Al VAR no le sentó bien el confinamiento

Durante el confinamiento hemos perdido habilidades sociales. Esto un hecho. Yo hace unos días me despedí de la cajera del supermercado con un "hola" y la saludé diciéndole "gracias". Otro que parece haber perdido habilidades es el VAR. Desde que se reanudó la competición acumula al menos una acción polémica por partido. En el Betis-Villarreal, la jugada en cuestión terminó con Nabil Fekir pegándole un puñetazo a la caja del VAR, el sueño húmedo de más de un aficionado. El videoarbitraje venía para terminar con las polémicas y, sin embargo, no paramos de leer eso de "El VAR enciende la polémica". La polémica está tan encendida que lo raro es que no hayan saltado ya los plomos.

El problema es que, aún con VAR, los árbitros reinciden en sus errores, pero además lo hacen con el consecuente parón en el juego, como en el Mallorca-Celta del pasado martes. Cinco minutos y 18 segundos de deliberación del VAR para que Burgos Bengoetxea se reafirmase en su decisión de pitar un penalti en el que había más distanciamiento social que el recomendado por Fernando Simón. No es culpa del VAR el nivel de algunos árbitros de LaLiga, tampoco se busca criminalizar errores puntuales, se trata de aplicar una herramienta a priori útil de manera eficaz.

El VAR vino para desatascar el fútbol y no para de acumular pelo en el desagüe. El peligro que corremos es que el fútbol se acabe convirtiendo en eso que sucede entre deliberaciones absurdas por cualquier mínimo roce (a veces directamente por ninguno), o entre tiempos muertos. Corremos el peligro de convertir los partidos de fútbol en algo similar a los encuentros de béisbol, con un poco de juego encajonado entre espectáculos. De hecho, con lo que duran algunas deliberaciones del VAR habría tiempo suficiente para que saltasen al césped animadoras, bastoneras y veteranos de la Guerra de Vietnam.

"En caso de duda no se pita" dice la norma no escrita. Pues el VAR duda mucho. Y el VAR no fue bonito mientras dudó.