El último refugio

En la única eliminatoria de Copa del Rey que jugué en mi vida me partieron el riñón de un codazo. Fue de juvenil, contra el Valencia, quizá por eso (y porque mi Espanyol luce cuatro Copas como cuatro soles en el invierno de nuestra sala de trofeos) idealizo como un adolescente enamorado este torneo que en realidad pasa por ser una competición de serie B frente a las superproducciones de Champions y la mezcla almodovariana de comedia y drama en que se ha convertido LaLiga. Han sido malos días para un futbolero viejo como yo, con absurdas disquisiciones por la entrada del Valverde blanco y la salida del Valverde blaugrana. Entre medias, como un trampantojo, apareció la Copa formateada, pero con un aire de autenticidad tan impostado que acabó por molestarme, como esas modernas franquicias de estética vintage, muebles gastados y muffins que sustituyen a las mercerías.

Más equipos de Tercera y de Regional (o Territorial, eufemismo para ofendiditos), vale, ¿por qué no todos? Modestos convertidos en espectáculo artificialmente, con partido único, pero al gusto de los poderosos. Falta el sorteo puro. Se falsean los cruces y se relega a los equipos de Segunda División a meros comparsas. De nuevo ganan los grandes. No dejan jugar en todos los campos de los pequeños con excusas televisivas. Vuelven a ganar los ricos. La Copa debería ser la fortaleza inexpugnable del balompié sin aditivos, el gangster con buen fondo al que el mundo hizo así que resiste en las montañas, como Humphrey Bogart en El último refugio, película barata, filmada con cuatro duros y mucha intención, que llegó a ser obra maestra.

Para que deje de ser un trofeo de Serie B, como aquel día que el especialista que cayó de 30 metros mientras doblaba a Bogart quiso repetir la toma, necesitamos un Raoul Walsh que diga no, que afiance la idea original, al estilo FA Cup (aunque sin replays, que para eso inventamos los penaltis en el Carranza): "¡Cooorten! A los que vayan al cine por 25 centavos les vale". Sin caridad malentendida, que la Copa no nos cueste el otro riñón.