España, un apetitoso proyecto sin rematar

Una característica inevitable de los proyectos futbolísticos, incluso de los grandes proyectos, es la sensación de irregularidad que transmiten en sus comienzos. Encontrar la seguridad y la convicción es necesario, cuanto antes mejor, pero la historia invita a pensar en trayectos bacheados, desiguales, a la espera de que los equipos alcancen una velocidad natural de crucero. Todo indica que la Selección es un estupendo proyecto en marcha, pero comienza a atisbarse el veneno de la impaciencia.

Hasta los casos más relevantes de éxito fueron cuestionados en su momento. El Barça de Guardiola inició su recorrido entre pañuelos de protesta en el Camp Nou. Luis Aragonés comenzó a dirigir la Selección después del fiasco en la Eurocopa 2004. Pasó un calvario en la fase de clasificación del Mundial 2006, al que llegó después de una repesca. España fue derrotada con claridad por Francia en los octavos de final.

Dos meses después arrancó la fase clasificatoria de la Eurocopa 2008 con las derrotas frente a Irlanda del Norte y Suecia. Luis giró el equipo entre críticas y sospechas, pero encontró el modelo y los jugadores adecuados para afrontar aquel torneo inolvidable. Una de las razones fue el homogéneo estilo del equipo y la personalidad de unos jugadores que llegaban envueltos en dudas.

Cuando se habla del periodo mágico de la Selección –un Mundial y dos Eurocopas entre 2008 y 2012- apenas hay referencias al discutido crédito de sus mejores futbolistas. Ni Xavi, ni Andrés Iniesta eran los reyes del Barça. A Xavi se le utilizaba como ejemplo de la ineficaz cantera azulgrana. Se le presentaba como el problema, y no la solución, del Barça. Iniesta no era titular en el equipo. Ocupaba el sitio que ocasionalmente dejaban Ronaldinho y Deco. En la final de París, Copa de Europa 2006, fue suplente.

Luis Enrique, en un momento del partido jugado por España el sábado en Basilea.

Antes de la Eurocopa 2008, habían decrecido las expectativas alrededor de Iniesta y Xavi. No eran unos críos. Xavi tenía 28 años; Iniesta, 24. Villa llegó a la Selección a punto de cumplir 24 años. Puyol se transformó como jugador: de abnegado lateral a uno de los mejores centrales que ha visto el fútbol. Sí cuadró un dato significativo: la mayoría de los jugadores de la época dorada disfrutaron de aquel periodo en el cénit de sus carreras, entre los 25 y 30 años. Dos jóvenes, Piqué y Busquets, se incorporaron poco después a un equipo pletórico. Les resultó más fácil despegar.

Quizá convenga atender al pasado ahora que se mira con alguna preocupación el futuro. La apuesta de Luis Enrique es atractiva y necesaria. España alterna fases magníficas con momentos de debilidad. Hace pocos goles y concede pocas pero claras ocasiones. Todavía no ofrece garantías. Pesan las ausencias (Navas, Carvajal, Gayà, Thiago y Ansu Fati) y la falta de experiencia de un equipo que empezó el partido contra Suiza con cinco jugadores campeones hace dos años en la Eurocopa Sub-21: Unai Simón, Fabián, Merino, Oyarzabal y Dani Olmo. Otros tres no jugaron aquel torneo, pero pertenecen a la misma generación: Pau Torres (22 años), Reguilón (23) y Ferran (20).

Ocho titulares sobre 11 es mayoría radical. En total, reunían 42 partidos con la Selección, el 25% de los que había jugado Sergio Ramos (176) y a una distancia sideral de Sergio Busquets (119). Koke, que no entraba en la Selección desde 2018, contaba con más partidos internacionales (45) que todos los jóvenes juntos. De los 16 jugadores que participaron en el encuentro, sólo Ramos, Busquets, Koke y Morata habían jugado más de 10 partidos.

Ni tan siquiera Sergi Roberto, Gerard Moreno o Canales, futbolistas con una larga trayectoria, alcanzaban los dobles dígitos como internacionales. Diez jugadores españoles sólo tienen un año o menos de experiencia en la Selección. Todo indica que es una generación competente necesitada de pasar un rato más por el horno de la exigencia. A eso suena el partido con Alemania.