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El buen viejo prestigio del Balón de Oro

Los colegas de France Football lanzaron ayer al mundo su lista de treinta candidatos para el Balón de Oro, edición 2018. Las discusiones no han empezado en ese momento, venían de mucho antes. Con el tiempo, este premio individual en un deporte colectivo, discutida paradoja, ha ido cogiendo más y más interés. Empezó en 1956, cuando la Copa de Europa, con la idea de premiar al mejor jugador europeo. Una forma de hacer Europa, como lo era la propia competición, hoy devenida en Champions. El tiempo convirtió el Balón de Oro en la proclamación del mejor jugador del mundo, una vez que se abrió, en 1995, a los no europeos.

En vano pretendió la FIFA cruzarse en su camino. Primero creó el FIFA World Player. Luego (si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él) se asoció al Balón de Oro, pero quiso fagocitarlo, se rompió la sociedad y cada uno fue por su lado. La FIFA refundó su premio como The Best y mudó de las fiestas navideñas al inicio de curso, en septiembre. Toda una amenaza para France Football, al fin y al cabo una empresa periodística, alimentada por un ideal romántico en tiempos de crisis. Yo temía que la FIFA, con el inmenso poder de su gala, ensombreciera el Balón de Oro. Pero ya vimos que a la última no fueron ni Messi ni Cristiano. Ni Maradona ni Pelé.

Así que el viejo y querido Balón de Oro sigue siendo el referente, gracias al prestigio alcanzado en más de sesenta años y al acierto del nombre que los pioneros escogieron en su día. Ahí está la lista de treinta, abierta a las discusiones, y ahí están sus nuevos premios, el Kopa, que honra el recuerdo del gran jugador francés de los años en que se creó el trofeo, y el Balón de Oro Femenino. El primero reconoce a los jugadores emergentes, que tienden a triunfar en edades cada vez más tempranas. El segundo reconoce la incorporación plena de la mujer a un deporte que durante años le volvió la espalda. El Balón de Oro les y las acoge bajo sus alas.