Mourinho y la diagnosis del problema
Pocas veces he visto una caída tan brusca como la del Madrid la última semana. Los buenos partidos en la Supercopa están ahí, la goleada contra el Zaragoza está ahí. El Madrid parecía arrancar la temporada colosalmente y de repente ha habido un desplome demasiado profundo como para considerarlo un simple bache. Sus causas tendrá y seguro que Mourinho las tiene que conocer. No va a necesitar que nadie le dé pistas: trabaja ahí dentro todo el día, maneja la materia, ve las caras de los jugadores cuando llegan y cuando se van, tiene el club a su disposición para indagar cualquier cosa.
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Un desplome así tiene causas que no son el carrito que se entretiene o la hierba alta en no sé donde. Un desplome así tiene causas seguramente múltiples, que irán desde una programación de pretemporada para llegar como motos a la Supercopa al trato poco amable que está ofreciendo al sector nacional de la plantilla, pasando por el estrés que produce tanto jaleo en que se mueve el Madrid. Será eso o serán otras cosas, él sabrá. El caso es que está ante una prueba muy seria de su temple como entrenador. Seguro que la situación es reconducible, pero sólo desde una diagnosis clara.
Diagnosis clara, esa es la cuestión. El enemigo no es el carrito, ni la hierba alta, ni la prensa desafecta, ni el buen rollo en la Selección, ni siquiera los árbitros, salvo que se haga una y otra vez lo justo para enemistarlos. El enemigo es el malestar que se ha generado en el grupo, crispado en ese papel de solos contra el mundo y desconcertado por algunas decisiones recientes, que se entienden mal. Ese es el enemigo. Y el rival es el Barça, al que tampoco le van las cosas como le deberían ir, porque ya se ha dejado cuatro puntos. No pasa nada que no tenga remedio, pero lo primero es detectar el mal y actuar sobre él.




