Griezmann y el pasado

Algunos futbolistas parece que solo sean capaces de hacer goles únicos o de una gran belleza. Un club selecto en el que están Andrés Iniesta, Olivier Giroud, Dimitri Payet, Marco Asensio... Son sibaritas, orfebres que escogen las mejores joyas y dejan las baratijas para los demás. Sus resúmenes no tienen desperdicio. Los dos goles que Antonie Griezmann marcó anteayer con Francia llevan ese mismo sello, preciosos, y quizá el francés sea también de esa estirpe. Como mínimo por lo visto en las dos temporadas que jugó en el FC Barcelona. Los aficionados del Atlético verán en esos dos goles una promesa de lo que vuelve; en cambio, muchos barcelonistas sentirán un amago de error, pero enseguida lo reprimirán convencidos de que el Barça no era —no fue— su lugar.

Griezmann llegó al club de Bartomeu con un aura de estrella, y así se le valoraba —como muestran los detalles económicos de su contrato, conocidos estos días—, pero no llegó a confirmar su pedigrí. Los goles, cuando llegaban, eran a menudo muy bellos o muy insustanciales, piezas únicas y redondeos de goleada. Su juego nunca supo zafarse de la sombra de Messi. Ni siquiera cuando el argentino no jugaba y se le pedía “dar un paso al frente” para liderar el ataque, Griezmann lo aprovechó. Nadie le discutía su calidad, pero era evidente que su fútbol no estaba hecho para el Barça. Cuando los editores literarios quieren rehusar un manuscrito, suelen utilizar una fórmula educada: “Pese a las cualidades de su novela, debemos desestimarla porque no se adapta a nuestra línea editorial”. Podemos decirlo así: Griezmann no se adaptaba a la línea editorial del Barça.

Ahora vuelve al club que le vio triunfar, con el editor-entrenador que le encumbró, y su gesto me recuerda un momento del Gran Gatsby, cuando su protagonista exclama: “¿No se puede repetir el pasado? ¡Pues claro que se puede!”. Una afirmación que retorna en ese final bellísimo del libro: “Y así vamos avanzando, como botes remando a contracorriente, arrastrados sin cesar hacia el pasado”.