Un Bisonte se desmandó por el Angliru
Hay espectáculos que sólo el ciclismo puede dar. La subida de Cobo, el Bisonte, al Angliru quedará por mucho tiempo en el recuerdo de todos los que la seguimos. La atrocidad de esas rampas, el público apretujando, las motos que no podían pasar, Asturias como escenario y el rostro esculpido en piedra de ese montañés de Cabezón de la Sal, ciclista surgido de otra época, de la misma de la que viene este deporte feroz, que en días así se vuelve primitivo. Hay una grandeza legendaria en estas etapas que ningún otro deporte puede igualar. Y que hace que le perdonemos al ciclismo tantos disgustos como nos da.
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Esta Vuelta estaba resultando buena, a pesar de una innegable falta de brillo en el cartel de participantes. Pero estaba bien concebida, con oportunidades para organizar escaramuzas en casi todas las etapas. Y las ha habido. No han existido apenas etapas para la calma, y la escasez de oportunidades para los sprinters claros no será reprochada en este país que ama las cuestas y los esfuerzos solitarios más que la emoción de las llegadas en grupo. Pero faltaba lo de ayer: una verdadera batalla. Sin cuartel, sin prisioneros, sin segundas oportunidades para los vencidos. Y eso fue la etapa de ayer.
Nibali y Purito Rodríguez fuera, Wiggins en solfa, remolcado una vez más por Froome, ese gregario solícito que está siendo más fuerte que su jefe contra el reloj y en la montaña. Al director de filas de Sky debemos, quizá, esos veinte segundos de ventaja del Bisonte sobre Froome en la general, porque de haberse invertido los papeles en ese equipo probablemente las cosas no estarían así. También Cobo vino como gregario de Menchov o Sastre, pero Matxin supo cambiar la apuesta a tiempo. La carrera ha premiado su perspicacia y ahora es líder y favorito. Pero queda Vuelta y queda montaña. ¡Qué bien!




