NBA | ANÁLISIS

Ricky cierra el círculo: de la apuesta perfecta a volver a casa

El jugador español dejó unos Suns en los que había cuadrado a la perfección para recalar en unos Thunder en reconstrucción... y acabar en Minnesotta, donde empezó todo.

Ricky Rubio, antes de un partido de la NBA con Phoenix Suns
Christian Petersen Getty Images

Una semana de locos. Es lo que tuvo hace no mucho Ricky Rubio, un hombre que un martes se levantó como jugador de los Suns, se acostó como miembro de los Thunder y ahora forma parte de la plantilla de los Timberwolves. Sí, esa misma en la que empezó su andadura en la mejor Liga del mundo. Así es la NBA, que diría el tópico más grande que envuelve a la competición norteamericana, una que incluso en plena era de los jugadores empoderados no se compromete con nada ni con nadie. Los baloncestistas son mercancía a la que intercambiar, que pueden tener un trabajo más o menos importante dentro de la dinámica de un equipo y del que se encarga el entrenador, pero que para un directivo no dejan de ser números a cuadrar dentro de, a veces, una filosofía concreta y otras, simplemente, para que no se sobrepasen límites salariales o no haya más gente de la que debería en un equipo. Y, al final, Ricky no era, en principio, más que otro daño colateral dentro de un mecanismo que busca la igualdad entre los equipos y que se la encuentra más que otras instituciones deportivas mundiales. Pero que, eso sí, no puede solucionar la enorme brecha que hay entre los mercados grandes y pequeños y cuyos jugadores dependen, en muchas ocasiones, de la suerte para acabar en un contender o en tierra de nadie.

Habría sido peligroso precipitarse con el análisis de la salida de Ricky de los Suns. Todo tiene su parte buena y mala, y en este caso daba la sensación de que al español le había tocado lo segundo... pero no era para nada imposible el considerar la posibilidad de que ese fuera el final del camino. Para empezar, el traspaso de los Suns es legítimo y lógico. De hecho, legítimo sería cualquier operación, dada la tendencia de las franquicias a hacer literalmente lo que les da la gana, pero la lógica del movimiento es lo que lo justifica desde cualquier punto de vista. Devin Booker (24 años), Deandre Ayton (22) y Mikal Bridges (24) son los tres jugadores que se han postulado como el futuro de una franquicia con mercado pequeño y con una dificultad enorme para fichar agentes libres. Charles Barkley llegó en 1992 vía traspaso cuando a los Sixers no les quedó más remedio que empezar a reconstruir, mientras que Steve Nash aterrizó en 2004 en la franquicia por segunda vez en su carrera (ya estuvo de 1996 a 1998) y tras su paso por los Mavericks... pero camino de los 31 años y lejos de ser la estrella en la que posteriormente se convirtió, con dos MVPs de la temporada consecutivos.

Teniendo esto en cuenta, los Suns han hecho algo perfectamente normal. Asumen el espectacular contrato de Chris Paul (41 y 44 millones las dos próximas temporadas) con la certeza de que el verano que viene, cuando los grandes agentes libres salgan al mercado, no va a elegir el vasto desierto de Arizona como su destino. Y, de paso, mantienen a un bloque prometedor que va en línea ascendente y representa casi la única luz en una década negra, de oscuridad total y de ausencia pantagruélica de los playoffs. Bridges y Ayton cobrarán 4 y 10 millones el curso que viene, y luego tienen una opción de equipo con los que podrán retenerlos hasta 2022 y tiempo para ofrecerles más dinero, algo que podrán hacer si el propio Paul sale ese año o el que viene, cuando tendrá que meditar si se lleva esos 44 millones que le quedan correspondientes a una player option. Algo que, si tenemos en cuenta su edad, seguramente hará, motivado por la cantidad de agentes libres que habrá el año que viene y por la cantidad de dinero que percibirá. Y Booker tiene un máximo de 158 millones en cinco temporadas que terminará de cobrar en 2024. Es decir, los Suns mantienen el bloque y no tendrán que pensar en las renovaciones de Bridges y Ayton hasta que Paul termine su actual contrato, por lo que salvan el órdago y miran al futuro con optimismo y desde una perspectiva joven. Y por el camino y para asegurar, se libran de los 34 millones que le quedaban de contrato a Ricky y los 14 de Oubre. Un premio pequeño comparado con lo que asumen de Paul pero que les deja respirar y les da espacio para incorporar a alguien más de refuerzo en la plantilla. Por ahí sonaba Kentavious Caldwell-Pope, que podría encajar muy bien.

Y luego está el ámbito deportivo, claro. Los Suns cambian a un base de 30 años por uno de 35, que por mucho que no sea el mismo que deleitó con su calidad el mundo en Hornets y Clippers (y parcialmente en Houston), es objetivamente mejor que Ricky... y que cualquier otro. 17,6 puntos, 5 rebotes y 6,7 asistencias en su 15ª temporada como profesional y 21,3+7,4+5,3 en playoffs, con triple-doble incluido (19+11+12) en el séptimo partido ante los Rockets, que acabó en derrota de OKC en un final ajustadísimo (104-102). Uno de los mejores jugadores de su historia en su posición, no ha hecho otra cosa que reivindicarse en su regreso a los orígenes, encontrando una redención eternamente postergada en su a veces controvertida figura y postulándose como un jugador tremendamente útil para cualquier franquicia. En los Suns puede tener un rol de mentor parecido al que ha tenido en Oklahoma, ya ha demostrado que puede jugar con o sin el balón y cuadrará en cualquier esquema de juego, incluida una compenetración importante con un Booker que se ha ido 26,6+4,2+6,5 este último curso.

Y Ricky vuelve a casa

Era la otra cara de la moneda... hasta que llegó a los Wolves. Tras encontrar un destino perfecto después de salir por la puerta de atrás de unos Jazz que jugaron mejor con él que con Mike Conley, estaba perfectamente conectado con sus compañeros y a un entrenador, Monty Williams, al que quisieron los Lakers y que ha demostrado ser el mejor para el proyecto de Arizona, llegó a un lugar como Oklahoma, una ciudad a la que nadie quiere ir y a la que también es complicado que lleguen agentes libres poderosos... por no decir imposible (Durant, Westbrook y Harden llegaron del draft). Eso sí, era obvio que el español podía salir perfectamente de los Thunder si así lo consideraba Sam Presti, cuyo objetivo era librarse del abultado contrato de Chris Paul. Y sí, tenía a un Ricky que estaba en el mejor momento de su carrera, pero que no cuadraba del todo con un proyecto extremadamente joven y con vistas de futuro (uno lejano, parece). De hecho fue, durante el breve tiempo en el que ha pertenecido a OKC, el único jugador de la plantilla que pasaba de los 30 años, al margen de un Danilo Gallinari (32) que acabó firmando por los Hawks como agente libre y un Danny Green (33) que llegó en el traspaso por Dennis Schröder a los Lakers... y que ha acabado en los Sixers, con Presti acumulando (todavía) más rondas del draft.

Con la salida de Billy Donovan y la llegada de Mark Daigneault, los Thunder buscaban una reconstrucción total, iniciada este año con un Chris Paul que ha permitido (junto a más gente) que el equipo sea competitivo pero que es más a largo plazo. Así lo demuestra la apuesta por los jóvenes (Shai Gilgeous-Alexander, Hamidou Diallo, Luguentz Dort, Darius Bazley...) cuyo núcleo más poderoso no pasa de los 22 años. Las rondas del draft (no se puede vivir siempre de esto, ojo) han sido el objetivo de Presti en los dos últimos años, con el traspaso de Paul George como joya de la corona, y ha conseguido más todavía deshaciéndose de Ricky la misma noche que hacía lo propio con Danny Green, adquiriendo por el camino a un Al Horford al que le quedan 27, 27 y 26 millones por cobrar y del que el directivo intentará deshacerse a buen seguro (34 años, más de lo mismo). Ricky tiene contrato en vigor hasta 2022 y un buen año en los Thunder no era del todo descartable, pero la situación era idónea para un nuevo traspaso y los Wolves pedían a gritos un base de sus características.

De una forma u otra, el proyecto que Presti tiene para los Thunder no incluía al base de El Masnou, cuya salida se ha fraguado en la noche de un draft en la que ha tardado en haber movimientos. El español, como bien dijo en ese tuit que hablaba del negocio, asumió la situación y esperó pacientemente, encontrándose con el premio añadido de volver a casa. Ahora, le tocará olvidar rápido esa dinámica ascendente que llevaban los Suns (8-0 en la burbuja, no nos olvidemos) mientras se adapta a un equipo radicalmente distinto al de hace cuatro años, cuando abandonó la franquicia. Eso sí, él también llega como un jugador distinto: en su último curso promedió 13 puntos, 4,7 rebotes y 8,8 asistencias, y hace algo más de un año era proclamado MVP del Mundial de China. En el mejor momento de su carrera, Rickyse ha encontrado una situación con la que no ha podido hacer nada (no todos somos Harden)... pero que no es mala del todo.

No hay rastro de Rick Adelman ni de Kevin Love ni de ese equipo prometedor que se chocaba con la irregularidad y las lesiones. Ahora está Ryan Saunders, el hijo de Flip que intenta crear una nueva cultura tal y como hizo su padre, con la inestimable ayuda de Kevin Garnett (con el que por cierto, Ricky coincidió en los Wolves). Y Kevin Love ha sido sustituido por un Karl Anthony-Towns con mucho que demostrar todavía en la mejor Liga del mundo. Y está D'Angelo Russell, que necesita a un distribuidor como el español y sabe jugar sin balón y estirar al máximo el catch and shoot, además de crearse sus propios tiros. Con una plantilla prometedora pero sin alma, Ricky será la luz en la oscuridad, el rayo de sol en la fría tierra de Minnesota, esa que sufre inviernos enterrados en hielo y que encuentra poco calor en un estadio cuya afición está desconectada de sus jugadores. Como base experimentado y hombre que conoce la casa, Ricky será bueno para el devenir de un vestuario desmadejado en el pasado y con visas de reconciliación tras la reunión entre los amigos Russell y Towns. Y podrá demostrar que no es el mismo que en su día se fue y que ha dejado de ser carne de traspaso para convertirse en uno de los playmakers más fiables de una competición que no espera a nadie. Tampoco a Ricky, que se fue de Minnesota como un jugador completamente distinto al que regresa ahora. Al equipo que le drafteó. Se cierra el círculo.