Francia sabe mucho de racismo

Ese día quedará como una mancha en la historia de Francia. El 21 de abril de 2002, Jean-Marie Le Pen, líder del partido de extrema derecha Frente nacional, alcanzaba la segunda vuelta de la elección a la presidencia de la República. Este veterano político, abiertamente xenófobo, recibía más de cinco millones y medio de votos por parte de mis compatriotas. Me parece importante recordar este hecho.
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No, Francia no es ninguna paloma blanca en este tema del racismo. Las discriminaciones, los insultos y los actos violentos contra los inmigrantes y sus descendientes son frecuentes. Tal y como existe un odio antifrancés entre ciertas comunidades extranjeras que residen en el territorio galo. Para garantizar la paz social, la lucha contra todos los racismos ha tenido que convertirse en un reto de cada día. No hay otra alternativa.
Por todo ello, no me extraña nada la reacción epidérmica de la gente del Olympique de Marsella después de los gritos racistas lanzados por ciertos aficionados atléticos. Han denunciado lo que ocurrió en Madrid, como se suele denunciar lo que pasa en Francia. Esta cuestión es ultrasensible y mi país, como la demás naciones multiculturales, tiene ahora el excelente reflejo de la tolerancia cero con las manifestaciones xenófobas. Una conducta digna y necesaria que, pronto, será natural también en España. Eso es inevitable. Por el propio bien de esta tierra



