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Todos coincidiremos en que el escenario ideal es que LaLiga esté repleta de jugadores de máxima calidad. Que no es bueno que se marchen al extranjero las principales figuras. En los últimos tiempos hemos perdido a futbolistas de primerísimo nivel: Neymar, Cristiano, Messi, Sergio Ramos, Varane… Existía cierta preocupación por el espectáculo que fuera a proporcionar el campeonato sin todos ellos. Y sí, se les echa de menos, y sí, a veces los partidos salen más pobres, y sí, a menudo el trabajo táctico defensivo se impone porque no existe esa individualidad súper desequilibrante para derribarlo. Y, de todos modos, se está quedando una buena Liga. Una Liga diferente, abierta, imprevisible, en la que todos los partidos pueden llegar a sorprender. En términos de emoción e incógnita, una Liga más divertida que aquella en la que Barcelona y Madrid se paseaban y el único interrogante de sus partidos consistía en adivinar por cuántos goles se iban a acabar imponiendo.

Pensémoslo: en la última semana, Osasuna empató en el Bernabéu y el Alavés hizo lo propio en el Camp Nou. En la época de Guardiola contra Mourinho, de Messi contra Cristiano, de carreras por superar los cincuenta goles en la tabla del Pichichi y los cien puntos en la clasificación general, esos resultados habrían sido considerados auténticamente milagrosos. Ahora ocurren con naturalidad, y lo más importante es que sabes que se pueden dar antes del inicio: cualquier día, un gigante, puede perder puntos.

Y esto alimenta sueños como los del Sevilla o la Real Sociedad, que no lo dirán en público pero que en privado habrán empezado a pensar que por qué no, que quién sabe, que igual este es el año de sus vidas. Y al público neutral siempre le han divertido más las carreras en las que pueden ganar cinco caballos que aquellas que se resuelven de manera binaria, a cara o cruz. Y a este Gran Premio sólo le falta que el Barça mejore -realmente es difícil que no lo haga- para tener tantos candidatos como los dedos de una mano.