El último día tras 40 años de espera

Las más de 20 horas que separan Río de Janeiro de Doha no son una travesía normal para estos 15.000 flamenguistas. Son una peregrinación. Un acto de fe. Que ha hecho que algunos se hayan gastado todos sus ahorros. A otros les llevará años pagar las deudas de un viaje carísimo ante la crisis de la moneda local, devaluada hasta mínimos históricos. Lo hicieron por un sueño que ha tardado casi 40 años para cumplirse. Cuando Zico y compañía conquistaron el Mundial en 1981 muchos de los hinchas que estarán en Qatar aún no habían nacido. O eran niños, que crecieron con historias de aquel 3-0 al Liverpool en Tokio.

Ironías del destino, el rival en la final muy probablemente será el mismo de hace cuatro décadas. Pero antes el Flamengo necesita hacer los deberes ante el Al Hilal. En su memoria tienen que estar las debacles de River, Atléticos Nacional y Mineiro e Inter, que cayeron en semifinales ante rivales teóricamente inferiores. Tras casi 40 años de espera, un tropiezo hoy sería una verdadera tragedia. Pero algo me dice que este Flamengo es distinto de los últimos campeones de Libertadores. Una plantilla y un entrenador de nivel europeo. Un proyecto osado de un club que supo capitalizar la fuerza de sus 32 millones de hinchas y que quiere enseñar al mundo que puede competir en igualdad de fuerzas con el mejor equipo del planeta.