Caso Mbappé: orgullo frente a dinero

El pleito por Mbappé ha sido un enfrentamiento de dimensiones casi bíblicas entre el Madrid y el PSG, entre Florentino y su homólogo, Al-Khelaïfi. Un pleito insensato si se mira el asunto desde una lógica económica: el Madrid ha estado dispuesto a pagar 200 millones por un jugador que podrá tener gratis dentro de un año; el PSG se ha negado a aceptar ese dinero (dineral), asumiendo la posibilidad, que suena a certeza, de que en un año el jugador se vaya sin compensación para el club. Obviamente había en juego algo más: la primacía simbólica en el fútbol europeo. Algo que ambos mandatarios han valorado por encima de 200 millones.

Para el Madrid, fichar a Mbappé hubiera supuesto reponerse en el pináculo y rebajar al PSG a la imagen de cementerio de elefantes: un Messi ya de vuelta, un Neymar que lleva años sin romper en lo que se esperaba y ese tan querido como extraviado Sergio Ramos, que aún no se cura de no se sabe qué. Mbappé es, por el contrario, la figura emergente, con 22 años y todo por conquistar. Incorporándolo, Florentino refrescaría el prestigio que ganó con la tacada Figo-Zidane-Ronaldo-Beckham. Su llegada hubiera significado la victoria del fútbol de vieja raíz sobre esa flor de invernadero que es el París-Saint-Qatar, feliz hallazgo de Valdano.

No ha podido ser. El PSG tiene el dinero por castigo y no le va de 200 millones, que para ellos vienen a ser como una mariscada. El Madrid puso su resto sobre la mesa, en una maniobra insensata a corto plazo, pero que se debe entender desde su estrategia, que no es otra que recuperar el plano mundial que no le van a dar ni Bale ni Hazard ni el renacido Benzema. Se compensa con el objetivo menor de Camavinga, un enérgico del medio campo propio de estos tiempos en los que el fútbol lo va fiando todo a la energía. Buen fichaje, pero gato por liebre. A cambio, repite la promesa de MacArthur al evacuar Filipinas ante los japoneses: “Volveremos”.