Orgullo, prejuicios y Mendilibar

A un amigo le dijeron el otro día que no tiene pinta de que le guste el fútbol. Siempre me ha llamado la atención esa afirmación porque, y a la inversa, es como decirle a alguien "tú no tienes pinta de que te guste leer". No sé, a mí me parece un atrevimiento. Esto se lo dijeron porque, aún a día de hoy, el fútbol sigue cargando con cierto estigma de entretenimiento alienante incompatible con la cultura.

Y eso que cada partido de fútbol es, a su manera, una ficción; una ópera, un culebrón, una novela, una película, por no mencionar el género teatral del que algunos jugadores beben muchísimo (hay verdaderos seguidores de la dramaturgia en LaLiga). En un partido de fútbol se aúnan traiciones, venganzas, reencuentros, despechos, idilios, héroes, villanos. El ya humorístico Caso Neymar lo podría haber escrito Eduardo Mendoza. O de reescribirse Psicosis podría aparecer Norman Bates haciendo el gesto del rectángulo en el aire para revisar una jugada que ha terminado en gol. "Es que el fútbol os transforma, os ponéis como energúmenos, gritáis" me han dicho más de una vez como argumento anti balompédico. Bueno, yo también le grito a veces a las series. De hecho, a los guionistas de Juego de Tronos les grité bastante. O mis vecinos le gritan a los concursantes de ¡Boom! como un ritual anti estrés antes de cada telediario. Siempre hay gritos reservados para las pasiones.

El pasado fin de semana, y después de una falta mal pitada, el entrenador del Eibar, José Luis Mendilibar, se dirigió al cuarto árbitro gritándole repetidamente "¡Es fútbol, es fútbol, es fútbol!". Su frase encerraba muchas cosas porque el fútbol encierra muchas verdades, especialmente cuando uno mira más allá de los prejuicios.

Sí, te puede gustar el fútbol y en paralelo puedes refutar a Kant. Pero si te gusta el fútbol lo que casi nunca puedes es refutar a Mendilibar. A Mendilibar, que mira a la caja negra del VAR como Greta Thunberg mira a Donald Trump, sí que tiene pinta de gustarle el fútbol.