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La nube Bale en el cielo del Madrid

El Madrid arrancó en Ipurua y no se detuvo frente a la Real Sociedad, estupendo equipo cuando el viento le sopla en las velas y quebradizo cuando los partidos se vuelven incómodos. Superó al Madrid en la media hora inicial, ayudada por el error de Sergio Ramos en el pase a Courtois, pero a la Real le faltó firmeza y consistencia cuando se vio acosada. Estaba claro que habría reacción madridista. Tenía un largo partido por delante, la necesidad de remontar, el renovado ambiente en el Bernabéu –el campo se llenó por fin– y los jugadores capaces de dar la vuelta al gol de Willian José. Fue lo que ocurrió en una noche feliz para el Madrid, solo alterada por el efecto Bale. Juegue o no juegue, el delantero galés planea inevitablemente en el ambiente. Es un elemento de distracción en la carrera del equipo hacia el título.

El partido invitaba a hablar de la crecida del Madrid, pero se habló más del ingreso y bronca a Bale que de otra cosa. Mala cosa. Alrededor de la relación de Zidane con él se hablado mucho, desde la final de Kiev y sus consecuencias. En verano, el técnico declaró que sería mejor para el equipo que la salida del jugador se produjera cuanto antes, "mejor hoy que mañana". Una decepcionante pretemporada, la saga de lesiones que asolaron al equipo y la permanencia de Bale, obligaron a Zidane a tirar de un jugador con unas condiciones extraordinarias y un rendimiento que siempre invita al equívoco. Nunca se sabe en qué hora vive.

Su pancarta galesa figurará para siempre en el museo de la infamia del Real Madrid. Puede que el fútbol se haya plastificado y el hincha apenas sea otra cosa que un consumidor o figurante, pero mientras pueda expresarse se regirá por los criterios de siempre. Al hincha le pareció una bellaquería la famosa pancarta de Bale. No se lo perdonó. Le abucheó como pocas veces se ha abucheado a un jugador en el Bernabéu. Que luego Bale hiciera unas cuantas diabluras a la defensa de la Real Sociedad no modifica la situación. Todo el mundo sabe que es capaz de hacerlo. O de escurrir el bulto y hacer mutis por el foro.

Bale cumple su séptima temporada en el Real Madrid. No está en periodo de adaptación. Su buena respuesta en los minutos que jugó tiene menos que ver con el amor propio que con su manera de vivir el fútbol, muy despegada de la habitual. Vive en su planeta, inmune a muchos de los factores que a otros les motivan o les deprimen.

Zidane tomó una decisión difícil. El Madrid era superior a la Real Sociedad en el segundo tiempo, pero sólo había cobrado un gol de ventaja. Tiró de Bale cuando el partido todavía estaba en el alero, pero el gesto de generosidad del entrenador fue clamoroso. Si Bale tenía reproches que hacer a Zidane, no le quedará otro remedio que olvidarse de ellos. También fue un gesto de astucia. Situó a Bale frente a la realidad: no encontró el menor indulto del público. De paso, Zidane dispone de un jugador peculiar, capaz de modificar cualquier partido o de evaporarse, encerrarse en su juguete y aterrizar en la selección galesa.

Al Madrid le conviene no distraerse con el folletín Bale. Si puede utilizarlo a su favor, mejor, pero fue un poco triste que el acento se pusiera bastante más acento en la situación del galés que en la enérgica, convincente y a ratos brillante desempeño contra la Real Sociedad, con varios jugadores que están –Benzema, sin duda, y el joven Valverde– o se acercan a su estado ideal: Hazard y Modric a la cabeza de todos.