Rafa, los franceses y el diván

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Como francés residente en España y gran enamorado de todo lo que huele a español, tengo que reconocer que me dolieron un pelín los pequeños silbidos que se pudieron oír, de vez en cuando, en Roland Garros contra Nadal. Aunque, al final, todo el mundo supo reconocer y aceptar la supremacía del mallorquín. Sin embargo, rechazo categóricamente ver ahí cualquier tipo de "antiespañolismo" del público. La cosa es mucho más complicada y no tiene nada que ver con un asunto bilateral, sino con la intimidad de mis compatriotas. Si Nadal fuera serbio, argentino o incluso francés, hubiera pasado lo mismo. Ya que, por una cuestión psicológica difícil de explicar, los franceses tendemos a menospreciar a los triunfadores y adorar... a los que fracasan. Sesenta millones de franchutes se tendrían que tumbar en el diván de Freud o de Lacan, pero la tremenda realidad es esta que les estoy contando.
Nuestra historia deportiva está llena de anacronismos de este tipo pero el ejemplo más emblemático se encuentra en el ciclismo. Jacques Anquetil era un francés que lo ganaba todo (cinco Tours, por ejemplo). Raymond Poulidor, otro compatriota, siempre acababa segundo. Pero el héroe, el más querido y el que ha dejado la huella más profunda en el corazón de Francia ha sido este último. Hasta tal punto que la expresión "vas-y Pou-Pou" (Vamos, Poulidor) sigue vigente en el lenguaje actual. Aunque sólo los ancianos recuerdan a Anquetil. Nadal es demasiado fuerte para ser realmente querido. Según los criterios franceses...



