El difícil arte de la pole
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La gloria está en la victoria. Indiscutible. Todos la persiguen, todos la anhelan, sólo uno la consigue. Ganar representa la culminación del trabajo bien hecho, del esfuerzo provechoso y de la satisfacción de un deportista. Sin embargo, personalmente le otorgo igualmente un enorme valor a esa búsqueda de la excelencia que significa la lucha contra el cronómetro. Me parece de una dificultad inconmensurable el desafío de un piloto contra sí mismo, siendo él su propio rival y consciente de que debe arañar centésimas, incluso milésimas, en cada frenada, en cada trazada, en cada aceleración, allí donde la vuelta anterior parecía imposible ganar nada más.
Los buenos 'poleman' suponen, en mi opinión, una representación de talento tan admirable como el de los ganadores. Una cosa suele ir muy relacionada con la otra, cierto es, pero no deja de entusiasmarme domingo tras domingo, en cada carrera de coches o de motos, como un piloto puede retar a sus propios límites en esos pocos segundos que dura una vuelta, sin posibilidad de error, sin apenas oportunidad de rectificar. La pole es todo un arte, reservado a unos cuantos elegidos capaces de controlar tantas complicaciones en tan poco tiempo. Quizá por ello uno de mis grandes ídolos deportivos sea Ayrton Senna, durante tantos años el piloto de Fórmula 1 con más poles (65) hasta que Michael Schumacher logró desbancarle con tres más...




