¿Dónde comienza la proeza?

Después de la gesta de Eliud Kipchoge en la distancia de maratón, llega la hazaña de Nirmal Purja en los ochomiles. O así se han vendido ambas. El keniano bajó por primera vez de dos horas, pero lo hizo con liebres de quita y pon, con avituallamiento móvil, con un vehículo que marcaba la plusmarca, sin controles antidopaje oficiales, sin una medición homologada, y con una tecnología cósmica en sus zapatillas Nike que ha situado a la IAAF en un difícil debate de futuro. El nepalí ha completado las 14 cumbres de más de 8.000 metros en un tiempo récord de 189 días, pero lo ha hecho con oxígeno, con una activa labor de sus sherpas, con desplazamientos en helicóptero entre los campos base, con cuerdas fijadas, por vías tradicionales y manidas… En ambos casos han utilizado apoyos extras para alcanzar sus hitos, han hecho un requiebro a los cánones clásicos de sus respectivos deportes, han desorientado a los puristas. Sus conquistas reabren varias preguntas: ¿Dónde acaba el marketing y comienza la proeza? ¿Dónde están los límites para buscar los límites humanos?

Frente a esta larga lista de ayudas se oponen otros argumentos que elevan sus logros a la excelencia. El africano corrió con sus dos piernas, a un ritmo brutal de 2:50 minutos por kilómetro. El asiático añadió también el factor del riesgo: un montañero siempre se juega la vida, mucho más en estos colosos. Purja arrancó el desafío en el Annapurna, el monte más siniestro, y lo ha terminado en el Shisha Pangma, en unas condiciones severas. Por medio también hizo escaladas loables en el K2 y en el Dhaulagiri. Sin duda, ambos casos derrochan méritos excepcionales. Para romper esta contradicción, Kipchoge podría plantearse bajar de dos horas en una maratón oficial, y Nirmal rematar ese K2 invernal sin oxígeno que tiene como objetivo. Dos retos para quitarse el envoltorio de las dudas.