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Me sentí veinte años más joven

Hace justo veinte años Francia vivió uno de los momentos más bonitos de su historia moderna. No sólo la selección ganó el Mundial por primera vez sino que también provocó un movimiento en el país que mi generación siempre recordará con emoción. En 1998 se hizo un paralelismo entre los tres colores de la bandera de la república bleu, blanc, rouge (azul, blanco, rojo) y los orígenes de los jugadores del equipo que había vencido a Brasil en la final con un magnífico 3-0. Fue la Francia black, blanc, beur (negra, blanca, árabe) y se transmitió este contundente (y maravilloso) mensaje de que la mezcla nos hacía más fuertes y que el sentimiento de nación nos permitía superar a cualquier rival. Resultó ser un movimiento de unión nacional algo efímero pero, durante unos meses, el país se olvidó de sus problemas internos y se vivió algo como un “estado de gracia”.

Ayer, durante una rueda de prensa realmente bella, Antoine Griezmann me hizo llorar y me hizo sentir veinte años más joven. Al pronunciar, con frescura y entusiasmo, las palabras “Hay que estar orgulloso de ser francés. Tengo ganas de que los jóvenes digan: ¡Viva la República! ¡Viva Francia!”, el delantero del Atlético ha insuflado el espíritu del 98 que tanta alegría nos regaló, más allá de la simple conquista deportiva. Griezmann se siente responsable de la felicidad del pueblo de Francia, tan martirizado por el terrorismo. Y esta mentalidad altruista y patriótica de alguien que tuvo que irse a otro país con 13 años para poder jugar al fútbol me parece admirable.

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