El fútbol es un milagro de perfección que se piensa en los sueños y que a veces comparece en la tierra. A ese milagro se llama buen fútbol, del que Messi es la quintaesencia. Ayer se vio en la batalla del Santiago Bernabéu.
Bale y Neymar entran en escena.
Distintas formas de la celebración.
El que tienen Martino y Ancelotti.
Este Barça al que queremos ha tenido momentos así a lo largo del tiempo. Ser aficionado a este equipo es tan grandioso o difícil como entrenarlo. A un equipo no se lo puede dejar de querer. Y menos cuando lo hace mal, como ayer.
Se parece a las buenas personas.
Al Madrid le va bien; al Barça, mal.
Sólo presentó el Barça anoche agujeros negros en Anoeta. El peor equipo de la temporada, el peor alineado, el más decepcionante. Y el más goleado. Una pesadilla de partido que apea además al Barcelona del liderato de la Liga.
El final del Bayern, para enmarcar.
El partido presentaba una incógnita que el Barça despejó pronto. La incógnita era: ¿es posible que este Barça tan vapuleado por los asomos de crisis se divierta aún jugando? La respuesta es sí. El Barça tuvo arte y paciencia.
No se entienden o existen errores.
El Barça es un equipo reconocible... cuando acaba enero. La crisis de juego parece resolverse porque manda Iniesta. Es la solución a las desazones tácticas de Martino. Su atrevimiento de anoche tuvo recompensa en Anoeta.
El Madrid tiene a un genio: Jesé.
Martino dijo, después del desastre de ayer, que en ocasiones como esta “se pierde un trozo de torneo”. No sólo eso: dio la impresión de que el Barça muestra con demasiada insistencia sensaciones de fragilidad en todas sus líneas.
El presidente, ante su desafío.
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