Viento de Levante en la Liga bipolar
Hay otros mundos, aprendí de chaval, pero están en este. La Liga que se debían disputar el Madrid y el Barça, a fuer de poner sobre la mesa tradición, dinero, influencias y de todo, la lidera ahora mismo un club que apenas tiene nada de eso. Tiene, sólo, tradición. Tiene años, pero años de esfuerzo, de remar río arriba. Inspira la simpatía de ese puñado de clubes unidos por el fatal destino de luchar contra quien en su ciudad se adelantó a coger el nombre de la misma, relegándoles a un espacio simbólico suburbial: el Atlético, el Espanyol, el Betis, el Levante... A todos ellos todo les cuesta el doble.
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Pero el fútbol tiene estos guiños ejemplares. Justo en estos tiempos en que un sublime ejercicio de vacuidad ha arruinado a Occidente, un grupo de tipos sencillos amantes de la tarea bien hecha edifican este monumento a la sensatez. Quizá sea un monumento efímero, sólo un muñeco de nieve con hermosa nariz de zanahoria, pero la foto va a quedar para siempre. El Levante es líder y fue recibido, al regreso de su victoria sobre el Villarreal, con fuegos artificiales, como si viniera de ganar un título. Merecidamente. Estos tiempos necesitan de estos ejemplos, que renuevan la fe en la tarea bien hecha.
No sé lo que durará ahí el Levante. No ganará la Liga, estoy seguro. La Liga la ganarán el Madrid o el Barça. Pero por muchos años que pasen los aficionados recordarán la foto de este momento en el que, transcurridas ocho jornadas, el equipo de presupuesto más bajo había conseguido dos empates y seis victorias y estaba líder, un punto por encima del Madrid de Cristiano y dos por encima del Barça de Messi. Once hombres y una idea, eso es el fútbol. Once hombres y una idea, eso es el Levante. Once hombres los tienen todos, lo difícil es dar con la idea y sentirse seguro de ella. Y eso lo tiene el Levante.




