Las goleadas no se pueden programar
El Madrid perdió el partido pero salvó la cara. Quizá por eso el estado general del madridismo no es el que se podría esperar cuando, antes de llegar el fin de año, está a doce puntos del líder (que encima es un Barça magnífico) y además eliminado de la Copa. Pero la cuestión es que se había hablado tanto (y tan excesivamente) de goleada, que el mero hecho de escapar de allí con un simple 2-0 que se olvidará en un rincón de la historia, resultó un alivio para los madridistas. Y deja, por contra un puntito de decepción en el mundillo culé, en contraste con ese fenomenal acopio de puntos.
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Las goleadas no se programan ni se anuncian, eso lo tengo aprendido desde hace tiempo. Llegan cuando menos se espera. Es cierto que esta era una ocasión para presagiarla, por cómo está el Barça y por cómo estaba el Madrid, diezmadísimo y recién cambiado el entrenador. Y Guardiola había preparado el partido con mimo, hasta el punto de que ninguno de los titulares del sábado estuvo en el equipo inicial ante el Shakhtar Donetsk. Pero la propia ansiedad perjudicó, tanto como el cerrojo del Madrid, la capacidad ofensiva del Barça. A veces el exceso de motivación llega a ser perjudicial.
El barcelonismo enlazó demasiado este clásico con el último del Bernabéu, el del 4-1 y el pasillo. Lo vio como una ocasión para lavar aquella 'afrenta'. Pero cada partido va por libre, salvo los de las eliminatorias de ida y vuelta, y cada tiempo tiene su afán. Por eso, aunque el Barcelona mostró grandeza de ánimo, atacando y atacando en busca de un fin superior, y el Madrid sólo mostró entereza de ánimo, resistiendo con ocho y atacando con uno y medio, algo no dejó del todo felices a los ganadores ni infelices a los perdedores. Doce puntos, sí, pero sin goleada. Porque las goleadas no se programan.




