integrado en sus contenidos; a nivel de narrativa, de vínculos con los grandes medios y también en cuanto a tecnología.

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¿Qué hora es, señor lobo?

La decisión de caminar de la mano del mundo de las apuestas compromete la integridad y la credibilidad de la NBA.

Adam Silver defiende que mejor así que en la oscuridad de la ilegalidad, pero cuesta no poner duda un sistema que abraza como pareja de baile a un sector que, además de los enormes problemas sociales que genera, entra en un obvio conflicto de intereses con el caudal natural de la competición, lo simplemente deportivo. Jugadores y entrenadores multimillonarios detenidos por vender información sobre quién va a jugar y quién no, por saber de una forma u otra qué situación de qué equipo afecta a qué partido, es una imagen demoledora que podría incluso cambiar un discurso en el que se había instalado de forma hasta ahora inamovible la NBA: si las apuestas dan tanto dinero, por qué llevarnos un buen bocado nosotros también.

En diciembre, la Liga anunció unas medidas que demuestran que su voluntad sigue siendo, con el riesgo de quemarse la mano por ponerla tanto en el fuego, afrontar este asunto desde dentro, sin dejar de ser parte de él y en asociación (muy lucrativa) con las casas de apuestas. No parece que vaya a ser suficiente, pero por ahora la liga quiere reducir el valor de la información que se maneja entre bastidores antes de los partidos (quién juega, quién no, quién está tocado o lesionado...) y minimizar las posibilidades de que los propios jugadores puedan manipular sus estadísticas para favorecer a quienes apuesten en ellas (su número de puntos, rebotes, asistencias...). Parecería más sano cambiar el sistema que hace que existan, de forma cada vez más pública, esas tentaciones y manejos. Ahora, los equipos tienen que facilitar sus informes de lesionados entre las 11:00 y las 13:00 los días de partido y, a partir de ahí, hacer actualizaciones públicas (en NBA.com) cada quince minutos y no cada hora, como hasta ahora. Además, la liga no quiere que haya barra libre sobre con qué y cómo se apuesta en cuanto al rendimiento individual de los jugadores y aspira a un control más estricto sobre cuáles entran en esas apuestas, sobre qué pueden versar estas y cuánto dinero puede reportar. Lo confirmó en un comunicado: “La posición nuclear de la NBA es que las competiciones tienen que tener control sobre los tipos de apuestas que se hacen en sus partidos, y ahora no lo tienen. Por eso los cambios se tienen que hacer en acuerdo con las operadores de apuestas”. Dos de ellos, como se ha dicho (FanDuel y DraftKings) son partners de una NBA que tiene otro tipo de acuerdos menores pero activos con unos diez operadores más.

El tanking, siempre en el punto de mira

Otro asunto que la Liga ha puesto sobre la mesa en las últimas semanas no deja de ser recurrente, y no parecía ahora en un candelero al que ha regresado por esa nueva vuelta de tuerca que quiere darle la competición. Se trata del tanking, la voluntad de los equipos que apuntan al siguiente draft de perder el mayor número de partidos posibles para tener más opciones de llevarse la mejor elección posible en la lotería ponderara que decide el orden del draft sobre opciones vinculadas con la posición en la clasificación de la regular season. El tanking, siempre conviene aclararlo, es cosa de los despachos y de la gestión de los directivos. Jugadores y entrenadores quieren ganar, pero sus ejecutivos no siempre toman las decisiones (quién juega y quién no, quién está en plantilla y quién no) pensando en que estén en la menor disposición de hacerlo. El fin justifica los medios. Desde que algunos equipos (como los Sixers del Proceso) convirtieron en algo industrializado y programado durante varios años lo que hasta entonces solía ser un asunto más circunstancial y vinculado a la evolución y resultados de cada equipo en una temporada concreta, la NBA ha tratado de demostrar que quiere combatir esta práctica para evitar que eso, sumado al eterno debate sobre los descansos de los jugadores, expanda la conversación sobre cuánto importa y cuánto se esfuerzan los equipos durante la inacabable (82 partidos por franquicia) regular season.

La NBA ha comunicado que va a revisar de nuevo las normas sobre protecciones de picks de draft (las que se usan para sellar una posición en caso de traspaso de las rondas) y sobre la ponderación de opciones de cara a la decisiva lotería. El tanking, además, mezcla mal con ese problema en crecida de las apuestas, que pueden tener especial incidencia en equipos sin motivación para ganar, jugadores en franquicias descosidas y con la vista en un futuro que no los incluye y partidos que atraen muy poco interés, sobre todo en el último tercio de la temporada.

Algunas ideas de las que se han filtrado y que estaría analizando la Liga son la congelación de esas protecciones futuras de rondas, que las posiciones de lotería queden fijadas el 1 de marzo y no se vean afectadas por los resultados a partir de ahí o incluso prohibir que una franquicia pueda elegir dos años seguidos en el top 4 del draft. Mientras ideas complejas y que podrían ser contraproducentes circulan por el debate público en torno a la NBA, muchos creen que tal vez la solución sea anular por completo la lotería y, como sucede en la NFL, crear una correlación directa entre posición en la clasificación y pick: el peor elige con el 1, el penúltimo con el 2… La NBA siempre ha considerado que eso potenciaría el tanking, pero es posible que acabe siendo peor un sistema de opciones más planas, como el actual, reformado para dar más aleatoriedad a la lotería y que, por lo tanto, acaba castigando muchas veces a los peores y da rondas muy altas a equipos que se han quedado incluso cerca de playoffs. Eso alarga los ciclos de reconstrucción (lo que suele equivaler a más tanking), mejora a equipos que no son los que más lo necesitan (lo que va contra la idea central de redistribución de talento en la que se basa el draft) y castiga a los que están en las cloacas, que no se hacen con jugadores que puedan sacarlos de esa situación crítica y convertirlos en competitivos.

Más lesiones, nuevas lesiones, ¿inevitables lesiones?

Las lesiones han vuelto a ser uno de los temas constantes, recurrentes, en esta temporada NBA. Con, lo que más llama la atención de los aficionados, muchas estrellas fuera de combate por problemas físicos. A las de largo recorrido se añade una retahíla de problemas musculares, algunos en lo que parece ya adquirir formato de plaga: las lesiones de gemelo, por ejemplo, parecen cada vez más numerosas. No son las más graves ni exigen de entrada tiempos larguísimos de recuperación, pero sí resultan preocupantes y traicioneras, requieren una actitud conservadora en la recuperación y pueden provocar, si se fuerza o no se tiene el cuidado preciso, problemas muchos más graves como roturas del tendón de Aquiles. Les pasó, por ejemplo, a Kevin Durant en las Finales de 2019 y a Tyrese Haliburton en las últimas, las de 2025.

Isquiotibiales, lesiones de ingle… la cuestión es si el baloncesto actual ha adquirido un ritmo tan alto y obliga a una exigencia física tan extrema que empieza a no ser compatible con el agotador calendario de la regular season y sus 82 partidos por equipo. La NBA está en un ritmo de posesiones (pace) que marca sus máximos desde finales de los años ochenta, y 26 de los treinta equipos están en su mayor velocidad de juego de todos los inicios de temporada del último lustro. Un dato que suele ir reduciéndose a medida que avanza la competición, pero que está disparado con, además, un estilo de juego que es más exigente que nunca para el cuerpo de los jugadores: en defensa, por ejemplo, las rotaciones son permanentes, se recorren muchos más kilómetros y hay que cubrir mucha más pista y puntear permanentemente triples tirados, además, cada vez a más distancia del aro.

Las audiencias, en el estreno de los nuevos contratos televisivos, no se han resentido. Aunque para la NBA siempre es un quebradero de cabeza esa visión pública que apunta a unos partidos de regular season aguados y a algunas estrellas poco comprometidas. Por eso introdujo la NBA Cup, para agitar el primer tercio del calendario; y la norma de los 65 partidos a lo que hay que llegar para optar al MVP, el premio de Defensor del Año y la entrada en los mejores quintetos (All NBA). Una (controvertida) ampliación de otras medidas que ya había tomado para controlar los descansos excesivos o no vinculados a problemas físicos de los jugadores. Sobre todo las estrellas, y hay que recordar que la NBA creó incluso una definición técnica de estrella: jugadores que han sido all star o All NBA (presencia en los Mejores Quintetos) en las tres temporadas anteriores.

Esa norma, que desde el principio tuvo sus detractores, está ahora en la picota por la lesión de rodilla de Nikola Jokic. Si el serbio tarda unas cinco o seis semanas para volver a las pistas, como parece, no podría optar al que sería su cuarto MVP. Ya la temporada pasada, Victor Wembanyama no pudo ser Defensor del Año porque se quedó por debajo de esos 65 partidos por los coágulos que le dejaron fuera de las pistas en la última parte de la temporada: jugó 46 y aún así fue el jugador con más tapones totales en la temporada. El ganador, con el francés fuera de las cuentas, fue Evan Mobley (Cleveland Cavaliers), que gracias a eso activó la extensión súper máxima para un nuevo contrato que saltó de 224,2 a 269 millones totales por cinco temporadas.

Hace dos años, los jugadores más importantes de los equipos empezaron la temporada perdiéndose poco más de un partido de cada diez, de media, y esa cifra ha subido a casi uno de cada tres en el primer tercio de este curso 2025-26. En los equipos (jugadores, entrenadores) se señala hacia una liga que habla de avances pero sigue comprimiendo -en la práctica- el calendario, cuyas medidas algunos consideran simple maquillaje y que reduce el número de back to backs (dos partidos en dos noches) pero no una carga total que sigue siendo durísima, y más en tiempos en los que cada jugador recorre más distancia que nunca en la pista. Los Warriors, con un equipo además muy veterano, empezaron la temporada con 17 partidos en 29 días y en doce ciudades distintas. Steve Kerr aseguró que era “el inicio más duro” que había vivido en toda su vida en la NBA. Y llegó como jugador en 1988. El técnico también dejó claro que los médicos de la franquicia de San Francisco vinculan de forma directa el aumento de problemas musculares y pequeñas lesiones a esa carga de partidos y viajes en un juego que se desarrolla a una velocidad cada vez más alta.

Retos para una NBA en plena edad de oro

Un modelo que nadie quiere cambiar

Las lesiones se disparan en la NBA pero nadie quiere meter mano a un sistema de competición que produce una riqueza sin precedentes.

Robert Klapper, cirujano de Los Ángeles especializado en lesiones deportivas, apunta también a la evolución del propio baloncesto para ese aumento de las lesiones, exponencial en el caso de los problemas de gemelo, y las ausencias de los jugadores: “Es una maravilla ver jugar a Stephen Curry, pero los rivales le tienen que defender mucho más allá de la línea de tres porque si no tirará casi desde cualquier parte. Hay más triples que tienen que ser defendidos desde más lejos. Los que se fallan, provocan rebotes que salen despedidos a más distancia del aro, y hay también más contrataques a partir de esas jugadas. Los jugadores corren para atrás a defender y otra vez muy rápido para atacar en transición. Los gemelos y los tendones de Aquiles se cargan de una forma que no sucedía hasta ahora, es demasiado estrés para los músculos de esa zona. Los jugadores ahora, además, se especializan en el mismo deporte desde muy jóvenes, así que cargan esos músculos durante básicamente toda la vida. Necesitan parar, hacer otras cosas: entrenamientos de otro tipo, jugar al voleibol… Hay que repensar cómo se trabajan ciertos músculos y adaptarse, porque los equipos no van a dejar de tirar de tres".

El veterano periodista Mark Medina, un clásico de la cobertura el deporte de Los Ángeles, habló con varios especialistas que apuntaron en la misma dirección. Entre ellos Gary Vitti, el que fuera icónico preparador físico y jefe de los servicios médicos de los Lakers entre 1984 y 2016: “Muchos problemas musculares y lesiones de rodilla tienen que ver con la velocidad a la que se juega ahora y la capacidad del cuerpo para transferir las cargas del tronco inferior al superior a través de la pelvis. Y con una eficiencia de movimientos poco funcional. Antes el baloncesto era obviamente de más contacto físico, los viajes eran más duros... pero la velocidad y la agilidad que requiere el estilo de juego actual crea otro tipo de problemas. Ahora los jugadores están totalmente especializados desde muy pronto. Cuando se repiten los mismos movimientos una y otra vez, el cuerpo crea compensaciones que son las que crean las disfunciones. Eso pasa también con la gente que trabaja todo el día delante de un ordenador. Antes los jugadores jóvenes dedicaban el invierno al baloncesto pero en otoño jugaban al football y en primavera al béisbol. Y así formaban el cuerpo de manera mucho más completa. Era cross-training y ni lo sabíamos, no existía el concepto. Ahora se centran en el mismo deporte y crean patrones de repetición de movimiento de conducen a las lesiones. A los siete años ya estás metido en un deporte que es el único que vas a practicar. Los que llegan a la NBA son más rápidos, más fuertes y más grandes que los de antes, pero sus movimientos y gestos no son los correctos. El problema viene desde que son niños, no solo en la NBA. Y ralentizar el juego tampoco va a ser posible”.

El clamor desde muchos frentes es que se reduzca la regular season. Que se planteen escenarios con, una cifra muy utilizada en estos debates, 72 partidos por equipo, diez menos que ahora. Sin embargo, parece obvio (y las negociaciones del último convenio colectivo lo volvieron a dejar claro) que nadie está por la labor. Ni equipos ni jugadores. Porque los ingresos principales de todas las partes tienen que ver directamente con los partidos, con lo que genera el juego: es el llamado BRI, Basketball Related Income: ticketing, restauración y merchandising en los pabellones, acuerdos de patrocinio vinculados con la competición y, claro, los contratos televisivos. De ahí sale también, en un reparto que ahora ronda el 50%, el salario de los jugadores.

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Cada partido genera ya cerca de tres millones de dólares, así que si se reducen diez por equipo… basta con echar cuentas. Las grandes televisiones y también las locales, un mercado además convulso en los últimos años, quieren tener asegurados sus contenidos. Las franquicias no quieren perder el flujo de venta de entradas, merchandising y todo lo demás… y los jugadores no quieren que su parte de la tarta valga menos. Al fin y al cabo, estamos en máximos de ingresos, el modelo produce en máximos… y por eso nadie lo quiere tocar. Así ha sido en los últimos años y así sigue siendo. Así que habrá que ver si la NBA hace algo para que no quede todo reducido, de nuevo, a debates mediáticos y planteamientos teóricos. Lo explicó bien un entrenador histórico, Erik Spoelstra (Miami Heat): “No va a cambiar. Solo habría cambiado si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para quitar diez partidos por equipo. Pero no se quiere, así que no hay solución”.

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