Yo digo Alfredo Relaño

Laporta y el efecto disturbador del éxito

Alfredo Relaño
Actualizado a

Es curioso: hace dos años, el Madrid ganó la Liga y la primera consecuencia fue un berrinche. Una vuelta olímpica a desgana, una cena en Txistu a más desgana todavía, una visita a las instituciones a rastras y finalmente la caída del entrenador y el capitán de aquel equipo, Del Bosque y Hierro. Hace un año el que ganó la Liga fue el Valencia, que a las pocas semanas perdió el entrenador, Benítez, y a los pocos meses el mismísimo presidente, Jaime Ortí. Ahora gana el Barça la Liga, después de cinco años a la luna de Valencia y resulta que la directiva se está disgregando entre malas palabras y peores caras. ¿Qué pasa aquí?

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En un mundo cada vez más vanidoso, el triunfo tiene un efecto disturbador. Todos quieren apuntárselo y es fácil que quienes tienen el poder miren oblicuamente a quien el gran público elige como favorito. Ese era el caso de Del Bosque, cuyos méritos apreció el gran público, pero no sus superiores. Y de Hierro, que en su papel de capitán de la plantilla se engalló hasta la ofensa con Florentino. Benítez fue visto como el gran factótum del triunfo del Valencia y eso mismo hizo que la atmósfera se tornara irrespirable en torno a luego, cuando los Soler mejoraron su mayoría en el club, cargaron contra Ortí, el presidente de los éxitos.

Ahora Laporta le ha ido metiendo el codo a Sandro Rosell, considerado en general como el arquitecto del éxito. Eso es feo, desde luego. Es feo que a cada fin de temporada asistamos a estos ajustes de cuentas en los que la vanidad del que está por encima se impone al bienestar que de forma natural debería disfrutarse tras un gran éxito. Y es feo ver que Laporta, que acudió a nuestro fútbol como un soplo de aire fresco, como cabeza visible de un interesante movimiento de oposición a Gaspart (en quien era fácil ver los viejos defectos del fútbol), caiga en lo mismo. Y que despeñe así, sin miramientos, a Rosell y a todos los que no le bailan el agua.

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