¡Por fin habéis vuelto!

Bendita normalidad. Nunca seremos como antes porque se han acumulado demasiadas cicatrices y dramas familiares por el triste camino pandémico, pero hay que reconocer que ver en el Metropolitano a 14.726 aficionados, muchos de ellos niños, fue como un soplo de aire fresco en mitad de la canícula. Echábamos en falta el ruido, los gritos del señor de la quinta fila protestando un fuera de juego, el murmullo de la tribuna por un mal control, la explosión de júbilo tras una internada explosiva (Marcos Llorente nos regaló varias), los uuyyyss ante las ocasiones fallidas (España tuvo media docena), los silbidos a Cristiano cuando controlaba la pelota, el aplauso con coro incluido a Pepe cuando fue sustituido (el veterano central de 38 años se llevó una agradable sorpresa)... Al fin y al cabo, fútbol. Siempre fue así. Sin público esto era como jugar a la Play, con gradas y sonido de ambiente falseados. Lo han sufrido los jugadores más que nadie (no me imagino a Gladiator batirse con esa fiereza en el Circo Romano si sus gradas hubiesen estado vacías). Pero también los aficionados necesitábamos reencontrarnos con nuestros héroes, nuestros verdugos, nuestros jugadores favoritos, los denostados. Españoles y portugueses mezclados en un Wanda veraniego y feliz. Solo faltaron goles y sobraron los cánticos de las postrimerías del encuentro, cuando un sector se burló de Morata por enviar un mano a mano con Rui Patricio al larguero de la portería portuguesa. Esa crueldad me parece intolerable. Un jugador de España lucha por dar lo mejor de sí y me consta que Álvaro es de los que vive con pasión enfundarse La Roja. Encima, lucía en el último cuarto el brazalete de capitán, un sueño que siempre tuvo. La tiró al travesaño. Eso es mala suerte. Nunca más...

Cristiano @ Joao Félix. Una pareja de mucho quilates (la Juve pagó por CR7 100 millones y el Atleti 126 por el menino). Pero el chaval sigue sin demostrar el talento que sabemos que tiene, lo que le llevó en el descanso a ese banquillo que Simeone le ha hecho tan familiar en este mismo estadio. Y Cristiano, pese a sus 36 años, fue de nuevo la amenaza a pesar de que apenas le llegaron un par de balones. Un cabezazo suyo picado y un mal control de cabeza que le hubiera dejado solo ante Unai Simón es lo más cerca que estuvo de poner su rúbrica al gol 104 con Portugal, que se está haciendo esperar en esa lucha fanática que tiene por dar caza al iraní Ali Daei, el recordman mundial de selecciones con 109 dianas. Ayer no tocaba. Mejor para los nuestros.

Pau Torres pugna por un balón aéreo con Diogo Jota, ayer en el Wanda.

Buena propuesta. Empatar a cero en casa puede dar a entender que fue un partido sin brío, espeso y poco atractivo para la vista. Fake new. Hasta esos madridistas que empezaron a verlo con el regusto amargo de no tener ningún jugador de su equipo en la lista (eso sí, en el once había tres canteranos blancos: Llorente, Morata y Sarabia) terminaron disfrutando con las llegadas por las bandas y esos goles que tuvieron Llorente, Ferran o Morata, que no cristalizaron porque Lewandowski nació en Varsovia y no en Madrid, Mbappé en París y no en Valencia, y Haaland en Noruega y no en Vigo. Con un killer, un Quini o Santillana del siglo XXI, tendríamos el éxito garantizado.

Ilusión. Tras el bolo ante los lituanos en Butarque, la España de Luis Enrique preparará el estreno dificultoso en La Cartuja ante los suecos. Y luego llegarán los polacos. Y los eslovacos. Puerta Grande o enfermería. Apuesto, y más con La Maestranza cerca, por lo primero.