En el corredor de la muerte

Elige ponerte frente al televisor un soleado mediodía de domingo. O pegarte el madrugón del año para llegar hasta El Sadar. O incluso peor: dedicar el fin de semana entero, con los gastos que conlleva, a un periplo por Pamplona. Y todo, por ver al colista de Primera División. La fe mueve montañas, la de los seguidores del Espanyol sería capaz de cambiar el sentido de la rotación de la Tierra si se lo propusieran. Pero todo tiene un límite. E incluso la esperanza de los pericos, seguramente los seres más capacitados para encontrar una sonrisa en un drama, es finita. En El Sadar, y salvo un magno milagro como el que sucedió en 2009 después de una derrota igual de dolorosa en el mismo estadio, compró el Espanyol lo más parecido a un billete a Segunda. Debía ganar, como en otras tantas ‘finales’ desaprovechadas, y por enésima vez sucedió todo lo contrario.

Desaparecido del once Calleri desde su ‘hat-trick’, a Osasuna (y a otros tantos rivales) le bastó una presión alta para desactivar a un equipo sin argumentos, fiado a RdT como si fuera una divinidad, con Darder perdido entre pivotes defensivos y balones largos a la nada. Y así, hasta que igual que cada semana llegó un grosero error, para que se avanzase el adversario. Una pena máxima en sentido literal. Y la expulsión, esta vez de Diego López. El Espanyol deambula por el corredor de la muerte, con sentencia firme, a la espera de una llamada del gobernador al alcaide que rara vez llega, y menos si eres culpable.