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Vuelve Djokovic, el problema

Novak Djokovic, corazón caliente como buen balcánico, tiene un termómetro en su mirada. Es algo que le hace transparente. En Wimbledon hemos vuelto a leer en sus ojos la determinación suicida, ese punto de locura, de ambición, que había perdido. Llevaba dos años —su último grande fue Roland Garros 2016— sin rumbo. Quizá no soportó la presión de ganar tanto, de verse solo en la cima con Rafa Nadal (llegó a derrotarle siete veces seguidas entre 2015 y 2016) y Roger Federer en el retrovisor. Fue padre y se apagó su hambre. “Mi prioridad dejó de ser el tenis”, llegó a decir. Entre tanto, apartó de la dirección técnica a Boris Becker y Andre Agassi, incorporó al guía espiritual Pepe Imaz (Amor y Paz es su escuela) y pasó por el quirófano para arreglar su codo derecho.

En abril, decidió volver a sus orígenes y recurrir otra vez a Marian Vajda, el entrenador con el que consiguió sus mayores éxitos. Después de acumular como número uno 223 semanas entre 2011 y 2016, estaba en mayo 22º del mundo. Pero el motor comenzó a carburar. Y en el All England avisó de su recuperación. Pues ya está aquí. Tiene 31 años y 12 Grand Slams. Está a ocho de Federer y a cinco de Nadal. Además, luce 30 Masters 1.000. Tiene un sitio entre los mejores. Lo refleja su balance favorable con el suizo y con Nadal (23-22 y 27-25, respectivamente). Toni Nadal ha contado varias veces que, precisamente, vio jugar 15 minutos a un chaval en Wimbledon 2005 que no conocía y cuando entró al vestuario le dijo a su sobrino: “Tenemos un problema”. Era Djokovic. El problema ha vuelto.

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