MOTOCICLISMO | LA INTRAHISTORIA

Mi amigo Ángel, el del cielo

He sido el mayor crítico que ha tenido Nieto en los 30 años que ejercí como responsable del motor en AS. Hoy estoy desolado.

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Parece que fue ayer. Estamos hablando de hace más de 55 años. Un crío que ni pasaba de los doce años se acercó a mi, entonces, concesionario de Derbi. Todas las tardes dejaba sus dedos en los cristales de la exposición. Tanta fue su insistencia que le pregunté: “¿Te gustan las motos?”. La repuesta fue inmediata. Parecía que la estaba esperando: “Quiero ser corredor de motos”, me contestó. “Como usted”.

Me hizo tanta gracia que le dije: “Puedes trabajar con nosotros”. No lo dudó. “¿Cuándo empiezo?”, me contestó.

Este fue el inicio de más de cincuenta y seis —¿o siete?— años de una amistad que perduró hasta nuestros días. Con su pros y sus contras. Porque tengo que reconocer que he sido el mayor crítico que ha tenido mi amigo, nuestro grande, en los treinta años años que ejercí como responsable del motor en este diario, AS.

Hoy estoy desolado. Todavía no puedo creer que ya no esté entre nosotros. “¡Se nos va, Raúl!”, le dije a mi amigo y sin embargo compañero, Romojaro. No paraba de darme ánimos, pero cuando estaba a bordo del avión que me traía a Ibiza me temía lo peor. Las informaciones y las llamadas de teléfono lo presagiaban. Al llegar a Ibiza, más de lo mismo. Después, cuando llegaron los médicos de Barcelona, se confirmó la noticia: Nieto ha muerto.

Las lágrimas inundaron mis mejillas —soy de lágrima fácil—. Incluso la tensión se me fue por las nubes. Hasta el punto de tener que ser ingresado en urgencias.

Se había muerto un campeón, el mayor de todos los tiempos del deporte motociclista español. El hombre que marcó la base de lo que hoy es el motociclismo. El precursor de los Márquez, Lorenzo, Aspar, y todos estos mundialistas que tenemos en nuestro elenco deportivo. Pero, al mismo tiempo, he perdido a mi mejor amigo. Al hombre que me dio las mayores satisfacciones deportivas como deportista y como persona. Me piden que diga más, que hable más de este ídolo y gran persona. Lo haré. Y muy pronto. Tengo un libro escrito desde hace cuatro años que todavía no ha visto la luz. No quiero aprovechar el momento. Solo contar anécdotas de su buen hacer como deportista.

Como testigo en vivo y en directo de la consecución de sus trece títulos mundiales —perdón, doce más uno, como le gustaba decir a él, por ser uno de los más grandes supersticiosos que he conocido—, recuerdo el primero. Aquel once de septiembre de 1969, cuando en el circuito de Opatija (Yugoslavia) conseguía ganar la primera corona mundialista en la historia de este deporte. Después, intentó ayudar con su presencia en la linea de salida a Santiago Herrero, que también se jugaba en la última carrera de la temporada el titulo de 250cc. Así era Ángel. Minutos antes triunfador y luego soporte para uno que fue muy grande y que el circuito de la Isla del Man se lo llevó al circuito de los cielos. Ahora estarán nuevamente juntos en este Gran Premio del Cielo, donde ya están participando otros grandes de este deporte. Descanse en Paz mi amigo, mi hermano, mi piloto.

La primera carrera de Ángel Nieto

“¿Ves cómo decía que soy de lágrima fácil?”, dice un Tomás Díaz-Valdés emocionado en una sala del Tanatorio de Ibiza cuando recibe el abrazo de Fonsi Nieto con una irónica amenaza: “¿Ya le vas a dar palos a mi tío?”. Después, el hombre que introdujo a Ángel Nieto en el motociclismo y que le acompañó por los circuitos de todo el mundo para contar su historia en estas páginas enseña un documento único. “La foto de la primera carrera que corrió en su vida Ángel Nieto”, dice. Una gimkana organizada en Vallecas, su barrio de Madrid, y en la que acabó con trofeo y rodeado de sus amigos. A la izquierda de Ángel está Díaz-Valdés, con camisa. Y a la izquierda de este, Paco Martín, otro buen amigo del campeón. Luego llegarían las 90 victorias o los 12+1, pero aquella fue la primera.