Sobre la efusión de Florentino en el palco
Hace pocos días comió en AS el presidente del Racing, Francisco Pernía, y salió el inevitable tema del jolgorio de Alí Sayed en el palco. "Pronto lo hará más gente", fue su pronóstico. Lo que ninguno podíamos esperar era que el siguiente fuese Florentino, de ordinario tan contenido y cuidadoso. Para algunos, esa imagen le humaniza. Otros, entre los que me encuentro, pensamos que mejor que lo hubiera evitado. Seguramente él está pensando lo mismo. Sé que tiene que ser difícil guardar el hieratismo en el palco, pero es prudente. Es el único sitio del campo que reúne a partidarios de los dos equipos. Mejor que se respeten.
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Claro, que los tiempos cambian. Tengo leído que en los años treinta la prensa inglesa criticaba algunas celebraciones de jugadores. En aquella época se estaba pasando de la simple sonrisa y la palmada en la espalda del goleador a los saltos y abrazos. Se veía mal, como una desconsideración al dolor del equipo batido. Fíjense qué lejos queda eso ahora, cuando se ingenian continuamente nuevas formas de celebración, algunas esperpénticas, sin que sufra la deportividad. Sólo, si acaso, el buen gusto. Pero el palco seguía siendo un santuario de cortesía. Y me temo que, como dijo Pernía, estemos ante los últimos tiempos de ello.
El Villarreal ha hecho dos palcos, para que cada cual se exprese libremente, pero no sé si eso me gusta. La imagen del palco como escenario de respeto, donde los presidentes pactan una flema difícil de mantener, me parece edificante. ¿Es pedirles demasiado? Digamos que si sólo en ese espacio se permite servir y consumir alcohol es porque se les considera de otro rango, con mayor dominio de sí mismos ante los sobresaltos futboleros. Deberían honrar ese privilegio. Pero temo que esto se acabe. Y ya se sabe: se empieza por cantar un gol, se sigue por gritarle al árbitro y se acaba por agarrarle por las solapas al de al lado.




