La experiencia del precipicio

No sé si Zidane, que es un gran admirador de los cantautores franceses, conoce a Violeta Parra. Pero qué bien suena en la boca del entrenador del Madrid el título de una de las obras más famosas de la artista chilena. "Gracias a la vida", dijo ayer Zizou cuando le hablaron, una vez más, de la supuesta flor que le acompaña en el banquillo. Sí, mi compatriota reconoce que es un regalo de la vida poder trabajar en el club más importante de la historia y creo que pretende disfrutarlo con más intensidad todavía después de lo que ha sufrido en sus propias carnes hace unos tres meses. Por ello también, más allá de su empatía natural hacia los seres humanos y en particular hacia la gente del fútbol, tuvo esas palabras delicadas y amistosas para Ernesto Valverde y Lopetegui, víctimas recientes de la crueldad de los clubes.

Es que, en esta segunda etapa a la cabeza del conjunto merengue, Zidane ha descubierto algo del cual sus reiterados y brillantes triunfos le habían protegido entre enero de 2016, cuando llegó por primera vez, y mayo de 2018, cuando se fue, tras Kiev. Ahora ha sentido la cercanía del precipicio. Sabe mejor que nadie que, después de la derrota en Mallorca el pasado mes de septiembre, su puesto peligró realmente y que algún buitre con acento portugués estaba esperando su caída. Fue una experiencia muy violenta para él, que le ha marcado y que, de una forma u otra, le será útil para sus próximos retos.