Messi lo cura todo
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Messi es una especie de médico de lujo para el Barça herido. Abatido él mismo cuando el equipo se puso cuesta abajo en la rodada, humillado con sus compañeros por los agoreros que ya reían el previsible destino de un conjunto diezmado en el humor y en el ánimo, se rehízo de sus cenizas y del carbón ha sacado oro. Su arma no es la alegría sino el juego; no es la alharaca sino el orden; su estímulo no es el resultado sino el fútbol, y en eso, que ha heredado de Cruyff, de Romario, de Ronaldinho, de Guardiola y de Tito, lo convierte en la luz que va delante, aquella luz que, según Hernández Coronado, es la que alumbra.
Ayer los puso a todos a trabajar: a Alves, que fue mejor que Alves, a Busquets, a Suárez, a todo el equipo, de arriba a abajo, como si él tuviera en las manos un acordeón, o un bandoneón, y lo moviera a placer. Era un partido suculento para la especulación, como señala Santi Giménez en su crónica, que es una pieza del fútbol épico. Hasta los porteros contrarios se burlaban de este Barça al que el Madrid dejó renqueando. Pues esos porteros –Adán, Pau—han tenido que probar la medicina de Messi. Pues Messi no sólo administra fármacos a los suyos para recuperarlos de la anestesia, sino que también se los da a los adversarios, cuando se burlan y cuando le pegan.




