Adiós a Raúl mirando a Bucarest
Raúl deja el Schalke y el club alemán retira el siete, su número. Algunos aficionados me preguntaban ayer (pasé el día en Barcelona, donde los madridistas lo son más que en ningún sitio) si el Madrid no debería haber hecho lo mismo. Y no, no es eso tampoco. Antes que retirar el 'siete' habría que haber retirado el 'nueve', el 'diez' y el 'once' de Di Stéfano, Puskas y Gento. El Madrid ha tenido muy grandiosos jugadores y ya no es hora de empezar con eso. Pero sí recordé que cada uno de ellos (y otros más) tuvo su partido de homenaje y que Raúl aún no lo ha tenido. Y eso habrá que remediarlo cuanto antes.
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Un club de fútbol es un depósito de memoria colectiva. Los aficionados hablan de los jugadores que fueron con respeto y veneración. Raúl ha estado poco tiempo en el Schalke, apenas dos años, pero ha dejado huella y el club alemán hace de él un símbolo, lo eleva a la categoría de recuerdo venerable. Se lo ha ganado, y en sólo dos años. Es entrañable el lazo que se ha creado entre jugador y club en tan poco tiempo. Pero eso mismo coloca en mal lugar la frialdad con la que el Madrid le despidió, deja a la afición huérfana de un detalle, un acto que, más allá del dinero, subraye el afecto mutuo.
El fútbol está hecho de esas cosas, tanto como del día a día. Un día a día que ayer discurrió en dos campos de nuestra vieja y querida Península. Dos partidos hermosos, de una emoción creciente, pero que dejan la interrogante de quiénes jugarán la final de Bucarest. Los dos atléticos lo tuvieron muy bien, pero luego las cosas se les complicaron. En Lisboa, el viejo conocido Capel enfrió un poco el sueño bilbaíno. En Madrid, como para confirmar que lo suyo es el más difícil todavía, el Atlético encajó sendos goles en los descuentos, el de la primera y el de la segunda parte. Está claro: el fútbol es una cosa tremenda.




