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Modric se manchó de barro

Uno es Balón de Oro porque juega al fútbol como los ángeles, porque su temporada ha sido de dulce y los títulos acompañaron. Sólo así se entra en los libros de historia. Y tras esa alfombra roja, uno puede echarse a dormir. Modric ha sido Balón de Oro en una edición, la de 2018, que como suele ocurrir desde que el fútbol es fútbol, generó debate. ¿Por qué no Griezmann? ¿O Cristiano? ¿O Messi? ¿O Mbappé? Desde ayer, Modric ha demostrado ser un jugadorazo no sólo por lo que hace con el balón en los pies, sino por lo que tiene de vergüenza torera. Frente al Ajax no brilló, pero no bajó los brazos. Nunca. Uno puede ser Balón de Oro y no dudar en mancharse de barro cuando vienen mal dadas.

Quiso el fútbol que esa noche de entrega sin premio llegara ante el Ajax, club que siempre ha mimado el balón y que tiene como santo y seña a un jugador al que Modric recuerda en su melena y en su manera de arrancar y frenar, de girar para allí cuando todos creen que lo vas a hacer para aquí: Johan Cruyff. Pero esta vez Luka chocó con otro holandés, de nombre Frenkie y apellido De Jong, llamado a ser manija del Barça del futuro. Los 33 años del centrocampista del Madrid por los 21 del Ajax. Lo que ha sido y lo que será. Pero más allá de la frialdad estadística, de sus 50 pases buenos o sus nueve recuperaciones, nos queda el derroche de Modric. El Balón de Oro también se defiende así.

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