La banda de los cuatro

El Madrid tardó 15 minutos en comparecer en El Sadar y otros 15 en remontar el gol de Unai García, momento que significó el techo de Osasuna, un equipo que desmiente en cada partido el tópico de equipo defensivo, resistente, directo y sin clase. Lo fue no hace tanto y durante mucho tiempo. Ahora se articula con dos laterales ofensivos, un medio campo configurado con jugadores de buen pie (Iñigo Pérez, Torres, Fran Mérida…) y delanteros incisivos. Desde hace tres semanas paga la ausencia de Chimy Ávila, jugador impagable en Osasuna, que sintió visiblemente su ausencia contra el Real Madrid.

Un buen equipo, en definitiva, que exigió la poderosa reacción madridista. Cuatro oportunidades en un cuarto de hora son muchas más de las que el Madrid puede permitirse. Comenzó tan distraído que Osasuna logró todo lo que quería: un gol, optimismo a raudales y electricidad en las gradas. A diferencia de tiempos anteriores, el día era luminoso, el césped estaba bien arreglado y no había señal alguna del general invierno, el factor que solía convertir las visitas a El Sadar en un obstáculo muy difícil de superar.

La reacción fue instantánea y bien interpretada, aunque no todos se sumaron a la causa. Gareth Bale, que había permanecido en la nevera durante los últimos cuatro partidos, figuró en la alineación de Zidane después de una semana diplomática. Jonathan Barnett, agente del jugador galés, ofreció su versión más amable y habló bien de Zidane. El técnico deslizó que nadie está castigado en el equipo y que tenía en estima a Bale. En el ambiente quedó el perfume del interés general, decretado por el club.

Isco, Modric, Mendy y Casemiro festejan el gol logrado por el malagueño en El Sadar, que suponía el 1-1 en el marcador.

Regresó Bale, pero no estuvo. Pasó por el partido con el etéreo desinterés que tantas veces le caracteriza. Era un buen día para rebelarse. No es su estilo, que tampoco incluye los esfuerzos defensivos. Estupiñán, el poderoso lateral ecuatoriano de Osasuna, convirtió su territorio en un latifundio. Casemiro y Luka Modric tuvieron que acudir varias veces en ayuda de Carvajal, rodeado en los primeros minutos de casacas rojas.

No hubo duda de la superioridad del Madrid desde el gol navarro. Cuatro jugadores se elevaron sobre los demás, Casemiro a la cabeza de todos. Clavó la bandera en el medio campo y se adueñó del partido y de Osasuna, que no encontró la manera de desbordar a uno de los mejores expertos defensivos del mundo. Se añadió muy pronto Modric. Jugó con la soltura y la fiebre de un juvenil. Con 34 años, mantiene el don de la ubicuidad. Acude a muchos sitios y en todos resuelve las jugadas con una claridad extraordinaria.

Isco fue Bale no hace tanto. No aparecía en las alineaciones, ni en el banquillo en ocasiones. Tenía la pinta de jugador perdido, pero Zidane le alineó frente al París Saint Germain en un partido de máxima importancia y desde entonces frecuenta el equipo titular. Jugó muy bien en Pamplona, con un despliegue superior al habitual y un compromiso reseñable. La tarde requería carácter y recursos. En los dos aspectos funcionó Isco.

Benzema dio un curso de inteligencia aplicada al fútbol. Si Bale fue detectable en todo momento (su quietud ayudaba muchísimo a los defensas), Benzema comprendió pronto que los dos García, Unai y David, sufrirían si perdían su referencia. Se retrasó para volantear y desapareció del radar de los centrales, que no sabían a quién y qué marcar. Comenzaron a cometer errores. Desde una zona blanda, sin marcajes a la vista, Benzema aterrorizó a Osasuna en cada una de sus intervenciones. Casemiro, Modric, Isco y Benzema sobresalieron en El Sadar. Los demás acompañaron bien, excepto Bale, sustituido a la hora del partido. Ingresó Lucas y marcó el tercer gol. Ingresó Jovic y clavó el cuarto, un golazo por cierto. Todas fueron buenas noticias para el Real Madrid. La de Bale no fue ni buena, ni mala. Fue Bale, un misterio.