Un día de los que no se olvidan
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No me lo puedo creer. Dieciocho años han pasado ya. Ayer, cuando se supo que Wayne Rainey volvería a Misano, caí en la cuenta de que su accidente se produjo en 1993, cómo pasa el tiempo Una noticia que ha traído hasta mi cabeza un montón de recuerdos, de sensaciones y no precisamente buenas. Yo estaba en el circuito de la Riviera de Rímini aquel 5 de septiembre y, como ocurre siempre en estos momentos terribles, no me podía creer lo que estaba viendo. La Yamaha con el dorsal uno de campeón de 500cc perdía la rueda delantera en la primera curva del trazado al inicio de la vuelta diez y el estadounidense rodaba sin control por el asfalto; fue una caída fuerte pero no de las más terribles que se podían ver en aquellos años con las indomables quinientos.
A continuación se tejió la tragedia. Intentaba incorporarse sin lograrlo, diciendo que no con la cabeza a los médicos. Mientras Cadalora, su compañero de equipo, se encaminaba hacia el triunfo, Rainey era evacuado en helicóptero hasta un hospital, donde se confirmó el grave pronóstico: fractura de la sexta vértebra dorsal. Desde ese instante quedaría anclado para siempre en una silla de ruedas, no volvería a caminar jamás. Supuso un auténtico mazazo para toda la familia mundialista, aunque con el paso del tiempo el californiano volvió a demostrar su casta de campeón. Quería seguir viviendo con la pasión que siempre lo había hecho y lo consiguió, adaptándose con entereza a sus nuevas circunstancias. Y ahora vuelve a Misano para enfrentarse a este circuito maldito para él.




