Catar la Copa

La Supercopa de España es un vino de color verde dinero, desequilibrado en boca y que en nariz provoca cierto rechazo. Si se observa la lágrima de cerca, verá que es la de la población de Arabia Saudí. Expresa sin matices el gusto de Rubiales, su bodeguero: apariencia de sindicalista, alma de patrón. De marcados taninos y sin fondo de deporte, es ideal para arribistas de nuevo cuño. Marida con el cinismo más atroz. Ese mismo que afirma sin ruborizarse que el dinero que se obtenga de la Supercopa en Arabia Saudí estará destinado íntegramente al fútbol femenino y modesto. ¡Ja! El fútbol modesto y femenino (el español, no el saudí, claro) deberán estar eternamente agradecidos a Arabia Saudí. Supercopa cultivada en los despachos y cosechada en cuentas bancarias disfrazadas de altruismo.

Luis Rubiales, presidente de la Federación.

Apenas alguna voz discordante como la sumiller Vero Boquete ha dicho que esta añada es mala, vamos, que no es ético jugar en Arabia Saudí. Alemania, que de derechos y Riesling sabe unas cuantas cosas, se niega a jugar en países que no respeten la igualdad. El resto de grandes bodegueros siguen en silencio. Resulta curioso cómo desde LaLiga y la Federación se da la tabarra a los futbolistas y a los aficionados para que no mezclen el fútbol con la política. Sin embargo, jugar en Arabia Saudí es un acto político de primer orden. Y que el presidente de LaLiga exprese públicamente sus simpatías al nacionalismo extremo y homófobo también lo es. En el fondo, son dos caras de la misma moneda. Misma cepa, distinta barrica. Fútbol avinagrado que apesta nada más oler el corcho. Mientras aquí estamos mirándonos el ombligo, a la península arábiga, o pendientes del último botellón preadolescente de Gareth Bale, al otro lado del océano, nuestros hermanos latinoamericanos hoy juegan la final de la Copa Libertadores. Se trata de un caldo rotundo y emocionante de principio a fin. Uva fermentada en medio de la pobreza, la injusticia y la desigualdad: River Plate contra Flamengo. Puro licor-pasión para enamorar incluso a quienes viven con una calculadora en el lugar del corazón.