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Jordan y Barkley vuelven a ser amigos

Vince Coleman, exjugador de la MLB, ha conseguido lo que ha sido un imposible durante casi tres lustros: Michael Jordan y Charles Barkley han retomado su amistad.

Michael Jordan y Charles Barkley, jugando al golf en California, en 1999.
SAM MARCOVITCH
Juanma Rubio
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Siempre tiene su aquel hablar de los grandes rivales de Michael Jordan porque lo normal es hablar de los grandes rivales a los que trituró Michael Jordan. Una conversación en la que acaba apareciendo, antes o después, la ilustre lista de grandísimos jugadores, también leyendas, que se retiraron sin anillo en gran parte por su culpa. Él contó en su momento que el emparejamiento individual que menos le gustaba era contra Mitch Richmond, uno de los grandes anotadores de los noventa pero un jugador que solo pisó los playoffs cuatro veces en sus catorce años de carrera NBA: dos con los Warriors, una con los Kings y la última, ya al borde la retirada, con los Lakers de 2002, con los que ganó su único anillo y salió de esa lista de los que lo dejaron sin el gran premio. Su rol, eso sí, fue de ilustre veterano sin casi presencia en pista. Al menos se dioi el gustazo de jugar los últimos 90 segundos de las Finales, un 4-0 funcionarial de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant a unos Nets vaporizados. Anotó la canasta que cerró el marcador y consumió los segundos definitivos del partido, y de su carrera, botando la bola y disfrutando del momento.

Pero el Richmond al que se refería Jordan era el anterior, el que promedió 21 puntos en toda su carrera: 22,7 en tres temporadas en los Warriors (con 5,5 rebotes y 3,4 asistencias) y 23,3 (con 3,7 y 4,1) en siete años en los Kings, donde fue la primera gran estrella tras el traslado a California y donde tiene su número 2 retirado. Anotador voraz ya en Kansas State, número 5 del draft de 1988 y Rookie del Año, también ganó dos medallas olímpicas con el Team USA: bronce en Seúl 88, todavía como universitario, y oro en Atlanta 96, con el denominado Dream Team III.

Jordan valoraba muchísimo la capacidad para defender a muy buen nivel de un anotador compulsivo como Richmond, que por eso le exigía en los dos lados de la pista y que dejó siempre claro que jugar contra el 23 de los Bulls era peor que una visita al dentista: “Si no te pillaba preparado y no lo dabas todo, te metía 60 puntos. Si estabas al máximo y tenías una buena noche, te metía 30”. Él también metía: está en el ilustre club de jugadores con al menos 21 puntos por partido en sus diez primeras temporadas en la NBA. En seis de sus siete años en Sacramento fue all star (de 1993 a 1998, MVP del partido en 1995) y entró tres veces en el Segundo Mejor Quinteto de la Liga.

Los Pistons, Ewing, Malone y Stockton...

Pero, claro, Richmond no estaba en el escalón de un Jordan que no tuvo una némesis eterna porque, básicamente, él era la némesis de todos los demás. Pero sí tuvo enemigos duros, retos monumentales; para NBC, que hizo en su día un ranking de los que no solo sufrieron a His Airness sino que también, como mínimo, le hicieron sufrir, el principal Isiah Thomas y sus Pistons, los Bad Boys que transportaron a la NBA, con su montaña de músculo defensivo y su intensidad al límite del reglamento y a veces más allá de este, de los títulos de los Lakers y los Celtics en los ochenta a la era Jordan, la del despegue definitivo de la competición como fenómeno cultural a nivel global. Un equipo terrorífico en todos los sentidos (Isiah Thomas -natural de Chicago, precisamente-, Joe Dumars, Mark Aguirre, Dennis Rodman, Rick MaHorn, Bill Laimbeer....) que fue la mili de un Jordan que tuvo que mejorar su físico para adaptarse a la agresividad de ese rival, que forjó un plan defensivo (las llamadas Jordan Rules) para minimizar su potencial anotador. Y de los propios Bulls, que fueron ajustando su plantilla para asumir el reto de fajarse en playoffs con los de la MoTown, que no hacían prisioneros.

El asunto fue, además de deportivo, personal. Jordan e Isiah Thomas, la gran estrella de los Pistons (aunque Joe Dumars era el encargado de defenderle en primera instancia de lo que era en realidad un ejercicio muy colectivo), no tenían precisamente una buena relación. Cuando el de los Bulls debutó como all star en 1985, siendo todavía rookie, se corrió la voz de que Isiah lideró una campaña en el equipo del Este para no pasarle la bola (Jordan lanzó solo nueve veces a canasta). En 1992, la ausencia de Isiah en el célebre Dream Team tuvo mucho que ver, siempre se dijo, con sus roces con Jordan y los que acabó teniendo con Magic Johnson, que había sido íntimo amigo suyo.

En pista, los Pistons eliminaron a los Bulls en tres playoffs seguidos: 1988, 1989 y 1990. En 1991 los de Chicago por fin se impusieron en esa rivalidad regional (4-0) y llegaron a las Finales. El vuelco había sido progresivo: de perder 4-1 a perder 4-2 a un ajustadísimo 4-3... y la victoria por 4-0. Es obvio asegurar, con un mínimo de perspectiva, que aquellos feos pero legendarios Pistons ayudaron a cincelar la versión más dura de Michael Jordan.

Pero hubo más: los Knicks de Patrick Ewing, número 1 del draft en 1985, que se había enfrentado ya a Jordan (3 en 1984) en la final universitaria de 1982, North Carolina-Georgetown. En los playoffs de la NBA se vieron las caras en 1989, 1991, 1992, 1993 y 1996. El único triunfo de los neoyorquinos contra los Bulls fue en 1994, sin un Jordan en aquella extraña primera retirada. Los Bulls eliminaron las otras cinco veces a los Knicks, cuatro en recorridos que acabaron en anillo.

Y estaban en la lista, claro, sus rivales en las Finales. De los últimos Lakers de Magic y los Blazers de Clyde Drexler, el (extraordinario) escolta que ya tenían los Blazers así que decidieron no draftear a Jordan y escoger a Sam Bowie (uno de los mayores errores de la historia del baloncesto, claro), a la tenaza de Gary Payton y sus Supersonics de 1996 y los Jazz de John Stockton y Karl Malone, otro equipo de granito que hizo sudar tinta a los Bulls de 1997 y, sobre todo, a los del último baile (The Last Dance) en 1998.

Entonces, perdieron una ocasión inmejorable de forzar un séptimo partido que habría sido en su pista y contra unos Bulls agotados, física y mentalmente. Pero, ya se sabe, Jordan reescribió el guion de forma increíble: anotó en penetración, robó la bola y logró después, ante Bryon Russell, una de sus canastas más icónicas de la historia. Después Stockton no anotó y Jordan ganó su sexto anillo antes de dejar definitivamente los Bulls y, temporalmente, la NBA (volvió después con los Wizards).

La máquina de los Suns de 1993

Ese 6-0 en Finales de Jordan con los Bulls, la infalibilidad que suelen agitar sus fans en la cara de los de LeBron James en los (generalmente aburridos e infantiloides) debates sobre quién es el GOAT, ha provocado también que se haya discutido, porque de todo hay que hablar, qué titulo fue el más difícil, quién exigió más en una competición de la que se suele sacar a los Lakers de 1991 y los Blazers de 1992. Los Sonics apretaron al equipo pluscuamperfecto, el del 72-10, y convirtieron un 3-0 en un 3-2 antes de desfondarse (4-2). Era un equipo que había ganado 64 partidos por los también 64 y 62 de los Jazz de las dos siguientes temporadas. Y por los 62 de los Suns de 1993, para algunos el rival de techo más alto, uno que partió con ventaja de campo, perdió los dos primeros partidos en su pista pero ganó luego dos de los tres de Chicago. De vuelta en Arizona, con (todavía en formato 2-3-2 para la lucha por el anillo), patinaron por un solo punto en el sexto partido (98-99). Nadie ganó en toda la serie un partido por más de diez puntos, y al frente de los Suns estaba un Charles Barkley que había sido MVP después de dos premios seguidos para Jordan.

Jordan y Barkley vuelven a ser amigos
Andrew D. Bernstein

En la temporada, Barkley promedió 25,6 puntos, 12,2 rebotes y 5,1 asistencias. Y Jordan 32,6, 6,7 y 5,5. En las Finales, y como si fuera algo personal, Barkley estuvo muy bien (27,3, 13 y 5,5) pero Jordan estuvo celestial, superlativo: 41 puntos, 8,5 rebotes, 6,3 asistencias y 1,7 robos. A Barkley se les escapó su gran oportunidad de ser campeón, algo que no había logrado antes en Philadelphia con Moses Malone, Maurice Cheeks, Julius Erving, Andrew Toney y Bobby Jones y tampoco consiguió después cuando se unió en los Rockets, un escuadrón muy veterano a la desesperada, a Hakeem Olajuwon y Clyde Drexler.

En plenas Finales de 1993, de hecho la noche antes de jugar el cuarto partido, en Chicago y con los Suns saliendo del cortocircuito de los dos primeros duelos en su pista, Jordan y Barkley se fueron a jugar al golf. Eran amigos desde hace unos meses, cuando compartieron mucho tiempo libre, y muchas partidas de cartas (entre otras cosas) en la histórica concentración del histórico Dream Team de Barcelona 92.

Hasta que la amistad se rompió

Fue el inicio de una camaradería que no estropeó esa Final, a cara de perro, y que conectaba sus orígenes sureños: Barkley se crio en Alabama, Jordan nació en Brooklyn pero a los cinco años ya estaba en Wilmington, Carolina del Norte. Y sus fechas de nacimiento, separadas por solo tres días: Jordan nació el 17 de febrero de 1963, Barkley el 20. Después siguieron en el Sur, Jordan en North Carolina y Barkley en Auburn, y saltaron también a la vez a la Costa Este en el draft de 1984, uno de los mejores de siempre: Jordan a Chicago con el 3, Barkley a Philadelphia con el 5 aunque no le hizo ninguna gracia. Fue también el draft en el que fueron elegidos el recién fallecido Oscar Schmidt, uno de los mejores jugadores de entre los que jamás pisaron la NBA (pick 131) y hasta Carl Lewis (208), que saltó justo después al megaestrellato como atleta, en Los Ángeles 84.

Pero fueron muy amigos, Barkley reconoció que “como hermanos”. Mucho golf, cartas, apuestas (ejem)… muchas cosas y una visita al programa de Oprah, asunto de primera magnitud en aquella América, juntos y con Barkley vestido con un traje sacado del inacabable armario de Jordan. Eran íntimos cuando, por ejemplo, Jordan le birló una Harley Davidson en una subasta benéfica para regalársela a Wanda, la mujer de Roy Williams, leyenda de los banquillos en el baloncesto universitario.

Williams dirigió durante quince años (1988-2003) a los mastodónticos Jayhawks de Kansas, con los que llegó cuatro veces a la Final Four. Sin embargo, el salto definitivo a los títulos lo dio después con otro gigante del College, otra universidad blue blood - sangre regia- y la de su tierra, los Tar Heels de Carolina del Norte. Allí entrenó entre 2003 y 2021 y fue campeón en 2005, 2009 y 2017. Una segunda etapa después de su aprendizaje como asistente, de 1978 a 1988 a las órdenes de Dean Smith, otro icono. Y con impacto en el equipo que fue campeón en 1982, con un James Worthy que estaba a punto de ser número 1 del draft y completar el mejor puzle de todos los que compusieron los Lakers del Showtime en los dorados ochenta. El líder de aquellos Tar Heels en los que estaban también Sam Perkins… y Michael Jordan, que debutó esa temporada con 13,5 puntos por partido que ya eran 20 solo un año después.

Jordan y Barkley vuelven a ser amigos
DIARIO AS

Williams, que moldeó desde su llegada a Jordan -como al resto de jóvenes- mientras Smith trabajaba con los principales, supo que manejaban dinamita en un partido de instituto en el que fue a ver a ese chico de Wilmington del que cada vez hablaba más gente: “Le vi jugar un domingo por la tarde y pensé ‘Dios mío, puede ser el mejor jugador de high school y esa altura (1,95 entonces, luego creció un poquito más) que he visto en toda mi vida. Lo reclutamos, pero ninguno podíamos imaginar en qué se iba a convertir. Era obvio que tenía un potencial descomunal, pero también un deseo que le hacía ser diferente a todos los demás”.

Después de su salida del coqueto campus de Chapel Hill, Jordan mantuvo su amistad con Williams, un vínculo que se puso a prueba la noche de la Harley, cuando a la estrella infinita de los Bulls le importaron más las gambas rebozadas, receta sureña, que le preparaba Wanda que su amistad con Barkley. Williams recordó así cómo se cumplió el capricho de su mujer… que no había montado nunca en moto: “Barkley estaba en la otra punta de la sala, y Michael se giró hacia él y simplemente le hizo el gesto de stop para que no fuera más allá en la puja”.

Así que sí: Michel Jordan y Charles Barkley eran íntimos. Pero la palabra clave es, de esa frase, ERAN. La cosa se rompió, y el segundo, que ha hecho carrera como estrella televisiva por hablar sin tapujos y no tener ni un solo pelo en la lengua, lo contó así en 2020: “Era como un hermano para mí, durante al menos veinte años. Y esto me entristece. Sigue siendo el mejor jugador que ha habido y le deseo lo mejor, pero no puedo hacer nada por arreglar las cosas”.

También ese año, en USA Today, explicó por qué habían tenido tanta afinidad durante tanto tiempo: “Si eres famoso, y Michael en un momento llegó a ser la persona más famosa del mundo, todo el mundo a tu alrededor o está trabajando para ti o está dejando que les pagues bebidas, les invites a cenar y los lleves por ahí en tu jet privado. Vas a tener pocos amigos que sean honestos contigo. Pero yo lo era y creo que esa era de las razones por las que nos hicimos tan íntimos. El pensaba ‘le puedo preguntar a Charles lo que quiera y me dará una respuesta sincera’. Pero mi trabajo es mi trabajo, no puedo ir a la tele y decir que otro general manager está haciendo un trabajo horrendo pero que Michael, aunque sea como mi hermano, lo está haciendo fantástico”.

Y ese fue el asunto. La misma sinceridad sin tapujos que tanto valoraba Michael Jordan fue la que reventó su relación con un Barkley que, en 2012, cargó contra Charlotte Hornets (entonces todavía Bobcats), la franquicia de la que era propietario Jordan y que vivía sumida en el caos, organizativo y deportivo: “No contrata para su círculo más cercano a gente a la que vaya a escuchar de verdad. Es uno de los peligros de ser tan famoso, la gente de la que te rodeas. Tú pagas todas las facturas, así que casi nadie te lleva la contraria porque quieren que sigas haciéndolo, que te hagas cargo de la cuenta. Quieren ir en tu avión privado, así que no te llevan nunca la contraria. Y creo que Michael no ha sabido contratar a gente que sea capaz de decirle que no tiene razón cuando hay que hacerlo. Tiene alrededor a demasiados que se dedica a decirle ‘sí, señor’. Adoro a Michael, pero no ha hecho un buen trabajo, no puedo venir a una entrevista y decir lo contrario. Es tan sencillo como eso: no ha hecho un buen trabajo”.

Así que en 2012 Jordan, que vendió la franquicia once años después, y Barkley se distanciaron totalmente, un asunto que se dio por imposible de encauzar hasta esta semana. El segundo se lo acaba de explicar a los mismos locutores de radio, un círculo que se ha cerrado, que le hicieron la entrevista en la que rajó de los Bobcats/Hornets: Chris Russo y Marc Silverman, eminencias de la radio deportiva en Chicago.

Según Barkley, el responsable de la reconciliación ha sido Vince Coleman, una antigua estrella de la MLB que fue drafteado en 1985, como ellos, y que tiene amistad con ambos: “El otro día estaba en casa tan tranquilo, sin hacer nada, y me llamó Coleman, que es un buen amigo. Siempre empezamos las conversaciones diciéndonos, de broma, unas cuantas cosas feas, y después esta vez me soltó ‘eh, estoy aquí en The Grove (el campo de golf de Michael Jordan en Jupiter, Florida), estoy ya harto de toda esa mierda tuya y de MJ. Él está aquí también, y tenéis que hablar’. Y tuvimos una conversación gracias a Coleman, él fue el responsable. Hablamos un par de minutos y me dijo ‘tío, a ver si quedamos y echamos un partido de golf. En cuanto tenga unos días que me pueda coger libres, pillamos un vuelo y pasamos un par de días jugando al golf’”.

Ahora, Barkley cree que no costará que la relación vuelva a fluir: “Creo que nos irá bien. Tampoco es que seamos los Príncipes Harry y Williams, que se odian. Sinceramente, creo que los dos echábamos de menos al otro, porque tanto él como yo lo hemos hablado con otros amigos pero éramos, los dos, demasiado tozudos para coger el teléfono y hacer esa llamada. Los dos nos hemos dicho el cariño que nos tenemos, y Vince vino y nos dijo ‘este asunto ha sido siempre una estupidez, pero sois los dos demasiados cabezotas para coger el teléfono. Lo que necesitáis es hacer las cosas como es debido, echar unos hoyos en el campo de golf y enterrar toda esta historia”. A tiempo: “Estamos más cerca de la muerte que de seguir mucho vivos. Siempre suelo usar una analogía con el golf: estoy en los nueve hoyos finales, la segunda parte del recorrido. Me gustaría estar en el nueve o el diez… pero lo cierto es que mañana puedes verte en el 17 o el 18. Así va el mundo”.

Michael siempre había sido un grandísimo amigo”, ha explicado además un Barkley que debe a esa relación unos cuantos ceros en su cuenta corriente: “Me dio algunos consejos financieros de valor incalculable. En mi mejor momento como jugador cobraba unos tres millones de Nike, y él me dijo que yo no tenía ni idea de cómo gestionar mis contratos. Me dijo ‘quiero que dejes de acumular tanto cash y compres acciones’. Yo no sabía ni qué significaba eso. Pero Michael es un grandísimo hombre de negocios. Le dije ‘no sé de qué estás hablando’, pero trasladé ese mensaje a mi gente: ‘eh, estaba jugando al golf con Michael y me ha dicho que no quiere que cobre esos tres millones, que mejor me paguen uno y los otros dos a través de stock options’. Y me preguntaron que cómo de bueno creía que iba a ser él jugando al baloncesto y cuántas zapatillas creía que podría vender. Y les dije que no había visto a nadie igual, nada parecido. Era en el comienzo de nuestras carreras, pero ya les dejé claro que jamás había visto a un jugador tan bueno”. Le dijeron que era un plan arriesgado, pero él insistió porque era lo-que-le-había-dicho-Jordan. Y, dice, ganó al menos 50 millones de dólares más gracias a eso.

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Al volver a hablar con él, lo que me quedó claro es que no ha cambiado, porque me invitó a jugar al golf y me dijo ‘eres un tío rico, pero ven a jugar con uno mucho más rico’. Y pensé que hay cosas que no cambian… ese era él, 100% Michael Jordan hablando conmigo tantos años después”, terminó en esa charla un Barkley que, sin embargo, no ve posible que ambos recuperen la relación con otro antiguo buen amigo del que se han distanciado totalmente, Tiger Woods: “Nunca he entendido muy bien lo que ha pasado con él. Llamé a su agente, Mark Steinberg, porque no tengo ni el número de Tiger. Le dije ‘Tío, que el chico sepa que le adoro y que le deseo lo mejor’. Solo siento afecto hacia él. Renegó de nosotros después de uno de sus accidentes de coche y no sé ni cuánto hace que no hablo con él, ni me acuerdo. Tuve un hermano que murió muy joven por culpa de las adicciones, siento mucha empatía por cualquiera que está en esa situación. Pero es lo que digo, fue Tiger el que no quiso saber nada de nosotros. Yo no doy la espalda a un amigo si hace algo que ha sido un error, o que se puede considerar malo. Solo le deseo lo mejor”.

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