La crisis de un histórico: Chicago le vuelve la espalda a los Bulls
Cae la afluencia de público al United Center mientras el vestuario se divorcia de un Jim Boylen que sigue contando con el apoyo de unos despachos muy criticados.


El verano no fue malo para Chicago Bulls. Esa es la realidad, aunque la temporada 2019-20 sí lo está siendo. Es una en la que como mínimo la reconstrucción tenía que empezar a cobrar cuerpo, en el mejor caso con candidatura a regresar a unos playoffs del Este en los que la franquicia de Illinois no gana una eliminatoria desde la primera ronda de 2015 y donde suma dos ausencias seguidas por primera vez desde 2004. Aunque, ya se sabe, el acceso no es precisamente complicado.
La reconstrucción: en los tres últimos años han llegado los tres números 7 de draft, Lauri Markkanen (en la operación Jimmy Butler), Wendell Carter Jr y Coby White. Y en el anterior, 2016, Denzel Valentine fue otro pick de lotería (el último: 14) que por ahora no ha rendido desde luego como tal. Buenas elecciones, en principio, de una franquicia que venía de cometer un error traumático en 2014, año en el que envió a Jusuf Nurkic (pick 16, obtenido de los Hornets) y Gary Harris (19) a Denver (con una segunda ronda, además) a cambio de Doug McDermott (11), que ya ha pasado también por Thunder, Knicks y Mavs antes de recalar en los Pacers y al que los Bulls enviaron a OKC en 2017 junto a Taj Gibson y una segunda ronda que acabó siendo Mitchell Robinson (el prometedor pívot de los Knicks) a cambio de, ojo, Cameron Payne, Anthony Morrow y Joffrey Lauvergne. Son los mismos Bulls que (sin ensañamiento: todas las franquicias tienen cadáveres de draft en el armario) traspasaron en 2006 a LaMarcus Aldridge, tras elegirlo con el número 2, por Tyrus Thomas y Viktor Khryapa.
Una base para enseñar muchas más cosas
Markkanen, Carter y White suponían (suponen) el andamiaje de la reconstrucción post Jimmy Butler, con wildcars por exprimir antes de desistir definivamente como un Kris Dunn al que se le acaban las oportunidades (un 5 del draft que defiende bien y ataca horriblemente mal) y Zach LaVine, el escolta que no sabrá si puede ser un buen jugador complementario mientras siga ejerciendo de guard principal, algo que no puede ser. No en un equipo de aspiraciones y aunque sí cobre como tal: los Bulls lo retuvieron en el verano de 2018 igualando los casi 80 millones por cuatro años que LaVine, como agente libre restringido, había firmado con los Kings. Acostumbrada a lidiar mal con la negativa de los grandes agentes libres, una constante difícil de explicar (o no tanto) para una franquicia que se llama como se llama y juega donde juega, pareció desde luego sensato apostar por reforzar con solidez de perfil bajo (Satoransky, Thad Young...) a esa prometedora base joven. Pero los Bulls no arrancan: 9-17, por debajo del 35% de victorias y con asuntos negativos concentrando todos los debates. Por qué Wendell Carter no crecer al ritmo de, por ejemplo, Bam Adebayo en Miami Heat. Por qué Markkanen vivió un noviembre tan negro del que al menos ha empezado a asomar en diciembre. Asuntos centrales para el futuro de un equipo que por ahora puede quedarse, es la ventaja del rookie, con los flashes de Coby White y no con sus muchas noches de inoperancia. Ya habrá tiempo de preocuparse, si bien no parece difícil que White vaya a ser el mejor guard llegado a los Bulls desde North Carolina...
El chiste es facilón, como la respuesta a casi todos los problemas: Jim Boylen. Un entrenador de 54 años que entrena como si tuviera unos cuantos más. Un perfil old school que se precia de serlo (de hecho tiende a la sobreactuación) y que parece cualquier cosa menos apropiado para dirigir a un grupo de jugadores jóvenes en 2019. Al margen de que con la pizarra y a pie de pista tampoco enseña ninguna aptitud especialmente llamativa. Boyle acapara titulares, básicamente, por los fuegos que le surgen en el vestuario, motines incluidos, los gestos despectivos de su plantilla incluso tras anotar canastas ganadoras (como en la remontada milagrosa ante los Hornets) y detalles más o menos frikis como la instalación de una máquina de fichar estilo fábrica en las pistas de entrenamiento de los Bulls. Una franquicia que renovó su contrato de forma incomprensible a comienzos de año sin más razón que un discurso de regreso al baloncesto labrado en el alma y a martillazos, que desde luego tiene sus seguidores (y sus virtudes) pero que no encaja con el día a día de un técnico que hace declaraciones que le colocan constantemente fuera de la realidad de un equipo en el que no solo las cosas no van bien ahora sino que apenas asoman brotes verdes. Y que estará, mientras sea así, jugando peligrosamente con su futuro y con el capital que tiene ahora mismo en plantilla. Que debería ser suficiente para ver más cosas y estar en un punto de cocción más avanzado.
Una estructura que necesita reformas
Pero Boylen tiene, y esto enlaza con el núcleo de la crisis de los Bulls, el apoyo de unos despachos desde los que emana un mensaje muchas veces contradictorio y en los que se ha instalado una cultura de la excusa y la confrontación de la realidad que no ha conseguido mejorar nada en los últimos tres lustros si se deja a un lado (y es un asterisco gigantesco) la calamidad de Derrick Rose y su desgraciado trance de lesiones. Ni Tom Thibodeau (que estuvo cerca en un punto ya lejano) ni los anteriores (Scott Skyles, Vinnie Del Negro) y posteriores (Fred Hoiberg, ahora Boylen) han dado con la tecla porque la tecla está escondida entre capas demasiado viciadas de gestión de empresa familiar, los Reinsdorf (una institución en el deporte de Chicago), y algunos de los males que suelen acompañar a esta fórmula de gestión: pensamiento a la defensiva, toma de decisiones conservadora, confianza de perfil endogámico a la hora de entregar cargos y responsabilidades...
Jerry Reinsdorf compró los White Sox (MLB) en 1981 y los Bulls en 1985 por 16 millones de dólares. Es uno de los tres propietarios que puede presumir de haber sido campeón en dos de las grandes Ligas, y llevó a los Bulls de 6.365 abonados a más de 17.000 con 8.000 en lista de espera en el viejo Chicago Stadium, desde el que (en un barrio depauperado) movió después la franquicia al United Center. Él y, claro, la llegada de Michael Jordan y la primera piedra en la edificación del proyecto que acabaría ganando seis anillos mientras tocaba techo y se hundía la convulsa etapa de poder y gloria de Jerry Krause: Horace Grant, Scottie Pippen, Bill Cartwright y, por supuesto, Phil Jackson. La construcción de una dinastía que convirtió a los Bulls en un bastión del deporte a nivel global. Todavía hoy, a pesar de que le ha superado la pujanza en formato Silicon Valley de los Warriors, los Bulls valen casi 3.000 millones y son la cuarta franquicia por rango de la NBA (siguen al frente Knicks y Lakers). En esa cúpula en la que hace mucho que no se abren las ventanas y se ventila, están (mirada siempre hacia dentro) Doug Collins, entrenador en los ochenta (1986-1989), John Paxson (campeón en el primer threepeat de Jordan) y Gar Forman. Este último es general manager, colocado por un Paxson que ejerció como tal entre 2003 y 2009 y pasó después a ser vicepresidente. Ambos han colmado la paciencia de la afición de Chicago, que los considera casi como uno solo (GarPax) y que pide a gritos unos cambios que ya llaman también a una puerta sacrosanta durante años, la de Reinsdorf y su control de la franquicia, que al menos se ha ido ablandando con la aparición de perfiles de gestión algo más modernos, un cierto crecimiento en las áreas de análisis y estadística avanzada...
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Pese al clamor de los últimos años contra el régimen Paxson, vertical hacia el dueño y hasta la pista, no se han movido apenas las cosas. Sin embargo, eso podría empezar a cambiar porque los Bulls se enfrentan a un problema que les resultaba desconocido hasta ahora: el público, uno de los más fieles de todo el deporte estadounidense, le está abandonando. el United Center es el pabellón con más capacidad de toda la NBA (casi 21.000 localidades). Entre 2010 y 2017, los Bulls fueron de forma inamovible uno de los dos equipos con más público de la liga. Eso empezó a cambiar con la salida de Butler y el inicio de la reconstrucción, y se ha multiplicado con la desafección hacia Paxson, Forman, Boylen y todo el actual régimen de la franquicia: de los llenos recurrentes de la 2016-17 a caer al 96% de entrada la pasada temporada y al 89,6% en la actual, lo que coloca a los Bulls en el puesto 23 de los 30 equipos en ese porcentaje de público sobre el total posible. Alarmante (ocupaban las posiciones 11 y 17 las dos temporadas anteriores, ya en caída) y muy pronunciado en los últimos partidos, con entradas inferiores a los 15.000 espectadores (contra Grizzlies, Raptors...) que han hecho que el mundo NBA se frote los ojos.
Pero, no hay mal que por bien no venga, hay quien prefiere ver el vaso medio lleno: si el United Center se vacía y las arcas se resienten, quizá los Reinsdorf hagan algo por fin. Y quizá el bisturí, por fin, comience en Paxson y acabe, cuanto antes, en Boylen. Mientras se esté a tiempo de salvar a Markkanen, Carter Jr y White, una base sobre la que construir algo importante en lo que ahora es poco más que el recuerdo de una franquicia histórica. Que necesita, ante todo, un nuevo arquitecto. Y a ser posible, unos nuevos jefes que lo elijan. Y cuanto antes.





