Casillas, Iniesta, una parada, un gol...
“Aquí fue”. E Iniesta señala con su sencillez natural el lugar en el que le pegó a la pelota, de pleno empeine, y marcó el gol que borró todos los anteriores. Allí fue, sí, en la portería contraria a la de la parada de Casillas a Robben que había permitido esa prórroga. Esas son las dos estampas que nos quedan de aquella final. Esa, y la patada de De Jong en pleno esternón a Xabi Alonso que Webb, testigo directo, dejó pasar. El fútbol es un juego de instantes. ¿Qué hubiera pasado si expulsa Webb a De Jong? ¿Qué si Casillas no le gana a Robben el mano a mano? ¿Qué si el gol de Iniesta no llega a entrar?
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El fútbol es un juego de instantes, pero no sería justo juzgarlo solamente así. Es verdad que cada partido se decide en media docena de momentos cruciales, pero suele ocurrir que el mejor llega en mejores condiciones a esos momentos cruciales. Lo importante es llegar a ellos con la fe y la inspiración de los que, justo en trances así, son capaces de demostrar que son los mejores. Con Casillas y con Iniesta. Y con todo lo que tenían por delante y por detrás, o al lado, los Xavi, Puyol, Xabi Alonso, Torres, Villa, Ramos, Piqué, Busquets, Pedro... todos ellos. Y la orientación sucesiva de Luis y Del Bosque.
Así ganó España la Copa del Mundo, con un estilo, no exactamente con un gol, aunque aquel gol, que le correspondió marcar al más humilde y representativo de todos, fuera el instante supremo e imprescindible. Hoy vuelve España allí, con la Copa, y da gusto recordar todo aquello. Miro arriba y al lado y veo a Francia y a Portugal, tan cerca y tan lejos, jugarse la clasificación para Brasil a cara o cruz. En los mismos días, España visita el hotel en que pasó un mes inolvidable, el estadio de aquellos instantes felices. Da gusto. Años de excelencia, años de estilo. Es bonito recordarlo.




