Un Clásico con el interés disipado, pero no tanto...
Si el fútbol fuera menos volátil, si no estuviera en manos tan mercantiles, sería una de las bellas artes. Pero para eso le hace falta ser más creativo, sus directivos más cultos, con unas miras más altas y no con tanta mezquindad o tacañería moral. No es una de las cosas más bellas, pero a los aficionados nos gusta el fútbol como si lo fuera. Encierra en sí mismo el germen de la competitividad, que en sí no es malo, pero que nos conduce fatalmente a querer que ganen los nuestros hasta en los entrenamientos.
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He estado hablando estos días con algunos madridistas clásicos, es decir, de los de verdad, como hay clásicos barcelonistas; los noté descreídos: es la primera vez, o casi, que un Clásico del arte del fútbol, este Barcelona-Real Madrid del sábado en el Camp Nou, tiene disipado todo interés. Yo no diría tanto: un clásico es un Clásico, es un Clásico. Como diría Gertrude Stein: “Una rosa es una rosa, es una rosa”.
Este Clásico en concreto tiene la virtud de incorporar, a la historia de los Barça-Madrid de esta última década, en la que hubo de todo, un factor inédito: ya no estarán en el campo, ay, ni Xavi ni Iker Casillas, dos competidores leales que llevaron en sus equipos respectivos las batutas y los brazaletes. Ahora están en esos lugares Sergio Ramos y Andrés Iniesta. Sobresalen por dos maneras de entregarse: al madridista lo puede la fuerza y al barcelonista lo marca el sosiego, hasta que esprinta. Si no nos queremos fijar en el Clásico fijémonos en estos dos jugadores clásicos, pues para ellos se fundó este arte.




