Desacierto de Lillo tras la agresión
Respeto a Juanma Lillo como entrenador y como persona. Cómo técnico porque propone disfrutar del fútbol a través del balón, buscando el resultado sin renunciar a un juego agradecido para el espectador. En lo personal me quedo con su carácter conciliador, poco amigo de desviar la atención hacia lo extradeportivo y apasionado de su profesión. La pasada temporada recibió un botellazo en Málaga y quiso quitar hierro al asunto tanto en el campo como en la posterior rueda de prensa posterior para no crispar las cosas.
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Dicho esto, creo que se ha equivocado en su interpretación del desgraciado incidente del pasado fin de semana. Lillo ha querido minimizar la agresión para frenar las posibles consecuencias en forma de sanción que recayó sobre la Real y lanzó constantes andanadas al árbitro del partido. Un colegiado que pudo estar más o menos acertado durante el encuentro, pero que en el momento de suspenderlo hizo lo correcto. La botella lanzada buscaba la cabeza del trencilla, pero la estupidez tiene mala puntería. Es cierto que después de todo el lío le faltó tacto para interesarse por el entrenador realista, pero eso es otra cuestión.
Todo este ruido no debe apagar otro más cruel, el del crujido de la pierna de Díaz de Cerio al que queremos ver pronto marcando goles con la Real.




