La escena del banquillo del Barça
Escucho con frecuencia que los partidos del Barça ya casi aburren, por repetida su perfección. Será por eso por lo que en Almería el realizador pasó su cámara con alguna frecuencia por el banquillo del Barça, donde había mucho poder: Xavi, Messi, Villa... Y era de ver la atención con que miraban, la alegría sana, casi infantil, con que cantaban los goles, su decepción ante cada ocasión fallada. Si los titularísimos viajan a un partido intrascendente para vivirlo desde el banquillo con esa pasión, es que el compromiso de todos es máximo. O más allá: no es ni compromiso, es diversión, es gozo pleno del fútbol, de la amistad.
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A eso se enfrenta el Madrid, en esta nueva reconstrucción que lidera Mourinho. Unas cosas con otras, un buen Madrid: puntúa mucho en la Liga, es finalista de Copa y en la Champions está donde tiene que estar. Otros años, otros tiempos, estaría encantado consigo mismo. Pero mire para donde mire encuentra al Barça, este Barça: en la Liga, en la Copa, en la Champions si todo sigue su curso natural. Por eso precisamente fichó a Mourinho, porque eliminó al Barça de la Champions. Ahora, descolgado en la Liga y a esperas de lo que pase en Europa, se dibuja su gran oportunidad: la final de Copa.
Será para el Madrid la posibilidad de coger un atajo. No es la Liga, menos la Champions, pero es el título oficial de Campeón de España, el país cuya supremacía se disputan. Calculo que Mourinho lo pensó desde el primer día: en el esfuerzo corto de la Copa podría derribar al Barça, nunca en el combate largo de la Liga. ¿Recuerdan cuando dijo que los suyos se la jugaban en Murcia? ¿Recuerdan que le expulsaron en el partido de vuelta? Desde el principio pensó en la Copa. Ya está en la final, le ha costado fatiga, puntos en la Liga, pero ya tiene su cita para la revancha del cinco a cero. Ya ve la entrada del atajo.




