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ACB, tenemos un problema

CAMPO ATRÁS

Un blog para tratar el pasado, presente y futuro del baloncesto tanto nacional como internacional: ACB, ULEB, Euroliga, Eurocup y la NBA.

Autor: Juanma Rubio

ACB, tenemos un problema

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¿ACB, tenemos un problema? ACB, desde luego, necesitamos un debate. ¿Liga localista o europeísta? ¿Minoritaria o generalista? ¿Un deporte de una o dos direcciones con el Atlántico como autopista? Cada verano el baloncesto español entra en ebullición: la generación del 80, los Juniors de Oro, son la locomotora que tira de ese tren pero, y este es el primer mito que conviene derribar, no del baloncesto español, atrapado en una paradoja dañina cuando el balón está en juego: canchas llenas, televisiones apagadas. El proceso, estructural y no coyuntural, es ya tan pronunciado que los peores enemigos del baloncesto español de clubes empiezan a ser el silencio y el inmovilismo. Así que sí: tenemos un problema.


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Esta es la realidad

Mientras escribo escucho que la Euroliga se estrenó con 74.000 espectadores y un 0’4% de share en Teledeporte. Otro ejemplo de lo que dije un poco más arriba y de lo que diré más abajo: audiencias bajas pero… ¿tan bajas? Un partido sin equipos españoles pero un buen partido, dos clásicos con olor a baloncesto (entre ellos tal vez el mejor equipo de Europa ahora mismo: CSKA), la posibilidad de ver a Teodosic o Siskauskas junto a una buena mezcla de inmigrantes procedentes de USA de distinta condición: Kirilenko, Lawson, Weems, Krstic… 74.000 espectadores en noche de lunes.

La reciente encuesta realizada para AS por Ikerfel dejó, entre bombas de neutrones futbolísticas, el sutil recordatorio de que el baloncesto sigue siendo el segundo deporte de los españoles lejos del todopoderoso fútbol pero todavía por delante de los deportes de motor (Fórmula 1, motociclismo…) o el tenis. Y Pau Gasol es el segundo deportista favorito sólo por detrás de Rafa Nadal, seguramente (opinión personal) el mejor deportista español de todos los tiempos. Y eran elegibles, recuerdo, los futbolistas: Casillas, Iniesta, Xavi… El trabajo de punto de cruz es hilvanar estos hechos con las matemáticas de la medición televisiva. 

Porque avanza 2011 y el baloncesto vive del maquillaje de la Selección y del brillo del oro de Lituania. Pero el verano es un empacho que deja el granero vacío y el otoño descubre a una ACB famélica, aún más desnutrida que al cierre de la pasada temporada. Los datos estratosféricos siguen reservados al fútbol con el (turbio) carrusel de Clásicos en tres frentes competitivos como punta de lanza. Ni extraña ni hay nada que objetar: más de 14 millones de personas vieron por televisión el Barça – Real Madrid de semifinales de Champions (vuelta, Camp Nou), casi 13 siguieron la colisión de los titanes en Mestalla en la final de Copa, prórroga y tensión suprema incluidas. La primera retransmisión no futbolera fue (en el puesto 33 del ranking anual) el Gran Premio de España de Fórmula 1: 5.411.000 telespectadores, por delante (igual que el GP de Hungría) de la final del Eurobasket: 4.728.000, 31% de share. Según se mire un dato notable o regular: el partido del año para el baloncesto español y europeo rondó la audiencia media de casi cualquier carrera de Fórmula 1 disputada en horario habitual (domingo a mediodía). 

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El otro pico del Eurobasket fue la semifinal ante Macedonia (pero ya en 2.185.000). Por debajo de los dos millones quedan partidos ante rivales de caché alto (Serbia, Turquía…) y apenas superó el millón y medio el España-Alemania por mucho duelo Nowitzki-Gasol y mucha presión de segunda fase que se le quiso poner. Los partidos de España, a pesar de que son casi la única tabla de salvación para los optimistas, han circulado por debajo de los picos más altos de MotoGP, de las finales más señaladas de Nadal (el último hito generacional Nadal-Federer en Roland Garros rozó los cuatro millones y medio) o de las etapas más distinguidas del Tour o la Vuelta (Alpe D’Huez más de 3.780.000, el Angliru 2.331.000). 

La semifinal de España no rebasó a partidos de la Liga de fútbol de anda por casa (dicho sin tono peyorativo) como el Sevilla – Espanyol o el Deportivo – Sevilla. Y ganó por los pelos al Gran Premio de Japón de Fórmula 1… en su segunda emisión, en diferido. Lo dicho: optimismo o descarga eléctrica porque en paralelo la semifinal entre Francia y Rusia alcanzó los 590.000 espectadores y el duelo de cuartos entre Francia y Grecia rozó los 400.000. Cifras por las que suspiraría la actual ACB.

Porque el entorno ACB es un solar: lo más visto desde el 1 de enero ha sido la final de Copa que reunió a Real Madrid y Barcelona, en un marco como el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid y con tambores de venganza en el equipo blanco… para llegar (¿sólo?) a 1.726.000. Share del 12%, puesto 125 en las retransmisiones deportivas de lo que va de año. No es un dato terrible pero desde luego no es un gran dato, por encima en la foto finish del Granada Betis que rozó los 1’7 millones en la segunda jornada de Liga (primera efectiva debido a la huelga) y con el verano todavía coleando. 

El fútbol no es desde luego una comparación procedente. Los amistosos de la Selección vuelan fácilmente hacia la barrera de los 4 millones y los partidos importantes de la Sub’21 o incluso la Sub’19 rondan o superan el millón y medio. Un amistoso América – Barcelona congrega a 1.304.000 telespectadores, el Gamper supera el 1.200.000 y un Philadelphia – Real Madrid en diferido va más allá de 800.000. Cualquier partido de Segunda, sin necesidad de recurrir al trance decisivo y dramático de las últimas jornadas, ronda los 400.000 telespectadores. El baloncesto, sin embargo, puede fijarse más en el millón que roza la semifinal del Mundial de balonmano España – Dinamarca, o especialmente en los más de 400.000 de algunas etapas del Rally Dakar o de los programas más visto de ‘Jara y Sedal’ (435.000, 18 de febrero). Incluso el sorteo de la fase de grupos de la Champions League congregó a casi medio millón de personas delante de la televisión.

Y el baloncesto. Para encontrar partidos ajenos al entorno Selección más allá de la final de Copa hay que revisar más de 200 retransmisiones deportivas: 810.000 del quinto Real Madrid – Valencia por una plaza en una Final Four en la que el regreso y sonado batacazo del Real Madrid (ante Maccabi) fue visto por 798.000 personas. El partido más visto de la ACB fue el tercero de la final: 760.000 personas pusieron la televisión para ver al Barcelona ganar el título en Bilbao. La Copa alcanzó más allá de la final cotas de entre 600.000 y 700.000, parecidas a un partido que marcó la temporada: la paliza del Barcelona al Real Madrid en la Supercopa (89-55). El primer partido de temporada regular de ACB es el CAI – Real Madrid: 551.000 telespectadores, puesto 262. Dos días después de que el Madrid recibiera la mayor alegría en muchos años con el regreso a la Final Four, sólo 394.000 personas se interesaron por el Clásico de la segunda vuelta ante el Barcelona. A partir de ahí, el abismo: 372.000 un derbi Real Madrid – Estudiantes, 327.000 un Barcelona - Caja Laboral, 118.000 un Lagun Aro – Manresa, 117.000 un Joventut – Estudiantes con aroma a baloncesto de siempre, 142.000 un más que interesante Valencia - Unicaja… o 110.000 un Gran Canaria - Lagun Aro.

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En la nueva temporada, después del oro de Lituania y del acuerdo ACB – Endesa, la Supercopa bajó con respecto a la de 2010. Y la primera jornada de liga registró (los dos partidos de Teledeporte) 137.000 telespectadores para el Caja Laboral – Cajasol y 189.000 para el Estudiantes – Valencia. En la tercera jornada el Cajasol – Barcelona mejoró sólo hasta los 272.900 y entre medio, un Bilbao Basket – Real Madrid con mucho rango competitivo y suficiente morbo, se fue a más de 492.000 en turno de jueves tarde – noche, fuera de la jaula del horario de 18:00 en fin de semana. Anotemos también los citados 74.000 de la puesta de largo de la Euroliga…

Pero es que además la tendencia es descendente con respecto a un 2010 de tendencia descendente en el que, por lo demás, ocho retransmisiones deportivas superaron los diez millones de telespectadores: los siete partidos de España en el Mundial y otro Real Madrid – Barcelona, segunda vuelta de Liga y en abierto. La catarata de fútbol salpicada de F-1 (el Gran Premio de Abu Dhabi llegó a casi nueve millones de espectadores) alcanza 57 retransmisiones hasta que aparece la decimoséptima etapa del Tour: más de 4.800.000. La carrera de MotoGP en Catar supera los cuatro millones y medio y la reconquista y venganza de Nadal (final de Roland Garros ante Soderling) roza esos cuatro millones con los que ni sueña un baloncesto cuya bandera es la prórroga del tercer Caja Laboral – Barcelona de la final ACB. Sólo la prórroga: 2.405.000 personas vieron el épico 2+1 de San Emeterio que valió un título. En el puesto 151 de las retransmisiones deportivas y un poquito por detrás de la final de Copa, un Real Madrid – Barcelona que se quedó en 2.387.000 telespectadores. Por encima de los dos millones estuvieron también el España – Estados Unidos, amistoso (más que un amistoso) previo al Mundial y el partido en el que Serbia oficializó el fin del reinado global de España con el triple maldito de Teodosic. La final de aquel Mundial, con Kevin Durant laminando a Turquía, superó el millón de telespectadores y en la temporada regular ACB el viento no sopló precisamente a favor: el Barcelona – Real Madrid de la segunda vuelta sumó 857.000 telespectadores (puesto 289 de la retransmisiones deportivas 2010) y abría una senda descendente que caía en picado en los partidos sin Real Madrid ni Barcelona: 354.000 del Estudiantes – Joventut, 238.000 del Valencia – Joventut, 173.000 del Estudiantes – Cajasol, 125.000 del Estudiantes – Gran Canaria… Y hacia abajo, hacia abajo…

El tren de las consecuencias

Esto, todo esto, es la realidad. Números escuálidos de sombra demasiado alargada. Esto se puede pensar, repensar, interpretar, escrutar y debatir, pero esto es lo que hay. Carbono 14, la prueba del algodón. Como provoca pavor, se ha frecuentado un guión según el cual el que callaba cooperaba y el que hablaba, malmetía. Ahora, cuando se acerca el momento de operar a corazón abierto y de la cirugía a vida o muerte, conviene plantearse el por qué de esta situación crítica, valorar cómo hemos llegado y descubrir cómo podemos salir de aquí. El tren de las consecuencias partió hace mucho de la estación y se llevará por delante a nuestro baloncesto de clubes (tal y como lo hemos conocido o más bien tal y como lo queremos) si nos mantenemos en la parálisis y el disimulo.

En primer lugar conviene advertir que no podemos aislar y esterilizar nuestro problema desde un punto de vista exclusivo y cartesiano y perder así de vista el marco, un entorno medioambiental que está transformando las formas y hábitos de consumo y que tiene en un nudo imposible de digerir a las industrias culturales y a los medios de comunicación. Es la era digital, la era de los cambios a velocidad exponencial, la era de los nuevos formatos y un rediseño en el que hasta el concepto de retransmisión en directo, uno de los pocos absolutos de la historia de la televisión, es ahora relativamente relativo. El telespectador no percibe una programación lineal que le obliga sino una atomizada miríada de opciones que se adaptan a sus tiempos y necesidades. Se reduce el ritual de la sintonización en grupo y el consumo de televisión es más íntimo y especializado: personalizado casi al máximo y de tiempos y fidelidades seguramente más cortos. Al menos más exigentes. Hay descargas, retransmisiones on line vía ordenador, hay redifusiones y discos duros, hay modestos intentos de explorar aquí el formato ‘league pass’ que tan bien funciona allí (al otro lado del Atlántico) y por lo tanto las audiencias no son ni del mismo tipo ni del mismo volumen que hace veinte, diez, casi cinco años. 

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Pongámonos ahora en el lugar del telespectador / consumidor (todos los somos). Se ve lo que se quiere y cuando se quiere, una parrilla ya no obliga excepto en cuestiones que siguen por encima del bien y del mal (principalmente los grandes acontecimientos futbolísticos). Hay, y esto forma parte también del drama actual de las industrias del cine y la música, nuevas formas de consumo y hábitos que trascienden la moda y generan un absoluto nuevo paradigma ante el que esas grandes industrias demuestran pocos (¿cada vez más?) reflejos. Proliferan las descargas y se expanden las series y los videojuegos. Cada vez hay más fútbol y más expandido a lo largo de la semana y las franjas horarias. La edad de oro del deporte español ha traído una multiplicación de los frentes de interés. El tenis o la Fórmula 1 tienen ahora un carácter mucho más generalista. Debajo de ese interés general hay un mundo en el que conviven mil deportes y mil especialidades. Ahora se puede ver billar y póker, se dispone de las grandes ligas americanas a la carta, se puede ver casi cualquier competición de casi cualquier deporte. No hay la limitación del pasado en la que las retransmisiones deportivas se circunscribían a un canal, unos horarios y un momento: el fin de semana. Eso ritualizaba y tintaba en colores de gran espectáculo esas retransmisiones para un público con menos posibilidades de consumo y menos consciente de su individualidad como cliente de ese tipo de producto. Quizá todos dediquen (dediquemos) menos tiempo a todo, y quizá eso beneficie a los de prepuesta de partida más minoritaria pero perjudique a los de mayor tradición y aspiración: el baloncesto, sin la vacuna de las mil vidas del fútbol, queda expuesto en el punto de mira. Vuelvo a la idea de que hay mucho fútbol y vuelvo a la figura de un ciudadano medio que seguramente no verá todos esos partidos de todas las competiciones y en todos los horarios. Pero verá lo suficiente (dos, tres partidos bien elegidos: el del Real Madrid, el del Barcelona, un partido interesante en abierto, un clásico de un campeonato extranjero…) como para restar de otros lugares (¿el baloncesto entre ellos?) para cuadrar la ecuación de su tiempo de ocio: cine, comidas, cenas, tiempo en pareja o en grupo de amigos… El tiempo pasa a ser un concepto instrumental: ¿hay para todo, hay para todos?

Así que hay razones y argumentos que van mucho más allá del análisis simplista y una estructura macro en permanente revolución contra la que no valen muchas de las medidas ni criterios del pasado. Pero no pueden ser ni excusa ni coartada ante, vuelvo y volveré una y otra vez, los datos. Mucho de lo dicho podría justificar audiencias no millonarias pero no puede justificar audiencias que a duras penas llegan a los 200.000 telespectadores en el (sigue siendo así) segundo deporte más importante para un país de más de 47 millones de espectadores.

Los problemas propios: la encrucijada

Pero a partir de la aceptación de que se juega con nuevas reglas en un nuevo escenario mediático, uno tan inestable para lo bueno y lo malo que parece que ya ha vuelto a cambiar justo cuando empieza a ser desentramado, conviene dejar claro que el baloncesto español tiene problemas propios, íntimos, algunos obvios y otros con aspecto de paradoja.

El acuerdo ACB – Endesa ha sido, desde luego, un paso en la dirección correcta, casi un golpe anímico además de un hito en cuanto al reconocimiento por parte de la liga de las actuales necesidades a nivel patrocinio de las estructuras deportivas profesionales. Pero el acuerdo ha llegado a una ACB con puestos extrañamente suspendidos en el éter (el actual Portela) y con un peligroso vacío ya en vías de reorganización a partir de la figura de Albert Agustí. Las relaciones entre FEB y ACB son tóxicas y algunos discuten las bondades de un viraje geográfico hacia Madrid, a la caza de nuevos escaparates y motores económicos, mientras que la sala de máquinas de la liga sigue capitalizada en cuanto a jerarquías por Barcelona, Real Madrid y un eje vasco más fuerte porque a Querejeta se le ha sumado Arrinda. El principal agujero negro de este panorama de complicados recovecos es el incomprensible letargo en el que la ACB ha vivido el salto a la nueva era en términos de comunicación, plan de marketing y venta de producto. Plomo en los zapatos en una nueva era en la que tienes que ir a por el consumidor y agarrarle del cuello porque él no vendrá a ti y si lo hace encontrará multitud de distracciones por el camino. Es inexplicable y es algo en lo que la NBA nos aventaja en eras, en eones: tiene (lockout mediante) a las grandes estrellas y el glamour de lo divino pero tiene una maquinaria de creación, amplificación y venta de su marca y su imagen absolutamente admirable y ultra profesional. Un transbordador espacial que mira con estupor como aquí nos paseamos en taparrabos y con demasiada parsimonia.

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Esto enlaza con el capital (y peliagudo) asunto de los derechos de televisión. La ACB está e su último año de contrato con TVE y es notorio que ha habido movimientos para romperlo en busca de un sistema más flexible, moderno y atractivo (y con más retransmisiones). Un sistema que no sabemos si tiene cabida en la actual dinámica económica de nuestro país y de sus medios de comunicación pero que resulta legítimo como objetivo. No sé si las audiencias habrían caído tanto con unas retransmisiones más cuidadas. Desde luego mejoras y actualizaciones en realización y marco de retransmisión (pienso por ejemplo en las actuales previas, inexistentes o aburridas) ayudarían. Pero el gran pecado de la cadena pública ha estado en la poca confianza (o eso ha transmitido) en el baloncesto como producto. La condena perpetua y no siempre justificada a Teledeporte, horarios y tratamiento mediático (evidente en los informativos) de telonero y no de producto importante, la ratonera del turno de fin de semana a las 18:00 que, es ya evidente, no funciona. Parece un círculo vicioso: TVE cada vez parece menos atraída por un producto que está ayudando a hacer cada vez menos atractivo.

Repensar la liga, repensar el juego

El debate debería abarcar también cuestiones de identificación y de maquillaje para el juego: no dañar lo que no está dañado y respetar la tradición y a los verdaderos seguidores de base pero buscar mejoras que atraigan al aficionado casual, al que pasa por ahí y se queda si encuentra emoción y espectáculo. El deporte es más global y más hermoso cuando es de grandes deportistas y de grandes hazañas y por eso muchas veces el telespectador medio (no el purista ni el experto ni el que esté sobrado de conocimientos técnicos) prefiere un partido de la NBA a uno de la ACB, incluso dentro de la NBA un partido al estilo Costa Oeste que otro al estilo Costa Este: no es lo mismo un 124-118 que un 96-90 igual que no es lo mismo un 86-80 que un 66-60 por mucho que todos puedan ser buenos o malos partidos y que los guarismos altos provoquen (lógico desde su punto de vista corporativo) espasmos nerviosos a muchos entrenadores. La NBA ganó réditos cuando se cambiaron normas defensivas que daban ventaja al atacante, que priorizaban la anotación y el espectáculo. Los cambios y matices van del tamaño del campo a las normas de tiempo y juego y ahí hay margen de mejorar y la FIBA lo sabe aunque mueve sus toneladas de maquinaria con una rigidez exasperante. Sin armar revoluciones contradictorias se puede hacer un baloncesto más visual que no ofenda al actual (y muy visual) baloncesto. Se puede hacer, quizá así me explique mejor, un baloncesto más visual para más gente.

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En el último plano de debate, en viaje desde la periferia hacia el núcleo, está el sistema de competición ACB. Lo que sabemos es que la semana de Copa en su formado de ‘final u ocho’ resulta más atractiva que el actual sistema de liga y que cada vez menos gente ve los partidos en televisión pero las canchas se llenan con una media de asistencia que es envidia para gran parte de Europa. Eso nos mete en una dinámica de competición localista en la que al aficionado sólo le importa su equipo con la excepción de momentos cruciales de la temporada (posicionamiento para la Copa, los playoffs, el descenso) y eso sí puede estar motivado por el sistema de playoffs y la relativización de la importancia de la Temporada Regular. Todo análisis queda además supeditado a un futuro que parece pasar inevitablemente por una gran liga europea que será contrapunto, en formato y modos, de la NBA. El centro de gravedad pasará por grandes mercados que no han sido principales por tradición e historia hasta ahora (Munich o Berlín, no digamos Londres…) y los campeonatos domésticos se verán en la disyuntiva de la transformación hacia la supervivencia, quizá en forma de desarrollo del talento joven. Esto será en cinco, diez o quince años: pero será.

Mientras tanto, el modo playoff es la encrucijada con un formato de temporada completa y cerrada (como el fútbol y el balonmano) como alternativa: un ganador final sin eliminatorias para que todos los partidos cuenten más, todas las derrotas duelan más y las colisiones directas sean mucho más que duelos de orgullo y posicionamiento. Personalmente puedo ver las bondades de este sistema y desde luego entiendo que se ha llegado a un punto crítico en el que el cambio y la prueba están más que justificados a la búsqueda de revulsivo. Pero me cuesta mucho separarme del formato de eliminatorias. Formo parte de la generación que creció viendo las primeras retransmisiones NBA, viendo a Magic y Bird, viendo a Michael Jordan y viendo finales históricas y series dramáticas. Por eso identifico el modelo playoffs con los huesos del baloncesto, con un tipo de emoción única y distintiva en el mundo del deporte. Y absolutamente apasionante. Por eso entiendo a los apóstoles del cambio pero me cuesta darles la razón.

Porque el problema es peliagudo y porque, de un par de veranos a donde estamos ahora, las altas audiencias de la Selección son más sal en la herida que turbina para las competiciones de clubes. Y vuelvo a la leyenda resquebrajada con la que comencé: la Selección no es la locomotora que tira de nuestro baloncesto, es una maravillosa realidad que forma parte de la historia del deporte español, un hecho con su espacio y su tiempo propios, que rompe ataduras con lo que le precede y lo que le continúa. Los campeonatos de selecciones tienen la mística (Mundiales, Eurobaskets, no digamos Juegos Olímpicos) y tienen la alcurnia de las grandes citas, principal forma de argumentar que una semifinal Francia – Rusia sea más seguida que casi cualquier partido ACB. Pero es que esta España es la de la generación del 80, la España de los Juniors de Oro, la que ha roto todas las fronteras a partir de Pau Gasol y Juan Carlos Navarro. Un equipo histórico, único, del que contaremos que le vimos jugar. Así que seguramente los partidos de España conectan ahora también con la mística de los acontecimientos deportivos generacionales, únicos: sentarse en la televisión para ver algo que no en su día ni soñábamos con ver y que no sabemos si volveremos a ver. Los partidos de esta Selección adquieren así el rango de los duelos entre Nadal y Federer, de las carreras trascendentes de Alonso: un hito, algo que se siente debajo de la piel y que se echará de menos en cuanto quede atrás. La prueba estará en el nivel de seguimiento de las selecciones que vengan, las que no tengan a Gasol y Navarro (y a todos los demás), las que no garanticen de forma casi infalible semifinales y finales allá donde compitan, las que no puedan hacer sudar la gota gorda a una USA también histórica y llena de polvo de estrellas en el marco épico de una final olímpica.

Pasan los grandes campeonatos y desaparece esa efervescencia a la vez que buena parte de los principales protagonistas vuelven a sus labores en la NBA. Otros seguirán su camino en cuanto despunten en dinámica exportadora que ha transformado el orgullo de buen artesano en dramático rompecabezas: perder a un jugador que hace las Américas ya no da un prestigio casi exótico al exportador sino que es un pan nuestro de cada día que daña la percepción de las competiciones europeas y la identificación del gran público. Es curioso: la NBA sacaba antes leguas de distancia porque tenía las estrellas que nadie más alcanzaba y porque casi nadie, de aquella Europa que percibíamos más terrenal, era capaz de aventurarse en sus canchas. Ahora saca la misma distancia porque conserva la ética del culto a la estrellas y a la vez se nutre de todo lo bueno que aparece o comienza a despuntar en una Europa que, de una u otra manera, se ve arrojada a un sudoku de difícil resolución. Siempre por detrás, por exceso o por defecto.

Sabc

Sé que no es este un artículo de grandes conclusiones ni soluciones brillantes. Sencillamente, no las tengo. Es una llamada a un debate que, además, se tiene que realizar de forma integral y profunda, muchas batallas en muchos frentes, distintos planos de realidad en disección quirúrgica. Es un reconocimiento sin complejos pero sincero de que realmente existe un problema en el actual sistema del baloncesto español y una invitación al cambio constructivo, a la evolución y, si es menester, a las revoluciones, una o diez mil. Porque en el corazón del asunto, ya depurado todo, queda un deporte maravilloso del que no estamos sabiendo contar a todos y a voz en grito lo maravilloso que es. O eso al menos dicen los datos. Dicen que sí, tenemos un problema y que sí, necesitamos un debate.