De cómo enseñar a Messi a vencer el miedo al penalti
El miedo al penalti ha cambiado de sitio; en el Mundial último vivimos el principio de ese fenómeno, cuando el ahora suplente de Casillas, Keylor Navas, mareó a los delanteros ajenos con una destreza que en la eterna tanda de penaltis hizo sudar tinta a los encargados de transformar la máxima pena.
El portero ya no tiene miedo; en realidad, se ha trasladado la responsabilidad al delantero y éste la asume ahora con terror porque los porteros saben más que los ratones colorados. Las cosas han cambiado de bando, y el miedo ya no es de los que han de parar sino de los que se ponen en el punto fatídico.
En ese sentido, cabe decir que el punto es ahora fatídico para el que dispara, no tanto para el fusilado, que espera con sorna que el otro desbarre.
El portero, pues, ya es el culpable perfecto en el proceso kafkiano del lanzamiento de penaltis. Nos habíamos olvidado de la responsabilidad del delantero. En ese proceso de tirar a dar ahora el portero tiene más asistencia que el delantero, pues éste tan solo tiene la posibilidad de adelantarse, darle al balón y esperar a que el portero no sea capaz de averiguarle la intención.
El portero tiene más asesoramientos: en primer lugar, él es el que está especializado en la labor de blocar, se puede mover, y los compañeros de equipo, incluido el entrenador, lo adiestran con el conocimiento más o menos exacto de las manías del delantero que remata el castigo.
Por todo ello, las posibilidades de parar el penalti cada vez son mayores; ahora un penalti es un libre directo un poco más desamparado, pero un libre directo al fin.
Es el delantero el que tiene que marcar: las tiene todas consigo, en principio, porque el otro está solo, bajo los palos. Pero ya hemos visto que esa soledad, que en un tiempo era la que le sirvió de título a Peter Handke para su novela El miedo del portero ante el penalti, no es tan grave como nos parecía de chicos. Ahora el penalti es una lucha cuerpo a cuerpo en la que no se sabe quién tiene las mejores armas.
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Todo esto tiene que ver, claro, con las recientes inconveniencias sufridas por Messi ante distintos porteros, que atajaron del todo o en parte sus lanzamientos. Yo no daría por concluida su carrera como lanzador por esos fallos que ha ido teniendo; al contrario, creo que es ahora cuando empezará a marcar de penalti con más seguridad, pues de los fallos se aprende más que de los aciertos.
El gesto que hizo, arañando el suelo como protesta contra sí mismo cuando falló ante el Manchester City, ya es un síntoma de rabia, que es el primer impulso de calidad del delantero argentino: los niños son así, consideran que el penalti es una venganza, y la persiguen hasta convertirla en una venganza perfecta. Él se perfeccionará. En caso de que no sea así, me permitiría aconsejar a la directiva que reincorpore como instructor de Messi a su amigo Pinto: nadie sabe tanto de cómo tirar un penalti que un portero.




