El fútbol no es sólo un enfrentamiento, también es un arte
El final del Bayern, para enmarcar.

Me quedé viendo la última parte del Arsenal-Bayern, que ganó el equipo alemán 0-2. Con menos dedicación que Maldini, seguro, de vez en cuando miro partidos que no me importan directamente. Es decir, esos en los que no se juegan nada ni mi equipo ni mis rivales predilectos. Antes sólo me fijaba con muchísima atención en los dos atléticos y en el Real Madrid. La televisión me permite buscar arte y no sólo enfrentamiento.
Durante mucho tiempo miré el Real Madrid con envidia, luego lo miré como un enemigo asequible y ahora lo veo otra vez, ay, con envidia. Me temo que a los madridistas les ha pasado, según ciclos, prácticamente lo mismo. Para los barcelonistas hubo una larga travesía del desierto (de la que hacía crónica el último lunes en El País mi admirado director, Alfredo Relaño) en la que mirábamos desde abajo al Real Madrid, como si se escapara para siempre.
Ese detraimiento de la calidad en el juego azulgrana nos hizo a muchos sentir que mejor lo dejábamos; el enfriamiento duró hasta que vinieron los años de Cruyff y el Barça empezó a ganar y a maravillar con un juego que parecía hecho para la pintura o para la música. No nos engañemos: nosotros los azulgrana somos aficionados sufridores, si se tercia, pero sufridores hasta un límite. Traspasada la barrera del sonido de los propios fracasos, ya abandonamos la grada o el sillón y nos dedicamos a denostar el juego del equipo como si fuéramos de otro.
Hay equipos que tienen ese padecimiento, como los dos atléticos, pero al Barça le persigue el pesimismo como actitud derrotista del aficionado. Esta semana, cuando el Barça se enfrentó al City, un aficionado azulgrana me llamó al descanso. Qué mal huele el Barça”, me dijo. Una hora más tarde me llamó alborozado. “Antes estaba de broma”. No lo estaba: es barcelonista de los pesimistas que no degustan el fútbol sino las victorias.
Por eso recomiendo ver partidos que nos devuelvan el lujo de ver fútbol. Habría que enmarcar, como hacen los aficionados al cine, algunas imágenes. Y yo en concreto quiero enmarcar los últimos minutos de aquel Arsenal-Bayern del miércoles, poniendo en primer plano el gol extraordinario de Müller, lanzado en plongeon como había hecho Evaristo en esa jugada memorable que le dio al Barça de la antigüedad un triunfo muy sonado frente al eterno rival.
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Esa jugada del equipo de Guardiola, oro puro del fútbol, fue como una lección de arte, y me fui de ella con el deseo de recomendar a los aficionados que se dejen de sufrir con los suyos y se dediquen a buscar en el dial cómo juegan los otros.
Por ahí hay diversión, mientras nosotros discutimos si fue penalti o si fue mechero.




