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La historia interminable

España jugó y perdió su primera final de un Eurobasket cuando era una república y el mundo se deslizaba por el periodo de entreguerras. Por entonces los tiros libres aún se lanzaban de cuchara y ni siquiera se había inventado el lanzamiento en suspensión. Cuarenta años después, en los estertores del tardofranquismo, Barcelona hervía en aquella semifinal contra Rusia que se jugó gracias a las conversaciones de mesa camilla en El Pardo. Alguien convenció a Franco de que podía ser para el régimen un éxito como la Eurocopa de fútbol del 64. Nino Buscató hizo de Luis Suárez y Sagi-Vela de Marcelino, y nos volvimos a plantar en una final. Perdimos con Yugoslavia, pero se asumió sin traumas. Eran rojos...pero algo menos.

Todo eso sonaba ya un poco viejuno cuando en el 83 nos fuimos al Eurobasket de Francia. Un año antes, en el mundial de Colombia, empezamos a apuntar maneras con el tridente ­Corbalán-Epi-Fernando Martín. Ganamos por primera vez a Estados Unidos, que se presentó con un equipo universitario (casi de COU) y volvimos a perder con Yugoslavia, como siempre, pero ya solo por un punto.

El debut del Europeo fue en Nantes, ante Italia. No pudimos ver la primera parte por la tele porque a España la patrocinaba el Banco Exterior y la publicidad en las camisetas estaba mal vista por la televisión pública gala. Tuvieron que cambiar de equipación en el descanso. Por entonces nuestros camiones de fruta sufrían en la frontera de La Junquera tanto como nuestro equipo de baloncesto ante balcánicos y transalpinos.

El partido se decidió en la última jugada. Con un punto por delante y a falta de siete segundos, Corbalán corrió un contragolpe y un rival le interceptó el último pase para anotar sobre la bocina la canasta ganadora, con pasos incluidos. Si no puedes ganar, al menos quéjate del árbitro.

Así que el cruce de cuartos nos lo jugamos contra Yugoslavia, ante la que siempre habíamos perdido. Fue un partido taquicárdico. Un punto por encima España y posesión final para los balcánicos, la mejor escuela de tiro exterior, con Delibasic y Dalipagic, pero sus dos lanzamientos consecutivos dieron en el hierro y Antonio Díaz­-Miguel saltó a la pista a celebrarlo antes casi de que sonase la chicharra.

La semifinal con Rusia, como diez años antes, se decidió también en el último aliento. Ellos tenían a Tkachenko, a Walters y al virtuoso Myshkin, pero nosotros contábamos con Epi. Otra vez un punto arriba y penúltimo ataque. Quedaría una posesión final para los soviéticos. Había que anotar y todos buscaban al alero del Barça, que agotó la posesión botando en semicírculos. Al final, a falta de siete segundos, se elevó desde su infalible media distancia y en suspensión encestó la canasta decisiva. Por entonces no había triples. Desde la banda Díaz-­Miguel extendía lo brazos y gritaba: "¡No faltas, no faltas!". Anotó sin oposición Rusia su último ataque, pero ganó España. Esa noche, en la Cadena SER, Hora 25 empezó con los deportes: "Hoy somos todos un poco más felices, o por lo menos un poco más españoles".

La final del Eurobasket 83 coincidió con la final de la Copa del Rey de fútbol, nada menos que un Barça-Madrid, que por una vez tuvo que ceder el prime time horario ante el furor del baloncesto. Perdimos contra Italia al pallacanestro pero a algunos nos quedó al menos a continuación el consuelo de contemplar el acrobático vuelo de Marcos y su parabólico gol de cabeza a Miguel Ángel, como una canasta en el último segundo.

Al año siguiente vendría la plata de Los Ángeles, y quince años después, con el título mundial júnior de Lisboa ante EE UU, el prólogo a la mejor racha de éxitos nunca vista; una sucesión eterna de oros, platas y bronces engarzadas en un rosario. Entre Buscató, Epi y los Gasoles hay una línea de puntos que une la trayectoria de nuestro baloncesto, la que nos ha llevado a Pekín para seguir escribiendo una historia interminable.