Pues con Sergio González... ¿hasta el final?

Desde su llegada a Valladolid he sido siempre un ferviente defensor de Sergio González. Lo fui en los momentos en los que su continuidad fue cuestionada, y también ante un sector de la afición que no comulgaba con su idea futbolística, algo que por supuesto respeto, faltaría más.

Pero he de confesar, en lo personal, que mi crédito hoy en Sergio está en mínimos históricos. Después del partido frente al Huesca, en caliente, el cuerpo me pedía que Ronaldo tomara una decisión drástica. Así lo expresé en Carrusel Valladolid de la SER. Y no por la paupérrima imagen ofrecida en ese partido en particular, sino por la remarcada negativa tendencia del equipo.

Tengo la sensación de que el mensaje del entrenador no cala, no empapa y se diluye en una plantilla necesitada de referentes. Este equipo ha perdido una de las señas de identidad que le han acompañado las últimas temporadas, y no me refiero solo a la fiabilidad y sobriedad defensiva, y sí más al carácter, la personalidad y el temperamento. Es en este punto dónde creo que el discurso de Sergio González se ha desvanecido y no llega a unos jugadores que sin tener dentro del vestuario un líder, no parecen encontrarlo tampoco en el entrenador.

El Real Valladolid y Sergio han vivido en las dos últimas temporadas partidos y situaciones clasificatorias mucho más difíciles que la actual, pero las sensaciones son radicalmente opuestas. Recuerda, amigo lector, cómo llegamos a aquel partido frente al Girona, en el estadio José Zorrilla, nada que ver con lo de hoy.

Sergio González ha demostrado ser un entrenador firme en sus convicciones, que puede ser una virtud… o no. Porque cuando se sobrepasan los límites de la convicción nos instalamos en la cabezonería y esto puede desembocar en una actitud tan inmovilista y tan programada que durante los partidos pueda darnos la sensación de tener ante nosotros a un entrenador muy poco intervencionista e incapaz de reaccionar.

Aún con todo, el fútbol nos ofrece revanchas y oportunidades no esperadas. Sergio necesita un golpe de efecto ganador para salvar su puesto, pero por encima de todo, para recomponer la minada confianza y credibilidad de muchos aficionados en su capacidad para reflotar el barco. En su mano y su talento para persuadir a los jugadores está.

El viernes, el entrenador que escribió la gloriosa y épica página de un ascenso meteórico casi imposible, puede escribir en Vitoria el epílogo a su era en Valladolid o, por el contrario, cerrar un capítulo de su novela para abrir otro que nos devuelva el ánimo, la esperanza y la ilusión.

Pues todavía con la confianza un poco tocada, es momento de estar con Sergio, yo estoy con Sergio, y también estoy con el equipo. Queremos creer. Pero no podemos permitirnos más tropiezos. Ojalá nos vayan bien las cosas para no tener que volver a preguntarnos… Pues con Sergio González… ¿hasta el final?