EL TERCER TIEMPO

¿El penalti de Messi fue una patochada o una belleza?

Juan Cruz
Actualizado a

Hacía años que una jugada cuya trascendencia en el marcador o en el resultado no significa nada daba tanto que hablar en España y en el mundo. Como si se hubiera roto la armonía del día, como decía otro gran futbolista que no triunfó: Albert Camus. En este periódico, por ejemplo, contaba ayer su director que jamás se había advertido tanta afluencia en su web por algo como el ya llamado penalti de Messi. Entra en la leyenda, aunque algunos lo deploren.

Para los barcelonistas, seguramente, este será como el gol de Evaristo, que le sirvió al Barça, en la lejanía de los tiempos, para acercarse a tocar la Copa de Europa, que finalmente fue para el Benfica. El Real Madrid, como el Atlético, como el Athletic, igual que tantos equipos extranjeros (recuerden el gol de Vieri, aquella maravilla desde el córner, tras cruzar el campo) tienen el orgullo de haber tenido en sus filas a goleadores de antología, como Ronaldo el brasileño, Maradona, Cristiano el portugués, Sivori, Luis Suárez (el gallego) o el difícilmente igualable don Alfredo Di Stéfano…

Lo que distingue a este gol inconmensurable de otros igualmente sobresalientes es que Messi sólo ayudó a que marcara otro. Y lo que hace especial es su simplicidad; en sí mismo una antología de lo obvio, como aquel váter invertido de Marcel Duchamp, capaz de hacer una obra de arte con aquello que tenemos todos los días ante los ojos y que él sólo vio de otra forma.

Lo adelantó Coppens, y lo dibujó de nuevo, de una manera similar, muchos años más tarde, otro maestro de los goles de la era moderna del fútbol, Johann Cruyff. De una tacada Messi los invocó a todos, a todos les dedicó un homenaje sencillo, como quien le pone a un centurión una hoja de laurel en la frente por todo premio, y luego se abrazó con sus compañeros como cuando un niño, en el primitivo laboratorio de la química de los adolescentes, es capaz de gritar eureka como si fuera ya un científico cuando todavía no sabe declinar el H2O.

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Ese gesto sencillo (Azorín decía que lo difícil es lo que parece fácil) le ha valido todo tipo de calificativos y algunas descalificaciones cuyo argumento principal es… la ilegalidad. Doctores importantes del fútbol como una de las bellas artes han salido en auxilio de la extravagancia, por fortuna, y han dejado el asunto en el sitio que le corresponde: es mucho más que un penalti y mucho menos que un insulto; al contrario, es un abrazo al fútbol que se jugaba en la infancia imitando a los grandes; en este caso, los imitados por Messi son genios del fútbol.

A don Alfredo (a ninguno de los don Alfredo que conozco) esa jugada no le hubiera dañado la vista ni el sentido del fútbol grande. Aunque no seas del Barça, amigo, disfruta del momento, no te enfurruñes; Messi no quiso sino rescatar al niño descalzo que llevamos dentro. Ahora ya puede decir que le da nombre a un gol que metió otro.

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