ALFREDO RELAÑO

La España que vuelve, el hijo y el padre

La Selección se reunió ayer en Madrid para este estrambote de la temporada oficial, a la que aún le queda rabo por desollar: el partido del ...

Alfredo Relaño
Importado de Hercules
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La Selección se reunió ayer en Madrid para este estrambote de la temporada oficial, a la que aún le queda rabo por desollar: el partido del viernes, en Islas Feroe, y el del lunes, en el Bernabéu, ante Suecia. Partidos ambos, ya saben, de la fase de grupos para la Eurocopa, que empezó bien, con dos victorias: ante Noruega, aquí, y ante Malta, allí. El grupo es de seis, pasan los dos primeros. Parece que no hay peligro, pero esta chicotá de ahora nos coge demasiado a contrapié, con muchos jugadores desencantados, la mayoría descansando desde hace tiempo y el seleccionador todavía ausente, atribulado por una cuestión personal que no se resuelve.

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Se diría que no hay qué temer de Islas Feroe, pero a los de mi quinta estas circunstancias nos recuerdan las de una lejana derrota en Finlandia, 2-0, en 1969, también con una Selección sacada de la playa para cumplir un compromiso. Aquello fue el llanto y crujir de dientes. Claro, que para entonces ya estábamos eliminados en la clasificación para el Mundial de México-70. Me pregunta alguien por qué estos partidos ahora, y tengo que contestarle que la temporada va tan plena de ellos que no caben todos, y pasa como con esas maletas que hay que cerrar forzando y al final sobresalen por fuera el faldón de una camisa y la punta de un calcetín.

Vuelve el ‘capi’, el singular Sergio Ramos, el hijo del padre, que lleva 61 días inactivo, empalmando lesión con vacaciones y cuento chino. Jugará, porque no hay muchos en su puesto y porque a falta de Luis Enrique fungirá de oficial de guardia. Y hablando del hijo y el padre, que tanto se quieren aunque a veces riñan, me pregunto cuál de los dos mintió. Florentino aseguró en Onda Cero que Sergio Ramos le pidió irse gratis a China, y éste, hijo amantísimo y reconciliado, dijo en rueda de prensa lo contrario. Pero en fin, que se queda. Al padre y al hijo les une, en laica trinidad, un espíritu santo, el dinero, que con ambos comparte esencia.

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